FICHA TÉCNICA



Título obra Un domingo en Nueva York

Autoría Norman Krasna

Dirección Antonio Haro Oliva

Elenco Nadia Haro Oliva, Alejandro Ciangherotti, Guillermo Rivas

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Teatro Arlequín

Referencia María Luisa Mendoza, “Nadia en Nueva York y Cantón en Chapultepec”, en El Gallo Ilustrado, no 93, supl. de El Día, 5 abril 1964, p. 4.




Título obra Murió por la patria

Autoría Wilberto Cantón

Dirección Óscar Ledesma

Escenografía Rodolfo Montalvo

Referencia María Luisa Mendoza, “Nadia en Nueva York y Cantón en Chapultepec”, en El Gallo Ilustrado, no 93, supl. de El Día, 5 abril 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Nadia en Nueva York y Cantón en Chapultepec

María Luisa Mendoza

Norman Krasna es un extraño y sabroso producto de Norteamérica, por nacencia, y de Europa por formación. En sus obras, sobre todo en esta encantadora comedia llamada Un domingo en Nueva York, se enlazan a la manera del buen sazón, su sentido del humor gringo, por llamarlo así sin desprecio, y la altura de la sonrisa suiza mucho más sutil pero tan enredada en un momento dado como los conflictos románticos de los americanos. Krasna ha escrito tres actos para poder reírlos, sentado muy serio en lo que es de veras el género vodevilesco; es decir algo que no se dice, plantear una serie de actos equívocos que parecen y no son, todo esto chispeante y burbujeador. Como un vaso de agua mineral con champagne para memorizarla.

Así pues, saboreando ese día de Subway, de Central Park, de restaurante en China Town y de amor bajo la lluvia en un departamento cerca de la calle setenta y tres, Norman Krasna sirvió su anécdota no muy original por cierto, pero sí lo suficientemente atractiva para abrazarse a ella como si fuera la primera vez que alguien cuenta un hallazgo entre hombre y mujer que va a prolongarse para siempre.

Y como la comedia ya la filmaron en Hollywood, Nadia Haro Oliva le come el mandado a la Meca viviendo con su imprescindible desparpajo a la Peggy solterona y con ganas de ser mordida y saboreada. Junto a su palmito rubio y bien vestido está Ciangherotti de quien hay mucho que relatar. Primero, que es un actor cómico asombroso, pleno de matices y posibilidades. Segundo: que es tal su virtuosismo hilarante que hay momentos en que se desborda pasando de la caricatura fina al dibujo grotesco. Tercero: que está Ciangherotti en este momento iniciando una nueva carrera en el teatro, la del galán de carácter, denominación que le cae como anillo al dedo, y que no podrá incurrir en el desmán peyorativo porque su próximo director se lo impedirá. Con esto se pasa de lleno al terreno del Mayor Haro Oliva, hombre potente y talentoso que ha entregado su entusiasmo al teatro. Ahora el Mayor dirige por primera vez (empresario, organizador, traductor, adaptador, creador de compañías) y lo hace con tal generosa y ágil atingencia que uno se pregunta: ¿Por qué diablos antes no lo había hecho? Es cierto que las escenas de cambios rápidos de utilería supliendo mutación con telón corrido las indica el autor, pero Haro Oliva las realiza en el ritmo del conocedor de las tablas, del experimentado teatrófilo como es él. Así pues, dirige a las mil maravillas y su único pecado es que le pone demasiada sal al platillo, como en el caso Ciangherotti al que le permite exageraciones, o deja que a su voluntad –como en el caso de Guillermo Rivas– un intérprete configure un papel al que le roba personalidad quedándose con la suya y lo realiza inverosímilmente.

No obstante Un Día en Nueva York es tal vez el acierto del año de Nadia y Antonio Haro Oliva. La recomendación implícita es un hecho, y el aplauso, y la urgencia a que usted disfrute con todo: el decorado inteligente de López Mancera y la linda cara de la protagonista, la gracia de sus compañeros, etc., etc.

Murió por la patria

Esta obra de Wilberto Cantón, escrita para los niños de las escuelas, lograda desde los mejores puntos pedagógicos del teatro, con sus acentos épicos y su preciosa exposición del amor a la patria; con la buena factura antibélica, con el equilibrio que puede vaciar en los niños, gracias a la pluma directa, valiente, asombrosa ahora en convicciones, en convencimientos de Cantón, esta obra pues, es digna no de un éxito común, sino de lo que obtiene: de los aplausos de miles y miles de niños –200 mil– que la han visto y los que la gozarán en la presente temporada infantil que ofrece el INBA.

Simple, llana, natural, clara como una explicación de un buen maestro, la obra en tres actos cuenta y enseña quiénes eran los Niños Héroes, su tiempo vivido, su último acto de amor a la bandera, y por fin, respetuosa y emocionadamente, la clausura de sus vidas bajo el fuego de los invasores norteamericanos, bajo la traición de aquel gran cobarde Santa Ana.

Cantón no mete baza usando la invasión para enardecer odios. Con extraordinaria inteligencia humana, en servicio de la escena, muestra el heroísmo de Juan de la Barrera, Juan Escutia, Francisco Márquez, Vicente Suárez, Fernando Montés de Oca, Agustín Melgar, pero también la inocencia y el dolor de los soldados yanquis enviados al absurdo de la guerra, por altos ambiciosos culpables.

La dirección de Óscar Ledesma está laborada en razón directa de las exigencias del teatro para niños: amplificada, resuelta, de manera muy loable. La escenografía de Rodolfo Montalvo es buena, sobre todo cuando se vuelve partícipe como en la batalla en el Castillo de Chapultepec.