FICHA TÉCNICA



Título obra ¡Ay papá, pobre papá, estoy muy triste porque en el clóset te colgó mamá!

Autoría Arthur Kopit

Dirección Juan José Gurrola

Elenco Roberto Dumont, Rita Macedo, Julissa, Carlos Jordán

Escenografía Roger Von Gunten

Referencia María Luisa Mendoza, “¡Oh papacito, pobre papacito por qué te pusieron ese decoradito!”, en El Gallo Ilustrado, no 108, supl. de El Día, 19 julio 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

¡Oh papacito, pobre papacito, por qué te pusieron ese decoradito!

María Luisa Mendoza

Arthur Kopit nació en Nueva York y se graduó luego en Harvard. El cortante y sólido frío del invierno blanco y la plancha ardiente que es el verano neoyorkino; la agresividad gris y rosa de los edificios altos como pinos triplicados y secos; las escaleras de salvación –ortopédicos aparatos irremediables–, las ardillas jugueteando no obstante en la capa de nieve y sol, las palomas, los gorriones, las margaritas inyectadas, los duraznos gigantes e insabores, Nueva York pues, todo lo neoyorkino hermoso y contradictorio porque esa ciudad es siempre ambivalente hermosa y repulsiva, Nueva York hizo y conformó a su hijo Arthur Kopit.

Kopit tomó un barco azul y se fue a Europa y escribió una comedia loca, surrealista tal vez, chiflada y saltarina, llena de dulce y fragante humor negro, y la enseñó a los demás como un tatuaje, en Cambridge. Era la comedia ¡Ay Papá, pobre papá, estoy muy triste porque en el clóset te colgó mamá! o sea ¡Oh Dad, poor dad, Mammas hung you in the closet and I'm Feelin'so Sad!

La obra, hace dos años fue puesta en el teatro Phoenix de Broadway, tuvo tal éxito y conmocionó tanto al público atraído como pescadito por la largura de la lombriz –título–, que los críticos premiaron hasta al papá del clóset. La historia tiene usted que verla (no permita que ningún crítico o lo que sea le reste el placer del teatro contándole trama alguna) y reírse de ella y con ella. Es dislocada, ágil, imaginativa, imposible, pero es también el terrible mensaje de un autor de nuestro tiempo que escribe del horror y del sexo da los Edipos y las Clitemnestras con el puño bien desnudo de hipocresía. Es este ¡Oh Papacito! tan significativa, que uno puede encontrar los principios de inspiración de serios dramaturgos griegos pasados por el agua y cocidos para ser comidos en nuestro tiempo con limón y sal, riendo y dilucidando si la madre que dibuja Kopit puede existir en su locura trágica y si el hijo es factible de sufrir en algún lugar de la tierra castrado e inutilizado por el amor ¡terrible cosa es esta de amar matando! por el amor de cada mañana que dice: “al despertar y abrir mis ojos allí está ella, el rostro de mi madre mirándome fijamente y diciéndome: ¡te quiero, te quiero, te quiero..!”

En su tiempo esta sección informó para usted de la puesta en escena broadwayana y es ahora cuando el parangón se hace evidente. En Nueva York, Kopit fue subrayado en su fúlgida verdad no realista precisamente, con una escenografía realista. Allí el pez era pez, la terraza terraza, la recámara eso y el vestuario normal aunque estrambótico porque los personajes lo requieren. Los símbolos no se señalaron; nunca el director que fue nada menos que Jerome Robbins (el coreógrafo de West Side Story) quiso ayudarle al autor y se limitó a ordenar un decorado normal, para que así la palabra sobresaliera. Dirigió sí en tono de farsa pero muy entonada. Aquí Juan José Gurrola por el contrario fue atonal –si es posible así calificar. Gurrola tiene los dones de ser imaginativo, creador, tenazmente revolucionario; estas cualidades le metieron el hombro para permitir a su escenógrafo Roger Von Gunten proyectar y hacer una labor acorde con el texto aparente y astutamente chiflado, lo cual borra, de tan convencido, lo que Kopit quiere que se distinga. Es decir que Gunten no ayudó a Gurrola, lo traicionó tratando de quedar bien con él y con Kopit. Para mí esto es el principal error de ¡Oh Dad!

Pero para Gurrola también hay la felicitación como siempre porque sus actores son excelentísimos, empezando por Roberto Dumont en plena facultad introvertida y tierna (es tan bueno este joven que hace olvidar el feroz adefesio que es cada elemento de utilería, la incongruencia del vestuario gunteniano). Rita Macedo con una voz formidable, con gran aplomo, bellísima ella sola, sobresale como la loca, deliciosa, inolvidable bienamada señora Rosepettle que en Broadway era nada menos que Jo Van Fleet. Y la niña, allá, Bárbara Harris –premiada entonces como revelación–, aquí Julissa, que también se revela con su talento innegable y esa fresca alegría que tienen las niñas convertidas en mujeres y en actrices. El commodore, otro tipo de Kopit, le fue ofrecido a Carlos Jordán que hizo con él demasiados bordados y al cual le cargaron la mano en encajes y rosas condecoraciones. No es su culpa, claro, pero Jordán a pesar de estar simpatiquísimo esta también exagerado.

Y aunque usted vaya y se ría y no lo crea, usted meditará y mucho con esta comedia-farsa felicísima que no debe perder para pensar, para gozar, y para asustarse un poquito en son de chiste.