FICHA TÉCNICA



Título obra Locuras felices

Autoría Alfonso Arau

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Alfonso Arau

Referencia María Luisa Mendoza, “Alfonso Arau lo es todo: el cine mudo, el teatro, la vida”, en El Gallo Ilustrado, no 128, supl. de El Día, 6 diciembre 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Alfonso Arau lo es todo: el cine mudo, el teatro, la vida

María Luisa Mendoza

Aquí en México muy pocos son los actores que son capaces de cubrir todos los aspectos esenciales y verdaderos de un gran actor. Unos pueden muy bien hacer reír pero no llorar. Otros bailar vals pero no tener un duelo de sable o espada. Les importa la especialidad, no el dominio total. Por eso, cuando se mira a Alfonso Arau en una plenitud de dotes dramáticas tales como las que exhibe en Locuras felices el público se reconforta con la novedad y siente una gran felicidad de tanta cordura deliciosa.

Arau permite al espectador pasar revista del teatro desde la Comedia del Arte. Es, sin harina, un mimo excepcional, un pierrot sin mangotas. Es, sin zapatones, un clown conmovedor. Es él solo los hermanos Marx. Es él solo Jerry Lewis. Es también el cine mudo. Cuando se ve a Arau, se recuerda a Max Linder, con tanta acrobacia y elegancia. A Harold Lloyd y sus anteojos. A Buster Keaton y su seriedad.

Es el bailarín, el acróbata, gimnasta, bebedor, trapecista, perro saltador, perro comelón, perro sabio. Es de un jalón la galería de personajes del cine mudo. Y es también, Arau, el ilusionista que siempre, irremisiblemente va a dar con su mano a una torta de huevo y nunca al ansiosamente deseado conejo de la suerte. Es el concertista de a dedo, como la mecanógrafa de a dos pulgares. El soldadito que inmortalizara para siempre la inteligencia creativa de Charlot: conscripto dormilón suigéneris. Es él marionetista, tan lleno de pureza que, abandona todo para consagrarse a los niños y darles dulce y risa. Es pollito asustado que mira al mundo por primera vez para arrepentirse siempre. Es aquel pugilista que uno se encontró en la Cuarenta y Siete, de Nueva York hablando consigo mismo y tirando trompones a diestra y siniestra gritando ¡mano! Y el guía que toca la trompeta con toda boca inmensa y pícara. Y el que baila y baila y no baila y vuelve a bailar. El polichinelo, el viajero en Marte.

Inacabable la lista arauense. Si se hubiera propuesto probar su virtuosismo, su gusto y sus muchas ganas de triunfo, sus inquietudes, de esas que a tantos les falta, Arau no hubiera hecho esto ante sus compatriotas. Porque esto es excesivo. Es de más. Es ya tanto y tan agradecible de tan gracioso y emotivo que se pasa de la raya y la gente llora de risa y pide paz.

Vuelve Alfonso Arau de Cuba. Allá hizo el Teatro Musical de La Habana con miles de músicos al servicio del pueblo. Hizo un programa de televisión que fue el más visto durante un par de años. Hizo muchas cosas importantes para su carrera y para los cubanos. Luego estudió en Europa y en México presenta este espectáculo que quiere que lo vean todos los públicos del mundo, por cuatro años según contrato que tiene con importante promotora.

Alfonso, en escena, canta baila y hace un sinfín de cosas dramáticas, del arte dramático pues. Ha sido bien recibido y bien aplaudido. Solamente le han hecho el vacío esos seres pequeños que tienen miedo al pronunciar la palabra Cuba. Y los que, por razones propias les aprieta el zapato. Que esto pase en la propia patria de Alfonso Arau es el colmo, porque ante un artista de su talla, o de la menor si se quiere, no existen fronteras, divisiones políticas, intereses creados.

Locuras felices las dirigió Alexandro. Se siente en el transcurso de las mismas ese su estilo personal ágil, contemporáneo, de garra, de vitalidad absoluta. Se siente su talento muy grande, perfecto para el de Arau. Es para ambos todo un triunfo mayor.

De estas locuras felices nos diera Dios...