FICHA TÉCNICA



Título obra El señor perro

Autoría Margarita Urueta

Dirección Margarita Urueta

Elenco Erika Carsson, Magda Donato, Vicky Aguirre, Carlos Ancira, Juan Sara

Espacios teatrales Teatro Jesús Urueta

Referencia María Luisa Mendoza, “El señor perro”, en El Gallo Ilustrado, no 60, supl. de El Día, 18 agosto 1963, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

El señor perro

María Luisa Mendoza

Una comedia de terror con ritmo de película de la casa Pathé. Con diálogo de Margarita Urueta que quiere burlarse, señalando defectos, de los lugares comunes de la novela de misterio, de las secuencias románticas en historia de amor, de los folletines televisados y de un género, en fin, de teatro que ya se murió y sólo puede resucitar usando la maligna saña del caricaturista.

Margarita da el remojo del Teatro Jesús Urueta con una obra suya El señor perro, que es farsa y que está herida toda con collages de géneros distintos, grotescos y risibles. Obra en tres actos para reír, exclusivamente, y en la que está presente como un rey ¡al fin!, un perro. Un perrototote. El único testigo de un crimen. Cuadrúpedo que se estira como gimnasta, mueve la cola, gime, se rasca, se echa en el suelo, besa, canta, muerde y hasta puede suicidarse en un momento dado de peligro.

Y Margarita vuelve a desconcertar a los que tienen su casita interior en muy buen estado todavía encalada, severa, inaccesible al deshonor y floreciente. Porque usando su estilo diario para expresarse –esa absurda mescolanza de surrealismo, inverosimilitud y sentido del humor mexicano– ha escrito algo sin aparentes pies ni cabeza y que no encaja, tampoco, en la clasificación de antiteatro, teatro del disloque, etc. Porque es un modo personal sembrado de ironías propias del suelo de México; incomprensibles para críticos antillanos, con su trasfondo de crítica en cada frase común, en cada giro romántico –que dirían algunos– reproduciendo hasta lo infinito en las comedias de radio, en las novelillas por entregas y en los dramones de fines de siglo.

Se trata de descubrir un crimen y la autora se complace en obsequiar un delicioso primer acto en donde lo onírico salta la cuerda y personajes de ultratumba juegan a desconcertar un poquito al estilo en que Ionesco lo haría en francés, o Adamov en esferas más amplias. Dos seres irreales y un animalito peludo a quien le dicen Monsieur le chien, hablan y conviven con una encantadora criatura de carne y hueso. Margarita, repito, alfileretea sus escenas con tintes muy mexicanos, por aquí un modismo al hablar, por allá una calavera de azúcar, luego la rosa de papel con su inseparable paloma de huevo. Más tarde dos personajes principales adoptan el modo de vociferar de los machos del cine charro, y así con salsita picante y chilito verde, el platillo está aderezado, sabroso y chupeteador.

Claro que no es el asunto ligado, hilado, realista y normal del teatro de la palabra conservadora. Es por el contrario la ensaladilla de todo un poco, pero con mucha gracia y personalidad. La autora consigue mantener la atención y sólo se le escapa por momentos en los dos últimos actos debido en mucho a la largura de algunas parrafadas repetidas y no aclaradas y que aunque están dentro del lineamiento del absurdo, se caen no obstante por endebles. También ayuda a detener mucho el cometido la inexperiencia de Erika Carsson, la protagonista hermosísima, todavía verde limón en la carrera de actriz. Erika, bonita como ella sola, grita mucho y a veces no se le oye.

Desafortunadamente todo lo malo ocurre la noche del estreno. Sobre todo si se pone pieza vanguardista o rebeldía escenificada. El señor perro no podía ser la excepción, y en la inauguración teatreril la cinta grabada falló impidiendo oír bien la voz de la conciencia y los fondos musicales tan importantes en la comedia como los diálogos mismos. Aquí la música es un todo con la acción: recuerda a la comedia musical, concuerda con las direcciones de avanzada europea, se casa con el meollo del asunto y, si no se escucha bien da la impresión de que el protagonista está ronco. Pero a pesar de este escollo formidable, Magda Donato ayuda con su orgulloso profesionalismo, su señorío, su gran juventud a dibujar una esposa de licenciado Diamante Fabulosa. A su lado brilla la inolvidable, inusitada, iridiscente, dulce y asombrosa figurita de Vicky Aguirre, una niña-actriz que va a revolucionar muchos [hay una línea ilegible en el original impreso. N del E.] en un empeño heróico el nombre de oro puro de Carlos Ancira, aquí en villano de cine mudo, polifacético en la negrura de su creación digna de un Boris Karloff. Y adelantadísimo, ya arañando la madurez, inteligente y espontaneo en la actuación: Juan de Saro. El perro es Eduardo Borja. Todos bajo la mano culta, renovadora, fuerte, incomparable, invencible, abierta a la inquietud, cerrada para la tenacidad, de Alexandro Jodorowsky, forjando con su trabajo una verdadera labor de orfebrería. Felguérez y Lilia Carrillo merecen una de las mayores ovaciones por la escenografía y el vestuario: exactos, atinados, perfectos.