FICHA TÉCNICA



Título obra La casa Rosmer

Autoría Henrik Ibsen

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Emma Teresa Armendáriz, Mario Orea, Augusto Benedico, Nicolás Rodríguez, Ángel Casarín, María Rubio

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Club

Referencia María Luisa Mendoza, “La casa Rosmer”, en El Gallo Ilustrado, no 65, supl. de El Día, 22 septiembre 1963, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

La casa Rosmer

María Luisa Mendoza

Henrik Ibsen escribió Rosmersholm o La casa Rosmer, en Italia, cuando todavía el gran inmenso dramaturgo estaba deslumbrado por el sol, lo verde y lo azul de un país que ni someramente le recordaba el suyo. Henrik venía de Noruega, un lugar obscuro, gris –sus cielos son siempre techos de lámina– introvertido y de conversaciones bajas. Llegaba a Italia, en donde crecen los limoneros, del país de los Fiordos, de las “envidias de campanero” y de una atmósfera terrible en la que se le señalaba con el dedo, sin consagrarlo todavía.

Acababa de dar a conocer El pato salvaje, un drama pesimista que iba muy de acuerdo con su estado de ánimo, y se encontraba a punto de ofrecer a la inmortalidad nada menos que Hedda Gabler, obra maestra junto con La casa de muñecas o Espectros.

Ibsen, pues, de pie en el momento más alto de su creación, entró a batallar en un campo filosófico y apretado en donde plantó a sus personajes bienamados, a los que son él mismo y que repitió con distintos nombres: a Juan Rosmer que es también el doctor Stockmann de Un enemigo del pueblo y a Rebeca West, que viene con su femineidad, su liberación, su señorío desprendiéndose de la Nora de Casa de muñecas.

Aquí precisamente, en La casa Rosmer, se ve la clara trayectoria del noruego en su defensa de la mujer, en su tenacidad para arrancarla de aquel vasallaje a que estaba sometida por la sociedad burguesa de los clásicos años de finales de siglo pasado. Su preciosa Rebeca West abraza una causa política libertaria y se despoja de viejos moldes y prejuicios, sin dejar por eso de seguir ocupando el puesto de la pureza que como mujer buena y limpia le corresponde. Es muy interesante la forma en que Ibsen pone a Rebeca al frente del pensamiento filosófico y político de avanzada, y no obstante la deja en el orgullo de un nacimiento legítimo y la intocabilidad de una soltería virgen.

Esta obra se estrenó en el Teatro Noruego de Bergen en 1887 siguiendo a este principio una larga cadena eslabonada al éxito y a la ovación en toda Europa. Ibsen, era aclamado y su drama considerado revolucionario por críticos y artistas que no admiten duda. Pero su vigencia de conceptos, la fuerza obscura que animan las letras ibsenianas, ese sentido misterioso que él autor pudo dejar en los claustros de los hogares en donde la chimenea era la única fuente de calor, su irresistible atractivo prohibido, sus enfermedades hereditarias que minan saludes y conciencias, todas esas características insustituibles y únicas de Ibsen no alcanzan a mantener todavía en la invulnerabilidad del tiempo el total de su teatro. Esto parecerá una osadía pero es también una confrontación de que la estructura clásica dramática, los largos, inmensos, repetidos diálogos, son contemplados por el público contemporáneo con el respeto mayor, pero sintiendo un agobio que no merecerían y tampoco existía cuando las piezas de Ibsen recorrían los escenarios del siglo de las luces.

Aunque con timidez y sonrojo, no coincidimos con Bernard Shaw, que expresó que La casa Rosmer era la más cautivadora de todas las obras ibsenianas; pero la realidad es ésta: el drama originalmente de cuatro actos no alcanza la fuerza de otros dramas y empieza a dar muestras de apolillamiento, a menos que se le aligere.

Vale la pena –como quiera que sea– asistir a su representación, tan sólo por ver y constatar esa actividad admirable del Teatro Club que no decae en el empeño de la grandeza. Por contemplar y gozar la actuación espléndida de Emma Teresa Armendáriz, que aúna a su belleza el poder del dominio dramático. Con ella, Mario Orea vive un papel sobrio y sólido, seguro y que borda materialmente en disciplinas. No así Augusto Benedico que fue víctima la noche de estreno de una malhadada afonía que lo precipitó en la contención demasiado inaudible y gesticulante de un personaje solitario y sufriente. Benedico lo exageró –tal vez angustiado al darse cuenta de su voz opaca esta ocasión– y lo hizo falso, acartonado y muy cercano a aquel estilo de actuación que el propio Ibsen habría aplaudido extasiado porque corresponde a su tiempo.

Recordando al autor, Nicolás Rodríguez caracteriza al rebelde Ulrico, y es su vestido, su cabeza cana, todo un homenaje al retrato del noruego. Empieza bien Rodríguez, sigue bien y así acaba, pero en unos extraños paréntesis se nota un desconectamiento de la verdad, como que su experiencia estuviera paralizada y de ello se diera cuenta ofreciendo con esto la incredulidad al público. Julio Prieto proyecta una preciosa escenografía que se asoma a la autenticidad de la casa antigua y señorial de una ciudad costera de Noruega. Rafael López Mirniau ratifica su profesionalismo con las actuaciones mejores, y deja escapar a Benedico y a Rodríguez inexplicablemente. Sobresale Ángel Casarín y bien María Rubio.