FICHA TÉCNICA



Título obra Madre Valor

Autoría Bertolt Brecht

Dirección Ignacio Retes

Elenco María Tereza Montoya, Judy Ponte, Héctor Ortega, Aarón Hernán, Jorge Mateos, Alfredo W. Barrón, Francisco Jambrina, Patricia Morán, Alejandro Parodi, José Carlos Ruiz

Escenografía Julio Prieto

Referencia María Luisa Mendoza, “Madre Valor”, en El Gallo Ilustrado, no 73, supl. de El Día, 17 noviembre 1963, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Madre Valor

María Luisa Mendoza

Bertolt Brecht, el gran renovador, está considerado como uno de los tres más grandes escritores en lengua alemana junto con Thomas Mann y Hermann Hesse. Significa en mucho la cúspide arribada después de nombres de dramaturgos germanos tales como Hasenclever, Toller, Bruckner, Reinhard Goering, y más atrás: Kaiser, Sternheim o Stucken. Nació en Augsburgo, en 1898, y murió en 1956. El inefable bávaro emigró de Alemania en 1933 a causa de su tenaz y feroz oposición al nazismo, para vivir en Dinamarca, Rusia, Suecia, Finlandia, Estados Unidos y Suiza, para volver al fin en el 49 a su patria, estableciéndose en Berlín, República Democrática Alemana.

Creador de una nueva técnica de actuación, fue también el pivote y alma del famoso Berliner Ensemble que puso aquélla en práctica, primero bajo su dirección, y, después de su muerte, funcionando con el respaldo de su esposa, Helen Weigel. Brecht, uno de los talentos más geniales del siglo, obtuvo el premio Keist a los veinticuatro años. Tiempo después habría de escribir un importantísimo ensayo que viene a colación ahora en México con motivo de la puesta en escena de su crónica de la guerra de los 30 años, drama de la emigración, estrenada en 1941 en Zürich, titulada Madre valor o Madre coraje.

Dice Brecht: "El teatro de hoy es el teatro épico. Su diferencia con el teatro dramático es evidente". Y a continuación enumera la divergencia de ambas formas: Dramática: activa; épica: narrativa. Dramática: envuelve al espectador en una acción escénica, de suerte que la actividad del mismo queda agotada; épica: hace del espectador un observador, pero estimula su actividad general. Dramática: le hace sentir; épica: le hace tomar decisiones. Dramática: las escenas están unas al servicio de las otras; épica: cada escena posee un valor por sí sola. Dramática: cuál debe ser la conducta del hombre; épica: qué es lo que el hombre no puede hacer. Dramática: los impulsos humanos; épica: los motivos humanos... etc., etc."

Desafortunadamente, la dirección de Ignacio Retes para Madre valor no se ciñó en nada absolutamente al riguroso pensamiento brechtiano, que con una lógica contundente se acopla a sus propias obras. Madre valor narra la odisea de una mujer comerciante que sigue a la guerra de 1624 en Alemania. La vivandera vive, come y trabaja para la guerra y en ella pierde a sus tres hijos. Brecht pinta la obstinación de la Madre valor para su tarea a costa de cualquier cosa aunque sea el más inimaginable dolor. Rotundo, acusa la inutilidad del belicismo, pero también pinta con crudas frases secas, cortantes y poéticas a la vez, la figura inclemente del negociante de las conflagraciones simbolizado en la mujer dura e inflexible que es Madre valor. Retes prefirió dirigir a la manera naturalista, huyendo de la disciplina brechtiana y alejándose de un punto de partida que le era ineludible. Esto dio por resultado una curiosa mezcla de técnicas de actuación que echaron a rodar la unidad de la obra en sí, y que sembraron el desconcierto en el público, el cual presenció a un elenco eficaz e identificado con sus parlamentos, en constante contrapunto con la peculiar manera de frasear de la protagonista, la señora María Tereza Montoya.

Para el público mexicano de reciente cuño significaba la integración de doña María Tereza al teatro más alto e intocable, al teatro bretchiano, una ilusión casi inalcanzable. Al verla por fin aparecer en la carreta de Anna Ferling en el papel de Madre valor fue un choque emotivo rotundo y feliz. Desafortunadamente la señora Montoya se empeñó en un obstinado cúmulo de silencios, de pausas imprevistas que dieron al traste con el personaje y fincaron una gráfica de altas y bajas en relación a los demás actores que la acompañaban. Espléndida en figura, la Montoya no quiso entender que sus oraciones cortas no podían admitir la división a su voluntad sin la disciplina del texto mismo. Esto contribuyó de manera definitiva a una carencia de ritmo durante toda la representación, la cual ya no pedía el sistema de Brecht sino tan sólo una identificación dramática en el elenco.

Enmarcados en la escenografía hermosa y sencilla –hasta cierto punto– del maestro Julio Prieto, sobresalieron actores como Judy Ponte que asombró en su niña muda; Héctor Ortega, espléndido en todo momento. Aarón Hernán sobrio y emotivo. La caracterización de Jorge Mateos, la eficacia profesional de Alfredo W. Barrón, la serenidad de Francisco Jambrina, la gracia picante de Patricia Morán y la colaboración de Alejandro Parodi y José Carlos Ruiz.