FICHA TÉCNICA



Título obra Mary, Mary

Autoría Jean Keer

Notas de autoría José Luis Ibáñez / traducción

Dirección Enrique Rambal

Elenco Marga López, Raúl Astor, Enrique Rambal, Adriana Roel, Miguel Suárez

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Insurgentes

Referencia María Luisa Mendoza, “Mary, Mary”, en El Gallo Ilustrado, no 82, supl. de El Día, 19 enero 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Mary, Mary

María Luisa Mendoza

Cuando aquí alguien se empeña en llevar al cabo mal un hecho, pero lo que se llama mal, el éxito corona sus esfuerzos y consigue catedrales de mediocridad, que no hay otro mal que pueda superarla en su grisura, su ramplonería, su pretensión y risa fallida. Eso es lo que logró la comedia de Jean Keer titulada Mary, Mary porque así se llama la protagonista. Y es que ocurre algo muy singular y por demás sabido: que el sentido del humor norteamericano, expuesto, servido en su sala es chispeante aunque bobo o blancusco; original, con una personalidad propia que a muchos latinoamericanos les hace efecto porque arranca su sonrisa o su carcajada, y porque es más afín, digamos, que el inglés, delicioso para algunos pero menos asequible a la mayoría. Bueno: pues dichos chistes gringos –porque eso son, ni más ni menos–, traducidos por José Luis Ibáñez, se destiñeron en el camino y aquí en escena son verdaderas montañas de tonterías, coronas funerarias de lo alegre, inútil expresión de cada intérprete al decirlos y guardar respetuosos, insistente y terco silencio a fin de recoger la cosecha del ruido de las gargantas al reír. Se rieran los amigos de los intérpretes, los asiduos a la televisión, los familiares y ya.

Mary, Mary es una de las comedias más insoportables que han visto en el Insurgentes, y en lentitud abrumadora (después de un par de actos de dos horas lo único que queda es abandonar el local, máxime si todavía falta un acto más y se está sentado en alguna de las butacas laterales de la primera fila, las cuales son sillas mortuorias como quien dice: el que allí ve la función contraerá la pulmonía y tal vez hasta haga mutis para siempre), compite con actuaciones modestas, como la de Marga López –que es la mejor no obstante–, sin concretarse en el personaje, titubeante de reacciones y actuando de varias mujeres en una sola. Marga, que tiene momentos de gracia natural, no supo entender a Mary, no la analizó, y el resultado es esa dama de múltiples facetas y que no es ninguna.

Por su parte, Raúl Astor sale seguro de sí mismo, con su bagaje de palabras mal pronunciadas, su pésima dicción que no tiene eses y llega a ser incomprensible. Astor es rotundo por los muchos trabajos de TV que ha realizado, pero carece de elegancia y finura para crear la ilusión del teatro; es siempre Astor en persona, nunca el perfil del actor hollywoodense que la señora Keer imaginara. Enrique Rambal, que dirigió a cámara lenta, que le dio la espalda a la atmosfera de la comedia, que no hizo verosímil a ninguno de sus actores, que careció de ritmo y fue incapaz de acortar tres interminables actos que piden a gritos una podada eficaz e inteligente, Rambal como actor traiciona sus muchos recursos dramáticos, sus sapiencia de la profesión, para adoptar la fácil postura del bobalicón, del pobre señor común y corriente que además de no entender el humor de nadie pasa por circunstancias que ni en comedia son válidas.

En el desbarajuste del asunto dos actores más juegan mínimos papeles de comparsas: Adriana Roel, extrañamente débil de actuación –como demasiado consiente de sus extremidades inferiores y superiores–, y Miguel Suárez, que es incomparable en su generosa actitud profesional de ayudar y no hacer sombra jamás en escena.

Muy atinada la escenografía de David Antón. Solución fresca, ambientada y funcional, es quizá el único acierto de Mary, Mary, que aquí en México no justifica su éxito en Broadway a menos que se vuelva al principio del problema: que la humorada representativa de los Estados Unidos tiene que estar allí para ser efectiva, en una callecita del Village neoyorkino o en un teatro de Boston, Massachusetts.