FICHA TÉCNICA



Título obra Debiera haber obispas

Autoría Rafael Solana

Dirección Hanns Anselm Perten

Elenco Fernando Mendoza, Gloria Marín, Alicia Montoya, Luis Aragón, Carlos Monden, María Elena Orendáin, Alejandro Anderson

Espacios teatrales Teatro Manolo Fábregas

Referencia María Luisa Mendoza, “Una vez más Debiera haber obispas”, en El Gallo Ilustrado, no 52, supl. de El Día, 23 junio 1963, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Una vez más Debiera haber obispas

María Luisa Mendoza

La nueva puesta en escena de la mejor obra de Rafael Solana y una de las capitales de la dramaturgia nacional tiene como virtud principalísima la creación de las tempestades, el despertamiento de las locas de la casa, la presencia de un alud de buenas venturas y profecías para el teatro mexicano que ya parecía hijo de gendarme de tan pobrecito y vulgarzón.

Y todo se debe precisamente a esa puesta en escena realizada por un alemán: Hanns Anselm Perten, quien se permitió tomar la comedia en sus manos y volverla a amasar como quien juega con un pedazo de barro para hacer otra figura de hombre. Casi, dirán algunos, dio otras Obispas a las que les faltó todavía más al respeto, más del que les escamoteó el propio brillante autor. Pero Hanns no se anduvo con miramientos ni tiene ningún miedo tan clásico de los iberoamericanos que todo el día están pensando en el qué dirán no como obispos y sí como párrocos de pueblo. Agarró –precioso verbo usado por los desposeídos para indicar luego otro verbo en segunda persona– la comedia y la dirigió como si fuera farsa, le quitó lo realista para empujarla familiarmente al cuarto de la magia y el simbolismo.

Abrió el tragaluz inusitado y sorpresivo, para que se vaciara la nueva palabra, la frescura, la desfachatez. Y como buen extranjero pudo sacarle un juego increíble a nuestra música para darla de fondo como un revoltijo delicioso que hacía bailar a los actores y zapatear a los tramoyistas, los cuales disfrazados de segundas partes o viceversa, cambiaban en escena y a medio obscuro muebles y utilería en general, dando el sabroso y reconfortante espectáculo de teatro en equipo, teatro, otra vez ¡y en el Fábregas!, contemporáneo. Hanns metió las cabezas de los intérpretes en cartón y las espolvoreó con platitas, hizo unas especies de pelucas griegas en distintos tonos del morado tan obispal y excitante, para distinguir así a los pobres de espíritu, a los comprometidos por la confesión antes de la muerte de un director espiritual, a los que sí debían y si temían.

Ya esta división fincó la entrada a la originalidad, y no se puede hablar del asunto como el descubrimiento del nuevo mundo ni cosa por el estilo, sí habrá qué regocijar el alma por la posibilidad de la inciación de renovaciones en el seno del teatro mexicano más clásico y adusto. Aquí todo es tratado trascendentemente, si se hace un chiste tiene que ser histórico, si se escribe teatro debe de revestir todos los fundamentos de la buena educación dramática empezando por los griegos. Quien se atreve a dar un paso diferente un poco voluntarioso recibe la repulsa de los ancianos, tiene que tragar una andanada de fichas de espectáculos similares, la mayoría de ellos montados hace treinta años en Barcelona, y cosas por el estilo. Y si quien afrenta es joven, ni siquiera español sino sudamericano, entonces arde Troya y surgen expulsiones del seno de Abraham.

Pero ahora es el osado Rafael Solana, dramaturgo al que se le respeta porque se le respeta. Él precisamente da la lección. Y enseña aquí, generoso, lo que en Alemania, en Rostock causó un estremecimiento que por poco derriba muros y esas cosas. No se conformó Solana con triunfar allá, sino que apoyó la invitación a Hanns Anselm Perten, quien merece coronas y olivos, y también algunos mejores actores. Porque bajo su férrea y profesional mano sobresale Fernando Mendoza como nuevo, dando otros tonos, otras texturas que en las Obispas nunca se habían saboreado. A su espléndida metamorfosis se une la naturalísima, emotiva, excelente actuación de Gloria Marín, una Matea que no pide nada a sus demás antecesoras porque además de ser distinta en esa humildad que la honra es también creadora de originales vetas en una mina ya muy explotada como es el papel que reborda.

Todavía Alicia Montoya salva su disciplina y severidad hoy de manifiesto en esta difícil incursión en el cuerpo seco de una Enedina que nada tiene que ver con otras Enedinas en años pasados. Y también Luis Aragón sale a flote sin ningún lucero ni mucho menos, junto con Carlos Monden. Pero de allí en adelante los demás se lucieron traicionando la perfección que habría querido Perten. Condiciones tan deplorables como la de María Elena Orendáin quien no tiene perdón de Dios. Como la misma falla en la lengua de un señor llamado Alejandro Anderson quien sufre de parálisis en el habla. A esta pareja se debe en mucho el ritmo inseguro y un tanto lento que prevaleció la noche del estreno, mal que habrá de subsanarse sin duda en dos o tres funciones, pero que pone de manifiesto las muchas nulidades del señor Anderson y de la señora Orendáin.

Rafael Solana podrá estar orgulloso. Y todos estamos encantados de conocer a estas Obispas imaginadas, internacionales, y tan de morado que parecen más bien cardenales.