FICHA TÉCNICA



Título obra Medea

Autoría Eurípides

Dirección José Solé

Elenco Ofelia Guilmain, Wolf Ruvinski, Socorro Avelar, Daniel Villarán, Rafael Llamas, José Carlos Ruiz, Mercedes Pascual, Lupe Andrade, Lola Bravo, Irma De Elías, Graciela Doring, Teresa Grobois

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia María Luisa Mendoza, “De tal Eurípides tal Medea”, en El Gallo Ilustrado, no 114, supl. de El Día, 30 agosto 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

De tal Eurípides tal Medea

María Luisa Mendoza

“¿Es acaso leve desdicha para una mujer...”
Medea.

Eurípides fue el eterno rival gladiador de Sófocles en los concursos trágicos. Además, peleó con la indomidad de su origen plebeyo –afirma Aristófanes que el padre era tabernero y la madre verdulera– en contra del tradicionalismo teatral, como feroz innovador, lleno de ideas –tenía una biblioteca asombrosa allá por los cuatrocientos y quinientos A.C.–, con la minuciosidad del pintor que quiso ser y la fuerza del atleta que tampoco logró. Eurípides, autor intocable de noventa y tantas obras –de las que quedan ¡claro! diecinueve sólo–, alcanzó la popularidad en los tiempos de los peplos hasta después de muerto, en verdad. No tuvo tampoco la dicha amorosa y calmosa de un buen matrimonio. El infeliz se casó dos veces y en ambas le fueron infiel.

El divino Eurípides retrata un caso inverso en Medea (431 A.C.). La desolación de una mujer engañada, abandonada por el esposo-ambición, que la deja en el extranjero abandonada a su suerte, vacío el lecho conyugal, por razones tan endebles como que quería que sus dos hijos con Medea tuvieran hermanos principescos. Jasón, pintado por Eurípides, es un macho estúpido y torpe que provoca en su mujer el caso más alto de la tragedia griega en histeria neurótica. La avienta a la enajenación del amor propio herido, la hunde en lo hechicero y brujeril, la disminuye volviéndola madre-asesinato, y así deja para los siglos el perfil de ira y honor mancillado más respetable y sinestro. Asombra presenciar el sondeo de Eurípides en la psiquis de sus personajes, la familiaridad con que expone cosas del subconsciente cuando se calzaban peplos, y Freud aún no era imaginado por el Creador.

Total, que el tal Jasón deja a Medea con dos niños y una pilmama. En respuesta, la furia sombría se abate sobre él y lo dobla, lo quiebra sin remedio para siempre. Toda esta maravilla es tomada por José Solé y quitándose las gajas ante Eurípides, como nuevo saludo contemporáneo –suplidero de plumas– da una óptima dirección vanguardista en la que el coro es demasiado vital, fincando con esto un contrapunto desesperante, con su propia impotencia. Es decir que, el coro griego, estático de palabra, comentador, lamentador, gemidor, impávido, de manos cruzadas para hacer siquiera algo (una especie de mamá cobarde que de todo se lamenta y en nada ayuda), movido por Solé casi da la impresión de pronto de irse a zafar de la regla, y entrando al palacio salvar a los niños de morir bajo las garras indignadas y locas de la madre. Uno, en el Xola, ante Medea, jura que ese coro no puede ser contemplativo solo, que tal fuerza, pepesoleana debe abrir el gran fruto de la acción.

Medea es, la perfecta Meda: Ofelia Guilmain. No se puede dejar de admirar ese temperamento de ciclón, de torbellino denominado por la técnica de impecabilidades sobrenaturales. Esa su voz baja como nunca ninguna otra actriz aquí se había atrevido a lanzarla a mitad del foro. Ofelia en Medea ofrece la ofrenda de su voz de terciopelo, de higo maduro, de pozo, de chelo, de arena... Está absoluta y soberbia, euripidiana hasta la médula que se le asoma en ese largo acto traducido con la ayuda de Dios por el sapiente padre doctor Ángel María Garibay K.

Ofelia luchando hasta el exterminio con Jasón hoy y ayer Wolf Ruvinski. Este ultimo de tan malas facultades, tan desgastadas, que la representación se viene abajo con su mediocridad infinita y su mala dicción. Ruvinski ha perdido lo que lo sostenía en los escenarios: la presencia. Ahora eso no lo salva de que de pronto se descubra el defecto... ¡los defectos! suyos para hablar. Sus eses débiles, sus uniones de palabras lamentabilísimas, su esfuerzo para elevar el tono sin lograrlo. Es inusitado que Solé no lo haya corregido, máxime cuando iba a estar junto a la Guilmain, que se traga a quien sea con sus excelencias. ¿No había podido ir en su lugar Antonio Medellín, que se lleva palmas en el papel de Egeo?

Un coro de buenos nombres complementa la representación además de la personal Socorro Avelar, de Daniel Villarán, Rafael Llamas y José Carlos Ruiz. Coro: Mercedes Pascual, Lupe Andrade, Lola Bravo, Irma De Elías, Graciela Doring, Teresa Grobois, etc.

La sólida severidad de decorado y vestuario se deben a Julio Prieto.