FICHA TÉCNICA



Título obra La moza de cántaro

Autoría Lope de Vega

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Silvia Gaos, Beatriz Sheridan, Raúl Dantés, Luis Lomelí

Música Raúl Cossío

Vestuario Juan Soriano

Espacios teatrales Casa del Lago

Referencia María Luisa Mendoza, “Teatro de Laboratorio”, en El Gallo Ilustrado, no 68, supl. de El Día, 13 octubre 1963, p. 4.




Título obra Rabinal Achí

Notas de autoría Francisco Monterde / traducción; José Luis González / adaptación

Dirección José Luis González

Elenco Hugo Larrañaga, José Antonio Raeza

Referencia María Luisa Mendoza, “Teatro de Laboratorio”, en El Gallo Ilustrado, no 68, supl. de El Día, 13 octubre 1963, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Teatro de Laboratorio

María Luisa Mendoza

Algunas personas dividen el teatro en "comercial" y "experimental"; con ello pretenden fincar muchas diferencias características de ambos bandos respectivamente. Por ejemplo: el primero cuesta doce pesos y por lo general hace reír. Se da el caso también que bajo tal arranque florezcan espectáculos que por el mismo precio ilustran y hasta hacen llorar, sobrepasan la acción de digerir cómodamente y dan a conocer grandes obras del arte dramático, como es el caso del Seguro Social y su desarrollo escénico, o el de Bellas Artes en ocasiones. En el segundo membrete, el "experimental", se agrupa a los conjuntos de aficionados que suben a escena con tal o cual obra y que admiten la entrada por la mitad del precio, señalado o gratuitamente.

Cabe añadir a tales peculiaridades últimas la calidad de verdadero experimento, o sea aquella postura que busca una verdadera diferenciación del lugar común ya sea en dirección, escenografía o actuación, pasando por la obra en sí y dando con el hallazgo que singularice la labor y finque perfiles que se alejen de la frase hecha, por decirlo así. Este sería el teatro de "laboratorio" y es el más interesante, el más valedero y el más ingrato también por su heroicidad, no sólo en vivir una vez, sino en seguir existiendo.

El teatro de laboratorio está en manos de estudiantes o de estudiosos. En esta ocasión, dando frutos en dos foros capitalinos, uno dirigido por José Luis Ibáñez y el otro por José Luis González. Para empezar con Ibáñez, habrá que hablar de La moza de cántaro, comedia de Lope de Vega, que presenta en La Casa del Lago, con música de Raúl Cosío y un vestuario singular y barroco, profundamente significativo y hermoso, original de Juan Soriano. Este pintor ha recreado toda una época introvertida y mística, la del Siglo XVII, constriñéndola a las líneas asombrosas de los vestidos y las máscaras con las que cubrió totalmente a los actores. Soriano consigue plasmar y retener la sicología de los personajes de Lope de Vega, tan preocupados por la salvación del honor, tan presos en la malla de costumbres cortesanas que los agobiaban y los hacían caminar por oscuras veredas de conciencia y magia circunstancial. Es pues su trabajo un ejemplo de meditación y de disección de estilos de vida.

Ibáñez de acuerdo con esta exigencia de Soriano que ordena el lucimiento de la pura voz y la leve exageración plástica, ya que oculta en mucho los rostros de los intérpretes, pudo dar una dirección externa ­en contrapunto con la ropa­ que le merece el mayor aplauso. Para él, Silvia Gaos realizó una interpretación rebosante de ternura, de fresca juventud, de dominio de la dicción. Beatriz Shéridan pudo plasmar en posturas deliciosas el sentido total de una auténtica dama enamorada: fina, sutil, intencionada y señorial. Raúl Dantés presta la valiosa aportación de su experiencia, de su profundo interés dramático, de su soberbia voz incomparable. Rematando tanto lucerío el joven actor Luis Lomelí, riguroso en la expresividad y la vocalización. Una docena más de apariciones veladas cierran la esplendidez de este espectáculo lopeveguiano.

Por su lado, José Luis González tuvo a bien dirigir ­y muy bien, con mucha osadía, imaginación y buen gusto– la obra clásica prehispánica del Siglo XII Rabinal Achí, joya de la literatura maya. La traducción del maestro Francisco Monterde le sirvió a él y a otros jóvenes colaboradores de base para atraer a un tiempo cercano de teatro con coros el Rabinal, adaptándolo en tal estructura felizmente y consiguiendo subrayar la belleza luminosa de la palabra maya repetitiva, insistente, elegante, ceremoniosa, mística y guerrera. Rablnal Achí cuenta y recuenta, señala y remacha la grandeza de un trato humano cargado de gentileza, y no obstante la valentía y la agresividad, no por lo mismo endurecido o grosero. Obra de vivos musicales en donde un tema vuelve de inmediato en voz distinta y con solución diferente. En su sentido exhaustivo de la relación no fatiga y en mucho esto se debe a la adaptación de González. Los actos se deslizan teatralmente en el tiempo exacto y dan la idea precisa de lo que el documento, publicado por vez primera hace cien años en París, es en su histórico contenido.

Hugo Larrañaga es Queche Achí, y José Antonio Raeza, Rabinal Achí, los dos guerreros de fiereza inaudita. Un par de buenos actores que revelan ya estudios avanzados del arte dramático.

Veintisiete alumnos de la Escuela de Arte Teatral del INBA secundan el empeño del protagonista y el antagonista, en honor del ilustre maestro Francisco Monterde y como broche de oro en la última reciente temporada estudiantil de teatro. Para ellos el aplauso cerrado: al director, al coreógrafo, al escenógrafo y al músico.