FICHA TÉCNICA



Título obra Doce y una, trece

Autoría Juan García Ponce

Dirección Juan José Gurrola

Elenco Beatriz Sheridan, Claudio Obregón, Luis Lomelí, Tamara Garina, Jacobo Chencinsky, Teresa Selma

Escenografía Robert Von Gunten

Vestuario Robert Von Gunten

Espacios teatrales Casa del Lago

Referencia María Luisa Mendoza, “Aunque usted no lo crea: Doce y una, trece”, en El Gallo Ilustrado, no 121, supl. de El Día, 18 octubre 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Aunque usted no lo crea: Doce y una, trece

María Luisa Mendoza

Dice Carlos Monsiváis que no hay algo más absurdo que un teatro de vínculos, un teatro que no se atreve a la ruptura porque se solaza encantado y gracioso con la provincia. Quizá tenga razón, nada más que olvida el ensayista que, del teatro de costumbres, ha nacido y crecido y aprendido a hablar el teatro del absurdo, al cual se siente él, como todos los jóvenes, tan inclinado. Cada sociedad, tiempo, nación, generación, etcétera, desemboca en un momento dado de hartadura en la rebeldía, en la destrucción constructiva del pasado. Eso es precisamente lo que ha hecho en Francia Ionesco y Adamov, en Estados Unidos Saroyan o en Inglaterra Pinter, por nombrar a algunos de los más representativos o conocidos. Eso es lo que aquí realiza ahora Juan García Ponce sin entrar de lleno en el absurdo precisamente, en el dislocamiento, pero estirando su tema de tres amantes pasando por el incesto simbolizado en la palabra y en la actitud, en el vodevil clásico y triangular, hasta dar una deliciosa pieza de un acto, única y redonda, fresca y nueva sí, porque en su sátira despiadada se burla inteligente de los lugares comunes al amor, a la familia, a la patria, a la ley.

García Ponce vuelve a ser otra vez, incansable, eterno joven. Así como es dentro de sus novelas cortas, sus relatos espléndidos sin pasado ni monsergas anteriores a los mismos personajes. Y es joven en teatro porque en su obra primera, fue viejo, fue tradicional, fue conformista y terriblemente negativo, como si entonces estuviera el casi adolescente autor muy enojado, muy encorajinado, con ira de sentimientos no de ideas.

Pocos podrían decir que El canto de los grillos es el padre de Doce y una, trece. Allá había reglas. Aquí hay descubrimiento. ¿En dónde es posible colocar la obra? el cajón de la vanguardia, esa apocada vanguardia de jitomates estrellados y puños en alto para gritarla que es anciana como sus detractores.

La anécdota se basa en la insatisfacción de tres, ya se dijo. En su fuga por la imaginación a regiones mejores en donde haya besos y pasiones, en sus tropiezos con la realidad o la posibilidad, en las que hay hijos chillones sin fin. Entonces esos uno y dos son tres, inventan hermandades falsas que fingen incesto... y no, que quisieran subconscientes serlo... y no. Pieza moralista con diálogos comunes llenos, cargados, plenos de un contenido hiriente y desinfectante. Tres con culpa, un juez miope y una secretaria de la decencia con significativo obvio apellido. De paso la nueva amante que, claro está, vive en la casa de la antigua hermana-mujer, y la remplaza en el recuerdo. Las mujeres aquí son arañas insaciables, los hombres víctimas inermes de ellas. Levemente injusto García Ponce se venga así del matriarcado reinante en el teatro mexicano de costumbres.

La dirección de Juan José Gurrola, ante todo, es de una limpia devoción, de una incontenible sana alegría que llena el ámbito y lo hace inquietante y saltarín. En su pequeño espacio de La Casa del Lago, para los públicos que allí se amontonan, dirigió otra vez, muy bien y ahora sí sin pretensión simbólica ni un demonio. Y da el placer de poder contemplar, gozar, deleitarse con la maravillosa interpretación de Beatriz Sheridan: inteligente, intencionada, talentosa, arrebatadora. La Sheridan es la gran actriz, esto no es noticia. Nada más que ahora, allí en el cuerpo de Silvia, alcanza alturas que aquí en donde las actrices son de dientes para afuera y no viven adentro sus papeles, entusiasma. La Sheridan hace su personaje vitalmente interior, y eso le permite usar la voz como ninguna –ideal en teatro de cámara­, los ojos, los músculos de la cara, toda ella trabajando ¡naturalmente!, porque por lo general ser irónica en escena es ser, sin quererlo, dramáticamente risible. Ella logra los toques exactos. Y con ella Claudio Obregón está admirable. Es muy difícil soportar mucho tiempo en escena y siempre dar la respuesta con actitudes y sin usar la palabra. Es terrible y Obregón lo logra también con labores interiores, las del alma que son las que dan veracidad al teatro y que son las que pocos conocen, como si su alma estuviera sólo en el catecismo y ellos no la hubieran odiado o amado alguna vez.

Luis Lomelí es el galán, buen tipo, cínico y bueno como el pan dulce. Es el vértice final, el de mentiritas, el que casi no sufre porque toda la pena se la llevaron los otros dos. Allí muy graciosa Tamara Garina y en la guasa total Jacobo Chencinsky que debuta con gran naturalidad. Teresa Selma es la copia fotostática de “la otra”, con acento maya.

Hay que hacer notar la iluminación excelente, sencilla y directa, la cual convierte el candil del salón en obra da arte abstracto. El vestuario correcto y subrayado de Robert Von Gunten, y su diseño para los bastidores que funcionan bien, no distraen y si no son hermosos tampoco hacía falta que lo fuesen.