FICHA TÉCNICA



Título obra La voz de la tórtola

Autoría John Van Druten

Dirección Dimitrios Sarras

Elenco Bárbara Gil, Miguel Córcega

Referencia María Luisa Mendoza, “La voz de la tórtola”, en El Gallo Ilustrado, no 84, supl. de El Día, 2 febrero 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

La voz de la tórtola

María Luisa Mendoza

Los tres actos de la comedia de John Van Druten son una muestra de lo que puede lograrse con la anécdota por demás pequeña que posee, enclaustrada en un departamento de Nueva York. Es decir, que lo mínimo de la acción en un ambiente por completo ajeno a la idiosincrasia del martino, no obsta ni mucho menos para echar abajo la calidad, el buen humor y lo eminentemente teatral que los anima, gracias a una dirección excelente. Apta en todo momento en laboriosidad y que tiene además la base agradecible del buen gusto.

Dimitrio Sarras es nuevamente el director y se reconoce su mano atingente aplaudida en aquella Muchacha de Campo que tanto hiciera en favor de la pareja Bárbara Gil y Miguel Córcega, pareja por demás espléndida en realizaciones escénicas, inagotable en entusiasmo teatral, con sus altas y sus bajas dependientes todas de la selectividad atinada o no de obras que representan en un acto heroico de supervivencia y devota vocación.

Gil y Córcega prosiguen la tarea de solidificar sus nombres contra viento y marea; son una pareja par de amor amoroso que se desborda en su trabajo. Nunca como ahora visibles estas cualidades, tanto en la actuación protagónica de Bárbara, que borda su personaje con tal gracia, con tal donaire que le valió estar al borde ser nominada la mejor actriz del año pasado y ser considerada entre las tres sobresalientes, como en la simpatía sin preámbulo, toral y absoluta de su compañero Miguel Córcega.

Anécdota, ya se dijo obvia pero que expuesta por Van Druten con mucho talento y resuelta en el mejor terreno de la inteligencia gentil si pudiera así calificarse, da un resultado de sabrosura sin igual en los diálogos, sitia el interés del público conquistado por completo, y es el gran pretexto para el lucimiento de sus intérpretes, que con Marcela Daviland redondean el agradable cuento ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial, en un fin de semana neoyorkino y por demás óptimo en cosechas espirituales.

Habrá que señalar una vez más el sentido director de Sarras, su cuidadoso acecho de los matices, su conocimiento de las posibilidades del actor, no solamente en la expresividad del rostro sino del cuerpo completo. Sarras hace andar realmente a sus intérpretes, los obliga a doblarse en tres, a correr, a acostarse y levantar las piernas, para fincar el contrapunto de la ironía con el romanticismo del instante que atrae la risa y el confort de los espectadores, siempre conducidos por caminos que se bifurcan en donde no se espera y dan dos paisajes distintos y sin embargo de igual tono y textura.

Dimitrios Sarras es de los directores que aquí deberían tener un puesto muy importante en favor del teatro mexicano, ya que es dueño de un estilo propio, de una levedad para el ritmo, y de un barroquismo que se demuestra en esa ágil manera de estructurar, hasta la raíz del pelo a sus personajes: movimiento de manos, intención en las posturas, subrayar parlamentos no sólo con la voz sino con todos y cada uno de los músculos de que disponen y de los que no se echa mano en las tablas por ignorancia o por carencia de visualización plástica.

Y sobre todo, aquí, el señalar con el dedo índice a Bárbara Gil como una inusitada intérprete sabe ya todo lo de la comicidad y el drama no es una actitud común, sino una increpante obligación de reseñador cociente. Muy pocas veces se ha visto a una actriz poder tanto con un papel, sacarlo tan adelante que de pronto se la sorprende en hallazgos deliciosos que brillan por su originalidad. Bárbara Gil, en la figurilla deshilvanada, fragilucha, ingenuota y tierna de Sally Middleton, está en uno de los definitivos papeles de su carrera, y está también en la cúspide de sus aptitudes escénicas muchas veces desaprovechadas en obrillas sin importancia, las cuales se vuelven contra ella con sus pobres valores y la afrentan.

Ojalá que este paso dado por Córcega y Gil, por Daviland y Sarras, enmarcado en una eficaz y bonita escenografía, sea repetido una y mil veces, porque así sí se forma una compañía de veras, fuerte, importante y que merece el mejor público de México.