FICHA TÉCNICA



Título obra Los secuestrados de Altona

Autoría Jean Paul Sartre

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Augusto Benedico, Beatriz Shéridan, Emma Teresa Armendáriz, Rafael Llamas, Alberto Catani, Alicia Castro Leal, Félix Guilmain

Escenografía Julio Prieto

Referencia María Luisa Mendoza, “Secuestro Sartriano”, en El Gallo Ilustrado, no 86, supl. de El Día, 16 febrero 1964, p. 2.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Secuestro Sartriano

María Luisa Mendoza

Es inoperante guardar en el cajón de los desperdicios a Jean Paul Sartre o siquiera encastillarlo en tal o cual denominación que archivara su obra literaria para siempre. Tampoco es el tiempo de los olivos frescos para él. Hombre eminentemente contemporáneo y sin ninguna discusión, talentoso e inteligente –cosas bien distintas ambas– pudo en un momento dado –o robado– ponerse en el primerísimo lugar de la innovación llevando la doctrina filosófica existencialista a la novela y al teatro, al grado tal que produjo un temblor de almas en la juventud de entonces sobre todo. Filósofo, crítico, novelista y dramaturgo de brillanteces inusitadas, maestro en Le Havre y luego en el Liceo Condorcet de París, su perfil ha servido para que lo calquen muchos amparados en supuesta influencia, lo admiren de buena o postiza fe y lo ataquen otros hasta la carnicería y el improperio neurótico más que feroz. Además de la corrección de su idioma, Sartre posee la obsesividad del ser solo y condenado, acento desgarrado éste que se apodera de todas sus letras y es patente en la singularidad de sus personajes teatrales, identificables a la menor ojeada, cada uno de peso parecido, de queja similar, de veredicto sin salvación.

Sus personajes, pues, van cogidos de la mano en escena y son como primos hermanos de una sangre invencible, y si no, basta con revisar a los tres presidiarios de A puerta cerrada a los de Las manos sucias, estos últimos ya con el estigma de los crímenes políticos, para emparentarlos de inmediato con este quinteto inerme y podrido que vive la trama conflictiva de Los secuestrados de Altona. Aquí ellos alrededor del pivote misterioso y demencial, de la clave universal: Franz, el hermano, el cuñado, el hijo, el soldado, el traidor, el acusador, la víctima. Franz simboliza al juez y al prisionero de su siglo “solitario y deforme”, que obedece a la maldad y luego la lleva al banquillo de los acusados. Es el hombre en sí de varias caras, en las que siempre, a pesar de todo, está asomándose la humanidad, lo bueno que hubo alguna vez antes del flagrante nazismo, en su caso, antes de la venta paterna, más allá del odio y de la aniquilación. La familia sartriana, encerrada en una finca, discute sus propios cánceres y se apuñalea respectivamente para purgar así en carne propia y ajena hechos que grilletearon sus manos y sus conciencias.

Es verdad que la tesis de Sartre se antoja un tanto pasada de moda y que su insistencia, ayer llevadera y soportable, es ahora –cuando sus semejantes incursionan en terrenos prometedores de adelanto y en última instancia de paz–, con franqueza, ajena, digamos, política-social o científicamente (haciendo a un lado la filosofía). No obstante esto, en la cláusula del teatro la obra está consistentemente basada en el interés, y el espectador la sigue atrapado en la buena palabra y la acción siempre contradictoria pero apasionada. Demasiado larga, por necesidad, la obra arrastra sus tres horas y media de palabrería importante (y risas burlonas tal vez demasiado subrayadas), aprovechada ésta al máximo por la atingencia y la severidad, por la fuerza del director Rafael López Miarnau, que es un hombre de respeto ahora a Sartre, ayer en conocimientos, en rigores y heroicidades.

López Miarnau entrega los frutos ricos de su admirable trabajo, aquí patente en el teatro pleno en inquietudes, a Ibsen, a Ben Johnson, a Brecht, a Arthur Miller, a Calderón de la Barca, a Carballido, etc. Su seriedad se vuelca en los actores que sabe manejar como muy pocos: en la excelente y asombrosa protagonización de Augusto Benedico, primer actor de voz privilegiada para ceñirse a la alegría de vivir o al peligro de muerte en la misma garganta; de apostura incomparable, de profunda tenaz entrega amorosa al teatro. En la identificación de Beatriz Shéridan con esa hermana Leni, aparentemente pervertida, clavada a la ironía intencionada como defensa, al incesto como irremediable añoranza de una libertad arrebatada. Beatriz Shéridan puede aparecer culpable de exageración, pero hay que verla en el segundo acto, cuando visita al hermano-amante, para entender hasta la raíz la necesidad de su armadura inicial. En Emma Teresa Armendáriz, que es belleza de persona y de actuación endiabladamente difícil. Y por fin Rafael Llamas, que carga con la locura lúcida, valiente y despreciativo del tirano que lo podría obligar a desbordarse lastimosamente.

Vuelve al teatro Alberto Catani, con brillantez. Debuta Alicia Castro Leal y deja ver inapreciable talento. Toma parte Félix Guilmain.

Espléndida la escenografía de Julio Prieto, exacta y de lógica facilidad en la mutación que es definitiva.