FICHA TÉCNICA



Título obra El ojo público

Autoría Peter Shaffer

Notas de autoría Manolo Fábregas / traducción

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Manolo Fábregas, José Gálvez, Luz María Aguilar

Escenografía David Antón

Referencia María Luisa Mendoza, “El oído privado y El ojo público”, en El Gallo Ilustrado, no 62, supl. de El Día, 1 septiembre 1963, p. 4.




Título obra El oído privado

Autoría Peter Shaffer

Notas de autoría Manolo Fábregas / traducción

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Manolo Fábregas, José Gálvez, Luz María Aguilar

Escenografía David Antón

Referencia María Luisa Mendoza, “El oído privado y El ojo público”, en El Gallo Ilustrado, no 62, supl. de El Día, 1 septiembre 1963, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

El oído privado y El ojo público

María Luisa Mendoza

Ya tenía su buen tiempo de retiro Manolo Fábregas, dedicado a viajar por América. Tantito la Latinoamericana en donde fue ovacionado desde Guatemala hasta la punta de Argentina; tantito en Nueva York de Norteamérica que abrió campo en los aplausos de Broadway para que un actor mexicano recibiera los mejores de ellos allí en el empolvado teatro City Center que es clásico de Manhattan y en los intermedios abre sus puertas hasta la calle y algún enamorado puede colarse sin pagar para ver a Fábregas en El rey y yo.

Manolo retornó actuando, dirigiendo y traduciendo, para que no digan que le empieza a dar la espalda al amor de toda su vida, a esa pasión heredada de la abuela y que es la carrera dramática. Con dos obras cortas, de un acto, que Peter Shaffer escribió como una variación humana en distinto tono, que poco tienen qué ver entre sí y no obstante son como hermanas gemelas poco parecidas pero bien identificables la una con la otra Peter Shaffer, el autor de Variaciones para cinco dedos, el último de los nombres de éxito en la Gran Bretaña y que finca en la primera de las comedias –El oído privado–, la historia de un hombre introvertido, sensible y culto de frente con la realidad común, la estulticia y los oídos privados de grandeza, de poderío, de percepción del arte. Y en la segunda relata sin prisa la manera en que otro hombre bueno rescata del desamor a una pareja entibiada por el acecho de los prejuicios y en camino de la demolición por la costumbre. Es pues el juego de dos reyes humanos, el tímido y generoso. Este último, un detective que es y posee El ojo público, papel en el que Manolo Fábregas logra imprimir todo su acervo de característico, su categoría de primer actor ya probado en El baile por ejemplo –un anciano– o en Mi bella dama, un profesor mundano a lo Shaw pero en comedia musical.

Y si bien es cierto que ya había capturado el total vasallaje del público la noche del estreno viviendo un titubeante soltero melómano e inhibido, con su detective Julián Cristoforou alcanzó ya la entrega y el rendimiento acusado en larga ovación final, en la que estaba el reconocimiento por su triunfo en el extranjero, el agradecimiento por su lealtad a una vocación heroica, el saludo a la dignidad con la que se ha revestido en cuanta obra teatral ha dado, y, por fin, el apoyo a dos interpretaciones antológicas en su carrera,

Interpretaciones que sobrepasan y en mucho a ambas comedias del inglés Shaffer, que pretenden lucir una sencillez casi poética en interminables parlamentos y diálogos exhaustivos, consiguiendo el intento muy poco y agobiando francamente en repeticiones que Peter, engolosinado con el tema, remachó y volvió a traer a colación sin siquiera regalar con ello, con su exuberancia efectiva, un hallazgo literario que compensara su temperamentalidad desbordada. Peter Shaffer habrá gustado mucho en Londres, es evidente, pero aquí llega a encarcelar buenas escenas en largos que el público mexicano rechaza por costumbre. Si Fábregas mete tijeras gentiles a su traducción, por otro lado muy buena y correcta; si acorta, pues, la calidad y sirve platos severos en lugar de ollas derramantes, es seguro que todo marchará al mismo ritmo de perfección que la manera interpretativa del director-actor.

Junto a él luce una madurez confortante y una simpatía insustituible, José Gálvez, quien causa extraña impresión al oírlo decir frases comunes cuando el espectador espera –por su última y anterior trayectoria escénica– de su boca la trascendencia y la perfección griega. Gálvez sobresale, respalda a su compañero Fábregas, imprime un profesionalismo y una agilidad que lo honran, a la representación, y ratifica lo que no hace falta: que es un gran actor contemporáneo.

Luz María Aguilar sale a echar a andar un papel que tiene la dificultad de ser ceceado para pintar más verídicamente el inocente cretinismo que agobia a su personaje. Luz María lo consigue y con creces, hace creer perfectamente una reconocible estupidez; pero remacha su trabajo cuando en la comedia final encarna a la joven abandonada, romántica, pura e inteligente esposa del contador que trabaja muy serio bajo su bombín en el Wall Street londinense.

Espléndida escenografía de David Antón, funcional y exacta para las atmósferas requeridas. Buena dirección. Impecables actuaciones, y un volver de Manolo Fábregas que el público esperaba.