FICHA TÉCNICA



Título obra El relojero de Córdoba

Autoría Emilio Carballido

Dirección Marco Antonio Montero

Elenco Carlos Fernández, José Antonio Salmerón, Raúl Velázquez, Sonia Montero, Ricardo García, Homero Montaño, Mario Orozco

Escenografía Guillermo Barclay

Productores Universidad Veracruzana

Referencia María Luisa Mendoza, “El relojero sabe la hora...”, en El Gallo Ilustrado, no 112, supl. de El Día, 16 agosto 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

El relojero sabe la hora...

María Luisa Mendoza

Ya no está uno para saberlo ni el otro para contarlo, ya por sabido se calla, ya estuvo suave pues –como dicen los que saben– andar por ahí diciendo quien es Emilio Carballido para el teatro de México. Recontar su feroz, fructífera y óptima terquedad vocacional, su profundo enraizado amor al teatro, al drama, a la comedia. Escribir lo que escribe su pluma ágil y picuda, heridora y tierna como pocas en la dramaturgia mexicana. Emilio Carballido es un gran autor y esto ha pasado a la historia sin dejar de estar vigente. No obstante, es interesante hacer notar en él una cualidad mayor y rarísima, como si fuera dueño de algo precioso que no es común, una aguja de pajar, un canto extrañísimo en la selva: la disciplina. Carballido es un ser laborante por excelencia. A la capacidad creadora que es “su de por sí”, añade día a día, noche a noche, la insistente vuelta al papel, por eso es fecundo y respetabilísimo.

Así pues este veracruzano ilustre nació para el trabajo. A él lo sigue la gente en la escena, aquí o en donde sea. Hoy le tocó al público de Xalapa que es otro punto más para insistir en sus actividades. Carballido ha repuesto en Xalapa sus dos jornadas tituladas El relojero de Córdoba, obra de moraleja que ocurre en la Colonia y retrae a una sola historia la Córdoba y la Orizaba de pasadas infancias. Estrenando el asunto hace unos años en esta capital, se desbarrancó en ineficaces fallas que, atrancaron la puesta en escena, la hicieron interminable y exhaustiva, y la desgraciaron en su gracia viva y fresca desde la lectura. En realidad cabe señalar que El relojero de Córdoba es de una sabrosura sin igual para leerlo y hoy en Xalapa está probando que tales jugos pueden extraerse en la escenificación misma, que es al final de cuentas lo que hace verdadero al teatro.

En las dos jornadas de referencia Emilio se complace en fincar dos protagonistas a la vez, uno para cada parte. El primero, precisamente un ingenuo hermoso relojero enamorado de sus piezas minimas, de sus sonidos, de la relojería de sol, de máquina o de arena. El segundo, un impresionante funcionario de la Colonia, don Leandro Penella de Hita, que además de ser español con todos los defectos del caso, era inusitadamente justo e inteligente. Del principio de la madeja al fin, Carballido extiende caracteres tipos, gracejadas, humorismo, denuncias a regímenes de ayer y de hoy, canciones y amoríos. Lo hace como viejo juglar nacional que cantara corridos en las plazas sin omitir las puyas a las autoridades. Puyas que por cierto se sienten este año menos verdaderas que cuando la obra se estrenó, lo cual no va en demérito porque más vale que sobre valentía a que brille por su ausencia.

Como un relojero deveras, el autor cronométricamente finca su tiempo de risa y llanto para que suene al final la campana libertaria dando la hora exacta y arrastrando al respetable al aplauso que recoge de antemano un buen telón. ¡Ah, la justicia!, dice don Leandro y se ovaciona en la luneta a la justicia. Y a todo lo demás porque deveras que ahora sí El relojero estuvo bien dirigido, con su ritmote sobre todo en la segunda jornada, su espectacularidad suspensiva y la altura asombrosa en que la coloca un intérprete excepcional: Carlos Fernández. Fernández le hace el honor muy grande al papel y ambos se merecen. Su salida al foro es la mejor inyección de interés, su desplante profesional. Su voz privilegiada, noble, viril, suave, natural, una voz que aquí en la capital va a dejar roncos a muchos envalentonados con la suya. Carlos Fernández es un retorno feliz en Xalapa, habría que ir a verlo allá para saber cuánto merece este elogio humilde. Después de cuatro años fuera del país, ahora retorna maduro y soberbio, ya incomparable, ya actor entero.

Marco Antonio Montero dirige a una treintena de actores con seguridad y talento. Guillermo Barclay regala la escenografía puntillosa, inteligente e irónicamente homenajeadora de viejas encantadoras usanzas de ayer (“piernas” y un telón de fondo, bambalinas y el foro desierto). Y allí están los actores veracruzanos José Antonio Salmerón, Raúl Velázquez –espléndido principalmente en la alegría–, Sonia Montero, Ricardo García, Homero Montaño, Mario Orozco y el director Montero cantando cual ciegos simpatiquísimos. La Universidad Veracruzana merece desde aquí y desde cualquier lado una calurosa felicitación.