FICHA TÉCNICA



Título obra Nota roja

Autoría Wilberto Cantón

Dirección Fernando Wagner

Elenco Carlos López Moctezuma, Héctor Andremar, Antonio de Hud, Mariela Flores, Sara Montes, Enrique Aguilar, Rebeca San Román, Farnesio de Bernal, José Luis Pumar

Escenografía David Antón

Referencia María Luisa Mendoza, “Nota roja”, en El Gallo Ilustrado, no 70, supl. de El Día, 27 octubre 1963, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Nota roja

María Luisa Mendoza

Darle nombre al tiempo es otro de los entretenimientos de este tiempo. Se dice que estamos en el tiempo de la ira, de la traición, de la atómica, de los viajes interplanetarios y de Freud. Tiempo signo del tiempo. Por eso, el que haya escritores de teatro político en este tiempo es la aguja del pajar y los camellos pasando por su agujero.

En el tiempo en que nadie se atreve a decir algo, ni siquiera de las gladiolas, ni siquiera de los magueyes, Wilberto Cantón es de esos contados –cuando mucho una mano de cinco dedos­ dramaturgos que se preocupan por el tiempo de su patria y lo dicen, lo escriben, lo gritan e incitan, además, a que otros digan la verdad siempre, su verdad, sin agachar la cerviz, sin dejarse moler bajo los machetes, bajo los látigos, bajo las espadas, bajo los revólveres que han mantenido al pueblo de rodillas construyendo pirámides, catedrales, edificios públicos o propiedades extranjeras. "Siempre han habido fuertes, los fuertes que nos dominan siglo tras siglo", exclama el periodista probo, joven, osado, incomparable, que Wilberto Cantón dibuja en su reportaje escénico titulado Nota roja "Pero los débiles tenemos armas mortíferas que ni sospechan los fuertes", responde la protagonista de la obra.

Nota roja es en verdad un reportaje, con todas sus características, contado como un ejemplo, como un hecho real que se ha repetido al través de la historia de muchos países y muchos periodistas. Sus dos actos penden de un relator que plantea, expone el asunto, une las escenas, los cuadros, y vive el papel dentro del drama mismo. Es en vivo, en la voz, en la actuación, la primera persona que vacía en las cuartillas, en una redacción, las secuencias muchas veces inverosímiles de asombrosas canalladas que conforman ciertas esferas políticas desafortunadamente tan clásicas en Latinoamérica.

El tema posee agarraderas sólidas y atractivas que incitan al espectador a subir a ellas hasta lo más alto, o bajar a lo más oscuro. Wilberto Cantón se lo permite con una cierta precaución: porque ni lo deja llegar a los últimos grados de buena observación, de feliz divisar la lejanía; como tampoco lo hace viajar a las profundidades tejidas de raíces. Cantón pone sobre la mesa un reportaje sensacional, como los de los periódicos ­–insisto–­ que apenas roza la superficie del mismo.

No obstante esta característica tan periodística, la obra posee gran actualidad, se identifica con los tiempos que corren, y denuncia entre otras muchas anomalías, y como contraste, la cercanía de un joven dramaturgo al movimiento político de su país, el deseo tenaz de mejorarlo y la habilidad para internacionalizar la historia haciéndola valedera para el mundo entero, aunque no sea posible perder su marcada presencia iberoamericana, su definido perfil indoamericano: con la idiosincrasia de los personajes, sus colores sicológicos, sus reacciones que bajan en igual escala desde el Río Bravo hasta la colita de Argentina, como el sabor lógico y sólo aquí encontrable de la mezcla de sangres distintas y el dominio de las primeras razas sobre ellas.

Fernando Wagner no consigue un triunfo total como director porque descuidó el importantísimo personaje del gobernador encarnado por Carlos López Moctezuma, el cual debe hablar como el autor señala: lleno de lugares comunes y demagogias baratas siempre y cuando finque un contraste con los demás, cosa que ocurre pocas veces y se debe a varias actuaciones endebles que Wagner, con su experiencia, debería haber apretado de tuercas y engranajes. No es ése el caso de Moctezuma, un señor actor que por otro lado tuvo que cargar con el personaje más falso también a pesar de su importancia.

Héctor Andremar, como relator, sobresale ­–sus nervios de la noche del estreno no alcanzaron en su insistente asedio a minar la buena actuación­. Antonio de Hud está exacto en su papel y lo saca adelante con brillo, natural. No así Mariela Flores, la cual a veces convence pero otras plantea dudas sin fin en el teatrófilo, que se distrae con su juventud ya que no se entrega a su esperada gran actuación. También Sara Montes peca de frialdad, vocaliza mal y se ocupa poco de darle verosimilitud a su personaje. En la exageración se colocó Enrique Aguilar y Rebeca San Román. En la completa identificación consigo mismos y sus papeles: Farnesio de Bernal y José Luis Pumar.

David Antón usó un telón de fondo con gran fotomural de noticias periodísticas, el cual cumple en las escenas de la delegación, y perturba cuando está visible en las casas de los hechos.