FICHA TÉCNICA



Título obra Una vez al año

Autoría Rafael Solana

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Marilú Elízaga, Tito Junco, Raúl Farrel, Miguel Suárez, Rafael del Río, Graciela Doring, Marina Marín, Rosa María Vásquez, Blanca Fauce

Escenografía Antonio López Mancera

Referencia María Luisa Mendoza, “Una vez al año”, en El Gallo Ilustrado, no 67, supl. de El Día, 6 octubre 1963, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Una vez al año

María Luisa Mendoza

Para Rafael Solana serán las palmas de la comedia este año, porque se ha lucido escribiendo una deliciosa, de tres actos espumosos como un brindis de champaña. Para él serán los aplausos sonrientes de un público que va a contemplar una pequeña exageración muy bien contada de lo que se sufre Una vez al año en la cenita de navidad obligada, tradicional, insoportable, grotesca y sin embargo insustituible, irremplazable. Solana quiso ahora sustentar una tesis de amabilidad, fraguar simplemente un exquisito divertimento en el que abundara la ironía, estuvieran ausentes los chistes de cancioneros y almanaques y se concretara el público y los actores a jugar a los encantados, pasando por muchas situaciones volátiles, intangibles, apenas asibles en benévolas posturas de buen humor, para desembocar todos, como si nada, con la facilidad del buen excursionista, en la franca carcajada conveniente y bien educada que rehuye el cacareo soez y que queda prendida –equilibrista milagrosa– en eso que se llama en el Carreño buen gusto.

El primer acto de esta comedia ejemplar –que no denuncia ningún problema social, que no se lamenta del estado interior de las almas, que tampoco planta ningún conflicto religioso y ni siquiera es romántica– es tal vez el mejor: una entrada aromática y ligera de la comida que se prepara y se anuncia como un menú de bocadillos no indigestos pero sustanciosos (como los chinos, por ejemplo). Las situaciones, ya se dijo, se suceden rítmicas, atrayendo a la escena a los nueve intérpretes de un verdadero malabarismo de diálogos y dirección, para retirarlos y dejar hombres solos, o mujeres combatientes.

Sin otra cosa que la habilidad y la bonhomía de Rafael Solana, éste regala al teatro mexicano una obra encantadora que no tiene la importancia sólida del Debiera haber obispas, por ejemplo, pero que será obligada en el género precisamente por su intrascendencia en donde hay momentos tragicómicos que la hacen agridulce y singular.

Claro que la dirección de Manolo Fábregas es de primera, coordinada, exacta, rigurosa para reír y veloz sin atropellos. A Fábregas le tiene reservado un éxito Otra vez al año esta comedia solanesca, solanuda, solanienta. Marilú Elízaga recupera sus joyas perdidas en el retiro que se tomó del teatro; vuelve a ocupar su sala de recibir, a llevar sus trajes solemnes, a ser la feliz intérprete de una dama que se repite en la escena porque es, además, una valiosa actriz. Tito Junco asombra con su espontaneidad y su simpatía. Raúl Farrel ratifica esa natural predisposición suya para la eterna juventud y el bordado sin falla de sus personajes. Miguel Suárez espléndido. Rafael del Río ya en codeo total con la identificación plena en el teatro: muy bien. En cambio, las señorita del elenco no consiguen, a excepción de Graciela Doring, los mejores elogios (la misma Graciela está en momentos trascendente e incrédula de su papel). Marina Marín mete en demasía el cuchillo irónico en el pastel que le tocó, y además lo grita sin necesidad; pero cuando aparece Rosa María Vásquez su pecado es menor porque esta guapa muchacha se excede en el vocerío así como Blanca Fauce deja salir una nerviosidad poderosa que la hacen distraer la atención del respetable y la vuelve un manojo de movimientos rápidos y mecánicos; a ella también le falla la voz que es rápida y sin educación.

Pero no por esto Manolo Fábregas se lleva una reprimenda o una crítica, en verdad son faltas que solo el tiempo– la experiencia, la madurez, las tablas– podrá remediar y no él. También a Antonio López Mancera le tocó aguinaldo en esta navidad dramatizada –acomediada, ¿podría decir?–, ya que la escenografía es de una sobriedad y un lujo ficticio que se llevara elogios recalcitrantes y “reclama loas” como diría el cubano.

Así, pues, igual que usted corre a comprar un pollo asado cuando en Nochebuena le llegan a cenar invitados, corra a ver Una vez al año, que lo hará reír y llorar al contemplar en el foro verdades de a kilo muy bien vestidas, pronunciadas, peinadas y a veces vociferadas.

La obra puede ser el brillo de la esfera, el olor del pino, el triquitraque de la colación o el zumbido del papel de china pegado a la piñata cumplidora. Todo esto y más que no se toca, pero que se conoce desde la infancia.