FICHA TÉCNICA



Título obra Las de Caín

Autoría Serafín Álvarez Quintero y Joaquín Álvarez Quintero

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Óscar Ortiz de Pinedo, Carmen Molina, Chucho Salinas, Francisco Muller, Guillermo Herrera, Rosa María Gallardo, Marina Marín, Alejandra Meyer, Alicia Bonet, Ana Martín, Rafael del Río, Ethel Carrillo, Consuelo Monteagudo, Roberto Guzmán

Referencia María Luisa Mendoza, “La reconstrucción de los Álvarez Quintero”, en El Gallo Ilustrado, no 89, supl. de El Día, 8 marzo 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

La reconstrucción de los Álvarez Quintero

María Luisa Mendoza

Así como el año pasado tuvo el teatrófilo la bonísima suerte de enfrentarse con la galanura del asombroso teatro de Del Valle Inclán y sus Divinas Palabras, ahora toca en el intento de revisión de la dramaturgia española, que podría haber empezado con Lope de Vega y Calderón –cuando los han escenificado bien o mal en tablados o plazas públicas– a esos inefables hermanos Álvarez Quintero, Serafín y Joaquín, nacidos ambos en el 71 y en el 73 respectivamente del siglo pasado y muertos en el 38 y el 44 de este 1900 veloz. Los Álvarez Quintero que surtieron los escenarios floridos de animosos padres y abuelos con unas doscientas obrillas intrascendentes y graciosas, pan dulce, agua de chía, melocotón en almíbar. Porque los hermanos susodichos son elementales, es cierto, pero también transición lenta y dulzona en el devenir de las letras podría decirse contemporáneas. Sus plumas al alimón fabricaron chambritas estambrosas con la facilidad que una madre precavida teje ropa para un hijo venidero que la habrá de usar apenas unos meses para luego guardarla al hermano siguiente y servir, un poco pasada de moda –en lo que ésta puede afectar al vestuario de los lactantes– unas dos generaciones.

Los Quintero usufructuaron una absoluta popularidad en su tiempo. Hasta ese coloso que es Pérez Galdós los exaltó, por su sintética cursilería a parrafadas leves, por su superficial interés en conflictos menores que son la sal diaria y el pañuelo planchado de una sociedad de salón y por la calle, jamás en la alcoba, nunca en el desván de los trebejos a donde se ha ido a refugiar el teatro actual, el del sicoanálisis y los grandes problemas políticos que hoy, así como así, entrega a un público mucho más preparado y culto –¿por qué no?– con experiencias por toneladas y criterio aparentemente formado.

Los Quintero, pues, obligados autores de fin de fiesta en escuelas severísimas, firmas respetables e insustituibles en las “casas de la risa” que proliferaron en el mundo de habla española, guardados en las alacenas de las conservas pasadas, decayeron al avance del hombre y fueron quedándose de recuerdo para tertulias longevas y remembrantes. Sacarlos a relucir ahora es como atreverse a usar sombreros del año del caldo sin remedio ni remojo.

Sólo como Manolo Fábregas los rescató –a esos dos miembros de la Real Academia Española de la Lengua– y los oxigenó son posibles y admisibles. Sólo así Las de Caín, deliciosamente servidas con servilletas de holanes, perfume de violeta, moños y encajaría, son presentables en nuestro tiempo de ira y desasosiego. Unas De Caín sin traicionar, exactas en su sabor de municipalidad espesa, apenas adaptadas por la irónica severidad del lenguaje de Salvador Novo que les remozó afectuosamente subrayando su amarillez, su melcocha, sus modos pitiminí, y prendiéndolos nada más en la Alameda Central, en la casa de don Segismundo Caín y de la Muela, y en San Ángel DF, en 1905. Nada más, y claro con sus alusiones a los teatros de aquel entonces, a los dichos, a las influencias y los modismos ingenuotes y frescachales aún así.

Es sin duda esta adaptación afectuosa y la dirección encantadora, ágil, simpática, astuta de Manolo Fábregas lo que hace posible aun disfrutar al estilo antepasados Las de Caín. Porque en sus tres actos nada es en serio y todo, no obstante, ejerce poder de atracción. Las cinco cursilillas solteritas en sus trajes preciosos de Bertha Mendoza López, los “pollos” de cuello duro, la madre joven y precavida, el padre casamentero, el tío bobalicón y boyante. Todos en la cajita de música abullonada y de color pastel que hizo David Antón. Cada uno con el buen humor que se encuentra en cada página de los viejos almanaques de antes de cualquier revolución.

Esos muchos méritos reconstructivos para la casita burguesa y decente de los Álvarez Quintero, repercuten en sus intérpretes que encabezados por Oscar Ortiz de Pinedo (marca de fábrica su estilo de arrastrar las sílabas) cumplen un cometido de veras de entretención. Por eso está muy bien Carmen Molina, por eso Chucho Salinas tanto hace reír; por ello mismo Francisco Muller sobresale, y con ellos: Guillermo Herrera, Rosa María Gallardo, Marina Marín, Alejandra Meyer (con leve dificultad en la dicción), Alicia Bonet, Ana Martín (linda a pesar del ceceo); Rafael del Río, Ethel Carrillo, Consuelo Monteagudo y el muy cómico también Roberto Guzmán.

Los Quintero ahora sí podrán morir de felicidad. Han sido superados.