FICHA TÉCNICA



Título obra Juan Pérez Jolote

Autoría Ricardo Pozas A.

Notas de autoría Ignacio Retes / adaptación

Dirección Ignacio Retes

Elenco Ignacio López Tarso, Pilar Souza, Héctor Ortega, Aarón Hernán, Jorge Mateos, Oscar Morelli, Tomás Bárcenas, Melba Luna, Pablo López del Castillo, Roberto Rivera, Hugo Morales, Socorro Avelar

Notas de escenografía Iker Larrauri / grabados

Referencia María Luisa Mendoza, “Feliz como Juan Pérez Jolote”, en El Gallo Ilustrado, no 91, supl. de El Día, 22 marzo 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Feliz como Juan Pérez Jolote

María Luisa Mendoza

Ricardo Pozas A. tituló la biografía del chamula Juan Pérez Jolote como un informe de sus investigaciones en una región de Chiapas. El texto completo lo publicó y obtuvo la atención de los mejores lectores de México. Es tan interesante dicho estudio antropológico, que la figura de Pérez Jolote se ha hecho clásica para identificar al indígena de la altiplanicie de San Cristóbal, cerca de Ciudad Las Casas en Chiapas. Por otro lado, Rosario Castellanos ha dado el perfil del chamula en el tono apretado y dramático de la novela. Ambos exponen dos conceptos que, el primero vaciado al teatro; y el segundo intocado en el género novelístico, dan por resultado la comedia con acentos de denuncia social y el drama desnudo y sin la misericordia de la risa.

Juan Pérez Jolote fue adaptado al teatro por Ignacio Retes, y si bien es cierto que conserva la frescura de la palabra, la autenticidad física del personaje protagónico, en cambio debilita la historia en si porque sus recursos dramáticos no han sido aprovechados con mayor intensidad, con una cierta malicia escénica, sino que son estampas contadas casi, escenas sueltas y unidas por un relator, leves acercamientos a la terrible realidad de miseria y despojo, de humillación y esclavitud que prevalece entre los chamulas, disimulados por la jocosidad de las aventuras de Juan, ese hombre absolutamente puro y bello por dentro, indigna víctima de la ignorancia y las contingencias políticas de un país que parecía en su tiempo –en plena Revolución– haberse olvidado de él y de los suyos.

No es feliz la adaptación de Retes por la simplicidad con la que puso en labios de los personajes hechos reales con mínima acción durante dos actos desiguales en logros y mucho más cercano al éxito el inicial, ya que en él la supuesta comedia es menos tímida, se aposenta con voz, gestos y mímica admirable; tiene en su haber la escena de los trenes revolucionarios excelentemente resuelta con un grabado que se proyecta en un telón de fondo y que ilumina el escenario giratorio convertido en ilusorio techo de vagones caminantes. Hay una cierta preocupación del director –también Ignacio Retes– por proveer la amabilidad de su trabajo con gags, perfectos en cuanto un grupo de soldados recién nombrados empiezan a entender las maniobras militares para ellos tan desconocidas como el cosmos. Afortunadamente no cae excesivamente en el folklore ni aun cuando se retrata un rito fúnebre secular, pero en cambio peca en efectos menores durante los finales de acto, débiles y ausente de garra de veras.

No obstante las fallas de la adaptación en sí; sobresale el trabajo de Ignacio López Tarso que inaugura esta vez la ternura, la bonhomía, garantizada además por su impecable dicción tradicional y el amor evidente al personaje. A su lado se nota la humilde ­en su significación profunda– ayuda de la actriz Pilar Souza, la gracia natural y sentida de Héctor Ortega, y la colaboración de un numeroso contingente que en ocasiones dobla papeles y concurre a hacer homogéneo el trabajo de equipo sin vedetismos molestos. Allí están Aarón Hernán, Jorge Mateos, Oscar Morelli, Tomás Bárcenas, Melba Luna, Pablo López del Castillo, Roberto Rivera, Rugo Morales, Socorro Avelar, etc.

Hay un contraste entre los grabados originales de Iker Larrauri, que sí subrayan el estado de cosas entre los chamulas, y el espíritu de algazara y suavidad en la acción misma de la obra, en el alma del mensaje que no dice bien y apenas roza lo mucho que hay que declarar. Como si la imagen de desdicha que el lector de Rosario Castellanos tiene sobre los chamulas se viera librado de lágrimas e indignación para contemplar una nueva y llevadera situación muy lejana del oprobio bajo el cual viven las víctimas de los ladinos.

El director descuidó así mismo la legitimidad plástica de sus actores todos muy bien vestidos y limpios con trajes adquiridos en la zona chamula, pero ellas, sobre los demás, maquilladas como si se tratara de entrar en la fatuidad de la indita a la que el cine nacional entronizó con sus cejas depiladas y sus bocas enrojecidas.

Es un paso que el Instituto del Seguro Social da rumbo al teatro mexicano. Ojalá que este principio sea el anuncio de futuras temporadas que traten temas de injerencia nacional.