FICHA TÉCNICA



Notas La autora comenta la designación de José Luis Martínez como titular del Instituto Nacional de Bellas Artes

Referencia María Luisa Mendoza, “La tercera ventana de José Luis Martínez”, en El Gallo Ilustrado, no 133, supl. de El Día, 10 enero 1965, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

La tercera ventana de José Luis Martínez

María Luisa Mendoza

José Luis Martínez es un hombre que se asomaba todas las tardes a la calle de Isabel la Católica, desde su ventana de despacho ferrocarrilero, y pensaba. Pensaba en el arte de México al que estaba vinculado por la poesía y por la crítica y porque para él significaba la verdadera red sanguínea de riego y transporte para llevar el nombre de su país a lugares inusitados a que ningún furgón podría arribar. José Luis Martínez siempre creyó que lo internacional vendría o saldría de aquí a los mil vientos, en el arte. Y tuvo razón. En los años que siguieron, él mismo, desde su ventana de París, viendo al Sena tal vez, trabajando en esa organización de buena fe que es la UNESCO, supo que no estaba equivocado. Lo vio con sus propios ojos cuando la exposición de México llegó cerca de su casa y abrió la puerta del museo con una cabeza de La Venta haciendo el gesto de hosquedad desde la escalera principal. Y miró a las gentes hacer colas entre el frío despiadado del invierno y decir Mexique frente al arte, despacito, con respeto.

Y ese es nada más un ejemplo que tampoco estamos aquí para enumerar. Un botón, porque José Luis Martínez vuelve a México nombrado director del Instituto Nacional de Bellas Artes y eso le dará a él ahora sí la posibilidad, el privilegio de manejar con sus propias manos el arte mexicano, moverlo, limpiarlo, ponerlo al día, ventilarlo de folklore inútil y darle una salida a otros mundos de adelanto. Podrá, desde una ventana más en su vida, que dará ahora a la Alameda, resolver en silencio y con mano de hierro lo que juzgue conveniente: la liquidación de las sociedades no anónimas de elogios muy mutuos, la insistencia en el huarache y el zapato de punta, su balanceo pues con esa manifestación contemporánea que es la danza moderna y que se murió en el sexenio pasado bajo los picotazos aristocráticos de un cisne revivido. Renovar el teatro de este país eminentemente teatral sacando a luz nuevos autores y no insistiendo en reposiciones que no son a veces chirles o hueras sino insultantemente obvias y mediocres. Reponer, sí, lo que sea maestro, lo que sea importante, las obras escénicas que son capitales para nuestra dramaturgia y que suman más de diez exigentemente hablando. La temporada de teatro de oro, que se llevó al cabo en un salón a espaldas de la oficina de Telégrafos, tuvo tantos desaciertos en mala calidad que apenas son disimulados por puestas en escena muy respetables y dignísimas, lo cual no es culpa de la empresa, desde luego, sino de ese terco prurito de no comprometerse con autores noveles porque en el fondo hay un temor a la palabra verdadera que igual que en el INBA se vio en el Seguro Social y fincó el constante contrapunto que ya Fausto Castillo señalaba: entre la valentía de un gobierno indómito, maduro, viril y sano y su teatro para familias, dulzón, chabacano y que nadie sepa nada no vaya a ser que...

José Luis Martínez llega al puesto menos envidiable del gabinete, al más difícil, ingrato, espinoso y que le exige caminar seis años con malla para los dardos y la educación de un diplomático con la energía de un general de brigada. Puesto duro en el que pueden cometerse injusticias sin cuento pero también contables justicias si el equipo que rodea a la cabeza, a José Luis Martínez, le informa con honestidad de lo que ha pasado en México –más importante que las rosas– en su ausencia, y de que lo mismo tienen derecho los nacionalistas que los abstractos, los conservadores que los vanguardistas; la música nuestra telúrica y la concreta que se hace en laboratorio para rabia de los viejecitos; el pincel de ángeles y revoluciones que el de extrañas manchas contemporáneas; la obra que habla de la provincia y sus costumbres tierra adentro con aquella revolucionaria que acaba con moldes y empieza con otros. Que lo que él vio allá se puede sembrar aquí y que si no se entiende aquello allí está Sor Juana Inés para consuelo, remedio y maravilla. Que de todo haya, desde bienales hasta concursos. Que dé fruto para niños y para maduros. Que florezca la danza descalza, la música de un tiempo de coheteros y no carretelas.

En fin, José Luis Martínez, en la ventana de la respetabilísima y vieja institución de Bellas Artes, empieza a actuar.