FICHA TÉCNICA



Título obra Trampa para cuatro

Autoría Ricardo Rentería L.

Dirección Óscar Ledesma

Elenco Magda Guzmán, Pilar Sen, Felipe Santander, Enrique Aguilar

Escenografía Guillermo Segovia

Espacios teatrales Teatro Jesús Urueta

Referencia María Luisa Mendoza, “Trampa para un autor anticuado”, en El Gallo Ilustrado, no 110, supl. de El Día, 2 agosto 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Trampa para un autor anticuado

María Luisa Mendoza

Como decíamos ayer: anegada la ciudad con inundaciones teatrales, entre antiquísimas –casi siempre arqueológicas– hasta fabricadas en serie por los señores Paso, las piezas hechas en casa a su demérito o comunidad se opone por lo menos la sorpresa del teatrófilo, la curiosidad, ese orgullo que arrastra el de México desde la conquista y que hace aparecer siempre una esperanza de redención cuando más amolada está la cosa de que se trate. Ahora el teatro se enfrenta a tales males y mortificaciones, y también al asombroso resurgimiento, –o nacimiento, mejor dicho– de grandes estrategas que cultos, inteligentes, rebeldes y enterados se oponen a la chabacanería de las flores de papel y la acción en Madrid, a la estulticia de la estrellita del cine nacional (ayer “orquídea”) que en traje de baño dice estupideces acompañada de dos o tres malos cómicos infectados de morcilla.

Los estrategas dichosos del cuento, de la salvación, son jóvenes: Azar, Gurrola, Ibáñez, el otro Ibáñez, el otro Ibáñez, Mendoza, etc. Directores, autores, hombres completos de teatro que están por la revolución y el buen gusto, invencibles en las batallas, atacados por los menos y apenas ignorados.

A esos valores nuevos, mexicanos todos, creadores, hay que ir añadiendo poco a poco a los muchachos que con su empeño en el aprendizaje dibujan ya débiles señales de poder algún día sumarse a los insurgentes. Es el caso ahora de Ricardo Rentería L. y su salida a escena como dramaturgo jalisciense en el Teatro Jesús Urueta presentando Trampa para cuatro.

Él le llamó comedia dramática y llena en muchos los requisitos, sobre todo de la comedia. Lo dramático se le escapó de las manos por inexperiencia, por ingenuidad, por querer ser honesto y sincero dando a conocer (¿a conocer?) los problemas que aquejan a algunos mozos provincianos pasados de moda.

Rentería maneja el diálogo, eso es evidente, y tiene el poder de entremezclar a sus personajes con habilidad que parece natural (don sobrenatural en teatro) además de haber conformado antes a dichos personajes con una gran veracidad aunque esta sea ñoña, chirle y un tanto risible en su tesis. Rentería –que tiene diecinueve años y ha venido de Guadalajara después de estudiar en el Instituto Don Bosco– expone el problema de la virginidad prenupcial tanto en hombres como en mujeres. Evidente partidario de dicha pureza en el varón insiste además en sencillas aseveraciones de la existencia de Dios. Sus problemas pues, distintos a los de la juventud contemporánea pero tal vez legítimos aún en pueblos como los de Al filo del agua por ejemplo, cojean ya no de ser locales a un país, sino vigentes nada más en pueblecitos y tal vez exclusivos sólo de muchachos de allí, rezagados del avance de criterio.

Así pues, el novel autor debuta en el teatro de su país, anticuado antes de los veinte años. Pero si hay torpeza en las ideas, anquilosamiento, vejez, chirles tonos amarillentos, en cambio el talento se muestra gozoso entre tanta tontería pueblerina. Rentería va a ser un buen escritor y de eso se encargará él de probarlo cuando haya aprendido a vivir, ya no a escribir. Cuando tenga experiencia en el dolor y en el goce, cuando sepa que el honor que pregona ya pasó a la historia con enaguas de alambre y casacas de encaje. El honor siendo intocado en su esencia, pero ya harta ir al teatro para escuchar a un tarugo clamar por él. Debe también este comediógrafo novedoso fijarse bien en las fechas, ya que si a la monja de la historia la violan los revolucionarios, su hija tendría a la fecha como cincuenta años la pobre..., si eran los cristeros unos treinta y ocho. ¡Tan solterona y todavía le exigen la virginidad! Además Rentería lavará lo exagerado de sus temas, qué duda cabe, para no hacer esta pobre hija de monja tenga por único pretendiente un seminarista, y para no dar al público nunca otra de “moja, casada, virgen y mártir”. Ni hacer que un hijo se convierta en espantosa vergüenza, y un viejo amor en pena de muerte.

A la blancura obvia del tema se oponen las buenas actuaciones en cambio. Esplendida Magda Guzmán; intocable Pilar Sen, muy bien Felipe Santander, así mismo Enrique Aguilar. La escenografía es sugerente (Guillermo Segovia) y la dirección de Óscar Ledesma trabajada con cariño, atención y como haciendo el juego con una ingenua sutileza. Ledesma viste a sus actores de verde y de azul usando luces mágicas; símbolo que no hemos humildemente entendido. A los cuatro preocupados por la pureza los mueve atingentemente.