FICHA TÉCNICA



Título obra Celos del aire

Autoría José López Rubio

Dirección Xavier Rojas

Elenco Chucho Salinas, Luz María Aguilar, Adriana Roel, Joaquín Cordero, Fanny Schiller, Jorge Fegan, José Mora

Productores Manolo Fábregas

Referencia María Luisa Mendoza, “¡Tan pobre el talento y desperdiciado en celos!”, en El Gallo Ilustrado, no 111, supl. de El Día, 9 agosto 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

¡Tan pobre el talento y desperdiciarlo en celos!

María Luisa Mendoza

¡Las cosas de las que se entera una! Después de ver escenificada una obra de José López Rubio que se recordaba como aplaudida hacía algunos años –catorce–, comedia por demás menor y obvia, llena de asuntos caseros, de conflictitos matrimoniales, de personajes oníricos anclados a la respiración y al comentario, de realidad e irrealidad, de comicidad y violetas adúlteras en dibujo solo... una se entera que todo eso titulado Celos del aire, ganó un premio (cualquiera sería asombroso) de la Real Academia Española, el Fastenrath, en 1950, a su estreno en Madrid bajo la dirección de Luca de Tena.

Celos del aire pues es una obra intocable, según lo Reales de entonces, poética y original hasta el vértigo. Aquí por desgracia, pareció solo una obra común y corriente arrastrada en sus diálogos y muy recomendable para planear los quehaceres del día siguiente mientras en escena se da la moraleja de obligación, girando ésta desde luego en viajes que no deben hacerse de cuatro en cuatro y cosas así.

López Rubio es considerado como un gran dramaturgo en la España de Franco en donde el teatro está modestísimo (y si no que lo digan quienes lo han presenciado). Granadino él, ha ganado muchos premios literarios entre ellos el haber estado en la peña de Gómez de la Serna. Escribió una obra en colaboración con Jardiel Poncela afortunadamente no estrenada. De la noche a la mañana es su pieza más famosa y más traducida. Ahora es cineasta en cualquier lado sobre todo en Norteamérica y en España (hizo la versión de La malquerida benaventina).

Un gran dramaturgo habría ahondado en los caracteres de sus personajes, en cada uno de esos vértices adoloridos que conformaban el cuarteto de marras; habría ido a la raíz y nunca detenido en dibujar monigotes seudo poéticos alrededor (sobran los viejos empobrecidos que rentan el castillo en el Pirineo navarro, aquí modestamente una hacienda mexicana gracias a la adaptación de M. Sánchez Navarro, la cual consiste en cambiar puntos de referencia geográfica para que en lugar de ir a Madrid uno vaya a Tenochtitlán). Por su parte, López Rubio se quedó en su nube pintando a la acuarela tonterías. Sus personajes son obvios y fáciles de conocer, sin personalidad propia, sin garra, comunes y como resultado poco atractivos de conocer. Son de esos millones y millones de seres humanos que van por la calle y a los que importa muy poco siquiera mirar de soslayo... del montón, con espíritus de moscas y preocupaciones clásicas del dicho que dice: tan poco el amor y que se vaya en celos...

Manolo Fábregas escogió la comedia y no se ha equivocado porque a pesar de tantas reflexiones hechas aquí entre nos, tiene su atractivo sobre todo en los intérpretes; porque allí está Chucho Salinas en el dominio de la simpatía especial y naturalísima. Lo hilarante de este cómico se diferencia primordialmente de otras características que adornan a cómicos escénicos digamos obligados, como son Ortiz de Pinedo, Varelita, Brillas, Pulido, etc. Estos últimos son lo barroco, lo rebordado, lo festivo... en cambio Salinas es la risa directa, la que se avienta a la cara de la cara sin un dengue mayor que el que puede hacer un tranviario o una empleadita bancaria. Es natural y esto lo hace más valioso.

Fábregas llamó a trabajar en esta temporada blanca y rubia, a Luz María Aguilar quien juega el entretenimiento como una enfermera con su paciente que se duerme... sin esfuerzo alguno. Y es que Luz María es ya una señora actriz y esto le queda tan chico como sus zapatos de cuatro años. Nuevamente Adriana Roel sube a escena con su serena distinción, su amable belleza y también envuelve el leve papelillo que le tocó en suerte. Para Joaquín Cordero se quedó ahora el cumplimiento (y ayer). Cordero no demuestra ningún entusiasmo en el foro, se ve ausente, cumpliendo solo, saliendo del paso, frío, lejano y hasta aburrido. Su hastío lo comunica al público y a los diez minutos todo el mundo empieza a pensar en otra cosa, igual que el protagonista. ¡Lástima porque Cordero es en el fondo un lobo, nada más que no le importa demostrarlo en el teatro, se guarda todo para el cine!

Fanny Schiller, Jorge Fegan y José Mora sobran y nada tienen que hacer allí como viejecitos de Tlaquepaque. Sus personajes, por desgracia, ya no existen, por lo menos en las pocas haciendas porfirianas que quedan por allí regadas. Y si abundan nada tienen que hacer en nuestro tiempo, y esto va para el autor López Rubio únicamente. Xavier Rojas es el director.