FICHA TÉCNICA



Título obra El presidente mañozo

Autoría Alfonso Anaya B.

Dirección Julián Duprez

Elenco Carlos Riquelme, Sergio Klainer, Mario Albert Rodríguez, Mónica Serna, Mari Carmen Vela, Ricardo Pardavé, León Barroso, Carlos Durán, Francisco Pharrez, Tina Romero, Pila Viudes, Laila Buentello

Escenografía David Antón

Referencia María Luisa Mendoza, “El presidente mañozo”, en El Gallo Ilustrado, no 81, supl. de El Día, 12 enero 1964, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

El presidente mañozo [sic]

María Luisa Mendoza

Terminó el año teatral con un inusitado estreno de última hora a cargo de A. Anaya B., un escritor mexicano que se ha significado por su cultivo de la risa en cualquier tono, y que ahora presenta –como si la escena escrita por autores de casa dijera sus postreras palabras– una sátira totalmente desigual en valores, con débil estructura dramática y con un segundo chispeante acto. Desafortunadamente no se pudo, con el estreno mencionado, mover las calificaciones primeras para las mejores obras del año, ya que esta diversión, este juguete cómico si lo fuera, titulado El presidente mañozo (así, con esta absurda z) ni mucho menos merecería figurar en la cabecera de las producciones.

No obstante su continua caída en terrenos vulgares y por demás desacreditados –chistes obvios, algunos viejos, mecánica para hacer reír demasiado evidente, caricatura exagerada y lo que usted guste y mande– la sátira viene a refrescar un tanto la tendencia a la seriedad o a la comedia absoluta que había tomado el teatro nacional.

Porque Anaya, con esa facilidad tan desaprovechada por él para dialogar ágilmente, se aposenta en el margen de la realidad e incursiona en los perfiles más comunes de los tiranuelos iberoamericanos; tela de donde cortar, inacabable parcela para sembrar las más disímbolas e inesperadas plantas –como si en la sátira se valiera cualquier cosa: guerra o paz–, que ya por cierto estaba muy abandonada, a excepción de las insistencias agudas y certeras de Emilio Carballido para no abandonar ese derecho propio del dramaturgo a la burla y a la crítica social por medio de la sabrosura de una carcajada o el pellizco de la ironía y el doble sentido. Así, pues, Anaya, toma en su manos la política y la desmenuza muy primariamente sí, pero con simpatía y desparpajo, haciendo desfilar ante el público a monigotes agrandados que bien pueden reflejar un tanto a todos los comerciantes del poder y a los contrabandistas de palabras como patria, paz, progreso, sacrificio o presidencia, trono, etc.

En El presidente mañozo el autor finca un primer acto desabrido y de planteamiento que hace juego con el último bastante modesto en virtudes o aciertos. Pero se descose el saco en el medio tiempo y trae a la escena a personajes cómicos en grado superlativo, como son ministros, embajadores de Estados Unidos y de Rusia, cortesanos o secretarios, todos en el exilio o en el cumplimiento de sus obligaciones diplomáticas. Los hace hablar, les aprisiona en la tesis chusca de la negación absoluta dé la seriedad y consigue divertir sin ningún compromiso.

En los años pasados florecía en México el teatro de revista en el qué los sketchs del Panzón Soto, por citar al más famoso, hacían una buena mella en sistemas políticos, en leyes o movidas que al cómico, representante del pueblo, le parecían motivo de chunga. Anaya prosigue en cierta manera aquella saludable costumbre, ampliando su cometido al visualizar más allá de las fronteras de su patria y hacer transcurrir su satirización [sic] en un supuesto lugar de la Rivera Francesa, sede del destierro de un ex presidente depuesto de la “Republica de Pamanagua”. Da su mensaje de independencia, se solaza con situaciones por demás excesivas y deja pasar una vez más la oportunidad de redondear una comedia, farsa o sátira. Es decir, que Anaya sigue siendo ahora el autor de Despedida de soltera, nada más, sin ningún laurel añadido.

Carlos Riquelme dio, la noche del estreno, el deplorable espectáculo de un actor que no se sabe el papel y lucha en balbuceos inseguros y molestos con parlamentos que se aprendió en partes. En cambio, el joven actor argentino Sergio Klainer, en el papel del “embajador norteamericano”, se lleva palmas por su comicidad y su atingencia. Asimismo, el "embajador de Rusia", Mario Albert Rodríguez, consigue con ser de los más sobresalientes en eficacia risible.

Contribuyen al pasatiempo, dirigidos por Julián Duprez con desparpajo: Mónica Serna principalmente, Mari Carmen Vela, Ricardo Pardavé, León Barroso, Carlos Durán, Francisco Pharrez, Tina Romero, Pila Viudes y Laila Buentello en traje de baño. David Antón es el escenógrafo.