FICHA TÉCNICA



Referencia María Luisa Mendoza, “Los mejores actores de 1963”, en El Gallo Ilustrado, no 80, supl. de El Día, 5 enero 1964, p. 4.




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Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Los mejores actores de 1963

María Luisa Mendoza

Entre las actrices que en el tráfago del año pasado levantaron la voz como las mejores y dejaron feliz memoria de sí, está Ofelia Guilmain en el doloroso perfil de la anciana Hécuba, la desgarradora heroína de Las troyanas de Eurípides. Y está Carmen Montejo, madre lacerada, perfil de Andrórnaca también en Las troyanas. Carmen Montejo alcanza lo inolvidable en la jornada de teatro en 1963 cuando vive el contradictorio papel, más tarde, de la protagonista de ¿Quién le teme a Virginia Woolf? de Edward Albee. A esta mancuerna que honraría cualquier foro del mundo al llevar sus talentos de grandes intérpretes, debe añadirse el nombre de Judy Ponte, quien pudo llevar adelante, contra el viento y la marea de un personaje mudo, la sensibilidad y la frustración de Catherine, la niña mártir que Bertolt Brecht dibujara amorosamente en su crónica de la guerra de 30 años: Madre Valor.

Como un contrapunto de valores surge en la memoria el terceto de varones sobresalientes, cada uno en su momento, encabezado por Ignacio López Tarso como el santo Sir Tomás Moro de Un hombre contra el tiempo, que tradujera Salvador Novo al español, de la obra original de Robert Bolt. Seguido por Eduardo Fajardo, excelente intérprete de Lope de Vega en Fuenteovejuna, y cerrada por Narciso Busquets, el capitán Ahab de Moby Dick, la historia de la ballena blanca que tanto persiguiera Herman Melville en su novela, y que adaptara a la escena Orson Welles.

Pero hay todavía muchas actuaciones buenas de donde escoger para aderezar el recuerdo: la de doña Prudencia Grifell en Los árboles mueren de pie, de Alejandro Casona. La de Guillermo Orea en Tchin Tchin de François Billetdoux, junto con Leonor Llausás. La de Augusto Benedico en el Tiresias de Antígona, también de Brecht. ¿Y por qué no? la de doña María Tereza Montoya en la modesta y mediocre comedia dramática La muerte da un paso atrás, de Ruiz de la Fuente, la de Mario Orea en el Kroll de La Casa Rosmer de Ibsen. La extraordinaria de Manolo Fábregas en El oído privado y el ojo público de Peter Shaffer. Las varias interpretaciones de carácter de Jorge Mateos, un actor que en su humildad es ya muy respetable. La nodriza que muy bien sacó adelante Carmen Montejo en Romeo y Julieta, Los varios aciertos del joven Aarón Hernán, Héctor Ortega y sus trabajos admirables, uno de ellos en Madre Valor. Margarita Galván dejándose ver como una evidente revelación en Doña Rosita la Soltera de García Lorca y La Casa de Bernarda Alba, José Baviera y Carlos Bracho en El guardián de Harold Pinter, Luz María Aguilar en el par de piezas cortas de Shaffer. La de Beatriz Shéridan en la Casandra de Las troyanas.

Y entre los experimentales: Carlos de Pedro (La historia de Vasco, de Shéháde) Marta Zavaleta, Gilberto Pérez Gallardo, Leticia Gómez, Rosa Furman, Xavier Velasco, Humberto Enríquez, Ignacio Sotelo (Divinas palabras de Del Valle Inclán). Roberto Dumont, Enrique Rocha (La cantante calva, de Ionesco), Silvia Caos, Luis Lomelí, Raúl Dantes, Beatriz Shéridan (La Moza de cántaro, de Lope de Vega).

Dos espectáculos fuera de serie llaman la atención: la puesta en escena de Rabinal Achi, bajo la dirección de José Luis González, y Canto al Océano, escenificado en una alberca pública por Alexandro y un numeroso grupo de actores y bailarines.

Visualizando las caudas de los cometas extranjeros que nos visitaron dentro de las compañías francesa, italiana, y alemana, hay que señalar el nombre de una gran actriz: Annie Ducaux, el del actor de las polémicas: nuevo y amanerado, de vanguardia y anticuado, Robert Hirsch. Del incomparable característico Jacques Charon. Una vez más –veces nunca agotadas– a Vittorio Gassman, para quien los calificativos se han gastado.

El año pasado vino la Ópera China: conjunto de bailarines y cantantes de Formosa. Estuvo también aquí el Ballet del Siglo XX de Maurice Béjart que recaudó todo lo que la crítica puede dar ante lo inusitado. Paul Taylor remachó la buena embestida dancística, él y su Ballet norteamericano: sensacional. Ya al final en la cola de ese 1963 que descanse en paz, el Ballet Bolshoi de Moscú envolvió con sus bailarines prodigiosos, su técnica de fábula y leyenda, su grandeza y ternura al mismo tiempo, una jornada más estupenda en realidades y logros.