FICHA TÉCNICA



Título obra Un país feliz

Autoría Maruxa Vilalta

Dirección Xavier Rojas

Elenco Enrique Rocha, Elda Peralta, Gloria García, Antonio Corona, Farnesio de Bernal, Jaime Cortez, Ángel Merino

Referencia María Luisa Mendoza, “Adivinanzas en escena”, en El Gallo Ilustrado, no 85, supl. de El Día, 9 febrero 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Adivinanzas en escena

María Luisa Mendoza

Entre las muchas inquietudes de Maruxa Vilalta el teatro ocupa un lugar de honor y es evidente que la atrae sobre todos los otros géneros literarios por los que ha incursionado. Es Un país feliz su tercer obra dramática y en ella se miran sobresalientes avances que la llevarán a conseguir ocupar alguna vez ese anhelo al que tiene sitiado con toda su entusiasta y creativa juventud.

Pero la pasión de la joven autora no es ni mucho menos menor sino que puede considerarse entre las muy ambiciosas: ella quiere, desea y hace teatro social, de preocupaciones inherentes a su tiempo: ayer la angustia de una muchachada incomprendida y rebelde, ahora la tiranía y el dolor de pueblos desahuciados por la justicia. Maruxa invade ya el terreno político y finca su historia en el seno de un país tropical y subdesarrollado cuyo sol es en última instancia el único lujo y alegría.

Teatralmente la comedia dramática está estructurada en la simplicidad y la lógica, lo cual no es en demérito de su calidad ni mucho menos, puesto que esa llaneza, esa naturalidad, es bien difícil de lograr cuando se es tan joven como la autora y se padece o disfruta una inexperiencia consecuente. Políticamente no obstante, expone una serie de pistas para situar a los personajes, para identificarlos con su nacionalidad, que son por demás objetables, máxime cuando uno de ellos pide desesperado y tras sus lágrimas a otro que es extranjero la injerencia en el destino de su patria, lo cual en ningún sentido puede aceptarse como un remedio al drama de Iberoamérica.

Señalando esta falla mayor y reprobable en todos los aspectos por ir precisamente en contra de una libertad que los pueblos latinoamericanos persiguen desde siglos atrás, de una autonomía que les permita resolver por sí mismos su invalidez derrocando a, quien los explote sin el espaldarazo o la atingente sonrisa de ninguna potencia por fuerte que ésta sea, Maruxa Vilalta oculta su mensaje, que pretende ser descarnado, en las interrogaciones que suscita el planteamiento de las características de los mencionados personajes y el lugar en donde viven. No llega a saberse nunca qué país es ese irónicamente feliz, pues en momentos es una isla del Pacífico prostituida y martirizada por antiguo tirano, para convertirse de pronto en otro punto americano con claros signos de la religiosidad militar, digamos, española actual. Tampoco el extranjero bondadoso y noble alrededor del cual giran los tristes acontecimientos mientras él, iluso, pretende ser un turista más se tancia[sic], distraen, ya se dijo, archiva en norteamericano, en alemán o lo que sea.

Estos obstáculos que aparentemente no tienen importancia al espectador, lo obligan a echar a volar la imaginación y a resolver en la mente adivinanzas que aunque de buena raíz indoamericana apresan la atención en discusiones que no vienen al caso.

No obstante las interferencias indeseadas y expuestas con anterioridad, Un país feliz será para la señora Vilalta un laurel porque tiene implícitos muchos valores de nitidez en los diálogos en cuanto éstos no son de índole política.

Lucen, bajo la dirección, atinada, profesional y respetuosa de Xavier Rojas, principalmente Enrique Rocha, que es en este momento uno de los más logrados valores jóvenes y que tiene en su haber varias magníficas interpretaciones experimentales. Rocha entra de lleno al teatro profesional haciéndose notar gracias a la peculiar y asombrosa personalidad que lo hará sobresalir siempre, a esa curiosa mezcla de diabolicismo e inocente presencia. Con él, Elda Peralta es una hermosa Mariana, una ágil, emocionada, gentil y sufrida criatura de algún lugar abajo del Río Bravo. Muy bien Gloria García en un papel severo y duro. Antonio Corona un tanto repetitivo, encarna al viejo y desgarrado peticionario de la intervención.

Cierran el reparto Farnesio de Bernal que ya pide a gritos, con su talento, un personaje de primera; Jaime Cortez en el camino de la truculencia que tan fácil le sale en las tablas, y al actor Ángel Merino, que aquí prueba lo maduro de su profesionalismo, la simpatía de que puede hacer gala, y los frutos de un rigor digno de apretado aplauso.