FICHA TÉCNICA



Título obra Prueba de fuego

Autoría William Shakespeare

Dirección Seki Sano

Elenco Narciso Busquets, María Teresa Rivas, Graciela Doring, Raúl Dantés, Jacqueline Andere, Miguel Maciá, Amado Zumaya, Mario Orea, Manolo García, Sergio Jurado, Enrique Reyes

Escenografía Antonio López Mancera

Referencia María Luisa Mendoza, “Prueba de fuego en agua helada”, en El Gallo Ilustrado, no 83, supl. de El Día, 26 enero 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Prueba de fuego en agua helada

María Luisa Mendoza

De 1600 a 1606 William Shakespeare escribió cuatro de las obras fundamentales en el teatro universal: Hamlet, Otelo, El Rey Lear y Macbeth. Andaba en los cinco años que persiguen a la cuarentena. Shakespeare, que además de ser el cisne y el genio era incansable literato, jamás su mano dejó de escribir sobre el papel de los acontecimientos que le precedieron, vio al través del espejo el ayer consignado en cartas o libracos sin importancia, y pudo, no recrear, como se le imputa, sino hacer de nuevo y desde el origen a los personajes suyos, entre los que sobresalen los demenciales, los que perdieron en el camino el alma y readquirieron la inocencia del nacimiento.

¿Cuál otro de sus hijos es mayor a Lear, el Rey enloquecido bajo la tempestad, zaherido por tres hijas que ahora serían unas enfermas de neurosis grave y entonces eran nada más unas malvadas increíbles y demoniaca? Entre los locos, Lear es el mayor, sigue siendo el rey. Por eso su perfil intocable al ridículo o a lo grotesco es una de las pruebas de fuego y de mar para un actor del tiempo o de la escuela que sea.

Narciso Busquets recibió el honor de lidiar con el personajazo, con el más alto de los ancianos shakespearianos. El joven actor mexicano tuvo en sus manos la oportunidad de iniciar los festejos que habrán de sucederse sin interrupción en México en recuerdo del genio de Avón en el IV centenario de su nacimiento.

Desafortunadamente, ahora el elogio empalidece debilitado por una dirección de Seki Sano que se antoja cumplidora y en la que un respeto por el texto le impidió la perfección que él mismo exige con cortes inteligentes y necesarios en un teatro contemporáneo. Seki Sano apenas se atrevió aquí y allá con unos diálogos, estructuró su trabajo de director en la pura técnica fría y sin emoción, dirigió sin amor, y su resultado es lamentable porque además de que el espectáculo dura en escena tres horas y media, los actores respondieron al desgano a la labor que se antoja burocrática del director, y unos estuvieron en exageradas poses de fábula y no de drama, como es el caso de María Teresa Rivas y Graciela Doring, que subrayan el diálogo hiriente con pedantería y toques de cuentos para niños.

Narciso Busquets, por su lado, tuvo que sostener una enconada, cruel e innecesaria batalla en contra del asedio de las barbas y los bigotes. Esta pelambrera digna de un Jehová no le permitía hablar con claridad, mover los labios y todo el rostro en la terrible emoción de Lear. Esto lo contuvo, y en los linderos de la emoción, sus esfuerzos sobrehumanos para traspasar la máscara de escenografía comprendida fueron ovacionados, ya que su fuerza y su talento se impusieron en momentos a tal sitiamiento del maquillaje.

Para Raúl Dantés la admiración. Un actor de su talla jamás pasará desapercibido aunque se empeñen los amos del teatro mexicano en ignorarlo y olvidarse de él sistemáticamente. Para Jacqueline Andere también los aplausos por su metódico adelanto en la emoción sin abandonar su dulzura natural. En lo que respecta a Miguel Maciá, que tiene un importante papel, es deplorable su inseguridad en la pronunciación española y el sencillo modo de ignorar las ces y las zetas de los iberoamericanos; esto da en el foro un subir y bajar de personalidad que Maciá, no obstante con buen tipo, no puede detener y se mira debilitado y titubeante. Muy mal Amado Zumaya, ininteligible en sus declaraciones en mitad del foro. Mario Orea ceñido a la anemia de su Duque de Albania, increíble al principio y en el desquite al final. También se mira mejor Manolo García que en anteriores incursiones. Cumplidor Sergio Jurado. Visible Enrique Reyes.

Antonio López Mancera fue contagiado de esa abulia que encarceló al director en una indiferencia total. Su escenografía triste, pobre, poco dramática, mal iluminada, es un tropezón en su carrera, que tiene una brillantez inusitada.

La producción careció de un buen respaldo musical; también en esto se note el desgano y la falta de imaginación, el deseo de salir adelante sin ningún entusiasmo auténtico.