FICHA TÉCNICA



Título obra Los maridos de mamá

Autoría Abel Santa Cruz

Notas de autoría M. Sánchez Navarro / adaptación

Dirección Manolo Calvo

Elenco Rita Macedo, Julissa, Carmen Molina, Germán Robles, Jorge Fegan, Rafael del Río, Consuelo Monteagudo, Manuel Zozaya

Escenografía David Antón

Productores Manolo Fábregas

Referencia María Luisa Mendoza, “Aquí no sabe la parrillada argentina”, en El Gallo Ilustrado, no 118, supl. de El Día, 27 septiembre 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Aquí no sabe la parrillada argentina

María Luisa Mendoza

Manolo Fábregas que es un promotor de teatro como hay pocos, o como no hay, tiene no obstante una violeta en lo blanco de su empeño, una insistencia que es lógica y hasta disculpable porque conduce irremisiblemente a la taquilla promisora. Lo que se lamenta es que, con el talento dramático que posee –y del que ha dado pruebas asombrosas aún para sus más gordos detractores–, con el conocimiento que trae consigo el continuo tener que habérselas con el teatro más representativo de América, vaya siempre a dar precisamente al teatro menor, al más sabroso para la mediocridad. Manolo Fábregas podría ser el gran promotor del gran teatro también, ir educando a su público fiel, leal y que no le abandona porque Fábregas merece no ser abandonado.

Ahora ha presentado en México una comedia argentina que ha tenido pletórica temporada en Buenos Aires. Comedia de corte facilito, digerible como el agua de chía y que no llega ni siquiera a la sabrosura de esa especie de sangría con frutas que sirven los bonaerenses con la carne asada, y que tan bien la rocía después del sabor fuerte de la salsa de chimichurria.

Se llama Los maridos de mamá y tiene su gracia bobalicona aunque el respetable se sospeche de lo que va a terminar desde el pe hasta el pa. La anécdota no sabe a nueva, es desabrida, como sin substancia, como esas parrillas –para volver a nuestro trato con argentinos– que dicen que aquí no saben igual que allá. A la mejor la comedia enclavada en la calle Corrientes adquiera un tinte característico que en la mudanza se le perdió de lleno. Claro qué mucho contribuye la adaptación de la misma que hizo M. Sánchez Navarro y que consiste nada más en cambios de nombres geográficos. Pero el meollo no se adaptó, por lo que el esqueleto está igual, y está muy mediano.

Es de ese teatro para familias en donde el espectador pretencioso –como será el caso de quien esto escribe según quien lo lea– encuentra aquí y allá su buena ración de risa sana, obvia y hasta tonta pero risa al fin. Sobre todo en el segundo acto muy movido y simpático gracias a la dirección que le imprime, que le atornilla felizmente Manolo Calvo y que le da sabor al caldo gracias también al hueso donador que es la entrada y la salida de un personaje italiano muy aclimatado en Argentina, y que en México resulta levemente anacrónico o singular ya que aquí no hay italianos más que en Veracruz y cuando llega un barco, y uno que otro cineasta o industrial, pues ellos "hacen la América" en grande y no trabajando como mecánicos automovilistas.

Calvo, pues, hace saltarina la obrita, un tanto gritada pero no importa, peor sería con tendencia al aburrimiento. Además están en el reparto buenas caras, buenas figuras, buenos nombres, empezando con Rita Macedo que es como demasiada invitada para tan pocas tortas, es decir que posee mucho temperamento dramático para su papel tan anodino a pesar de que está plagado de penas y mortificaciones. Está Julissa que es su hija por partida doble (también en la trama) y regala la frescura y el encanto de su talento ya puesto en dichosa evidencia con Arthur Kopit, un autor norteamericano recientemente interpretado por ella, y que le lleva varias millas de adelanto, muchos kilómetros a Abel Santa Cruz, que es, por cierto y antes que se nos olvide, el autor de Los maridos de mamá.

Carmen Molina merece la admiración porque se supo ser tan profesional como para salir a trabajar un papel mínimo después de haber encabezado muchas temporadas. A ella el aplauso además por su deliciosa manera de actuar, su precisión, su fascinante modo de reducirse hasta parecer fea y solterona, maniática y torpe. Germán Robles es hoy famosísimo por la televisión, pero antes ya lo era porque interpretaba al mártir del Gólgota. Se muestra alegre y esforzándose por la bonhomía, a veces demasiado subrayando esta inclinación, pero lleno de simpatía. Jorge Fegan es el ítalo de marras y está muy bien, así como Rafael del Río. A Consuelo Monteagudo apenas se le ve, y a Manuel Zozaya apenas se le siente.

Acertada, lujosa y de rotunda realidad la escenografía de David Antón.