FICHA TÉCNICA



Título obra La vidente

Autoría André Roussín

Notas de autoría Salvador Novo / traducción

Dirección Lew Riley

Elenco Dolores del Río, Jacqueline Andere, Blanca Sánchez, Magda Donato, Tamara Garina, Tony Carbajal

Escenografía David Antón

Referencia María Luisa Mendoza, “Lew Riley no necesita de ninguna vidente para enterarse de que no es director”, en El Gallo Ilustrado, no 113, supl. de El Día, 23 agosto 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Lew Riley no necesita de ninguna vidente para enterarse de que no es director

María Luisa Mendoza

André Roussín es como comediógrafo muy acertado en sus temas y maneras, ya que si bien no baja a profundidades de honda intelectualidad en cambio escoge asuntos que podrían ser conceptuados como populacheros. Ahora, con La vidente, lo común se engarza en el asunto de las adivinadoras, agoreras; astrólogas o nigromantes en general. Nada más que no es tan común como Roussin pretende, tan fácil dilucidar su validez y legitimidad, máxime como él mismo lo resuelve dejando colgado el asunto para que cada espectador saque conclusiones.

Es decir que Roussin, presenta a la ciencia de los hombres la de los títulos, la viejísima que viene evolucionando desde Hipócrates. Y a la otra ciencia –si así se le considerara– la de los iluminados que predicen el futuro, explican pasados más o menos lejanos y echan sus pláticas con los habitantes del más allá o acá.

Ambas, en sus distintos terrenos dignas de respeto, ya que solo no hay tomaduras de pelo en una bola de cristal sino muchas también la receta estúpida de un ignorante.

Ambas con un telerío de donde cortar y tan extensas que se prestan a sacarles el mejor buen humor imaginado. Pero no es el caso de Roussin. Ha confeccionado éste dos actos muy largos y hablados, plagado de repeticiones, de recurrencias al tema y que no da nada en claro, algo siquiera, sino deja colgada la polémica después de fatigar al público con tanta pretendida discusión. Es pues la comedia para el lucimiento de una actriz, obra de protagonista, de vedete. Pero una actriz capaz de sostener el ritmo de la palabra sabiamente atonado con distintas texturas que hagan soportable la insistencia. Obra especial para actriz dúctil, natural, agradable y sabia.

Aquí La vidente quedó en las manos de Dolores del Río. Tampoco se trata de atacar a una dama tan enamorada del teatro como ella y tan ayuna de virtudes para el mismo. Pero no es posible ocultar la verdad lamentabilísima: Dolores del Río –muy guapa, sí, pero eso jamás ha bastado– carece de voz sobre todo, de voz teatral, de voz modulada. En ella la voz es monocorde –mil veces señalado– y con ello mismo fatiga y a veces hasta irrita. Es también en Dolores la rigidez del cuerpo una tendencia que en vida de la elegancia tal vez convenga mucho pero que en el teatro hace que se mire inaccesible a ninguna emoción, detenida en esa seca postura y apoyada con la voz ya quebradiza. En Dolores su belleza, su distinción, su personalidad su mágica juventud le sirven mucho en cine pero en teatro la ponen al descubierto. No es el foro un lugar adecuado para su magnificencia porque la sacrifica y lo que es peor: esto ya no tiene remedio, aunque tuviera el mejor de los directores y no ayudándola su marido.

Lew Riley no es un director y quien le dice que sí le está provocando un enorme daño. No es director porque desconoce el escenario, no usa sus áreas distintas o si no las desperdicia clavando a sus actores durante escenas enteras en un solo sitio. Comete la falta de discreción y buen gusto de borrar a la compañía entera para que luzca Dolores del Río sola, y para ello sienta a todos de espaldas. Apenas se le vio el perfil a Jacqueline Andere, tres cuartos de rostro a Blanca Sánchez, un poco más a Magda Donato y a Tamara Garina porque sería de plano el colmo apabullarlas más. Solo Tony Carbajal se lució entero, pero después de tanto anunciarlo en un acto sin descanso casi parecería una traición luego ocultarlo.

A Lew Riley le falla la imaginación, para ya no mencionar la técnica dramática que es necesaria en caso de querer dirigir aunque sea a un grupo parroquial. Por eso el foro le queda siempre grande, y no es la primera vez que le ocurre, hace muy poco con la Baptista cometió pecados capitales de miopía teatral. Pero a Riley algunos le dicen que es un genio y él cómodamente prefiere así creerlo, igual que Dolores del Río acepta la alabanza sin siquiera meditar la crítica cuando ésta es sincera y a su favor aunque aparentemente la hiera.

En La vidente habrá que señalar lo mejor de todo que es el decorado. David Antón lo ha logrado como uno de sus mayores trabajos. Espléndida escenografía, hermosa y rápida en su círculo perfecto. En cuanto a la traducción del maestro Salvador Novo, es correctísima, por sabido se calla, lo malo es que los actores corrijan verbos y sintaxis echándola a perder en infinitas parrafadas. Pero esto también es cuestión del director...