FICHA TÉCNICA



Título obra Tchin-Tchin

Autoría François Billetdoux

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Leonor Llausás, Guillermo Orea, Humberto Huerta, Pablo Leder, Bernardette Landrú, Stella Brunette, Luis Erazo, Mario Ochoa

Escenografía Manuel Felguérez, Lilia Carrillo, Fernando García Ponce y Allain Lipkes

Referencia María Luisa Mendoza, “Tchin-Tchin”, en El Gallo Ilustrado, no 50, supl. de El Día, 9 junio 1963, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Tchin-Tchin

María Luisa Mendoza

Alexandro Jodorowsky tiene una especial habilidad para dignificar lo que cae en sus manos, dándole características de originalidad y vanguardia. Es el caso ahora con una obra enclaustrada en la celda de lo comercial, que sin traicionar en absoluto su sentido y razón de existir, sale convertida en delicioso melodrama fácil, digerible, hasta humilde y que abre los brazos con generosidad para ser gozado por cualquier hombre de buena voluntad, sin colocarse ningún obscuro adorno simbólico al que son tan afectos los intelectuales solitarios, y terminando en una sabrosa merienda de lágrimas melodramáticas del mejor quilate. Porque hay que señalar que el melodrama tan menospreciado por las delicadas naricillas de quienes creen que son la minoría, es un género muy respetable, máxime cuando cubre las exigencias del buen gusto y de la calidad.

Tchin-Tchin expone en dos actos sencillos a pesar de los muchos cambios que exigen, el drama de dos seres buenos abandonados en mitad de la vida. Una pareja pura y limpia sin otro asidero a la vista que el alcohol.

Fácilmente el autor François Billetdoux plantea las sucesivas circunstancias que van a desembocar irremediablemente a la unión en la que prevalecen las botellas. Cuatro definitivos encuentros con sus consiguientes separaciones, y la presencia casi accidental de un hijo que viaja entre el desamor y la indiferencia, dan por resultado un precioso y emotivo final que habrá de desagradar a muchos portadores de almas secas como cecinas. Todo esto remachado con diálogos naturales y sencillos de una efectividad que complace como un retorno suave a las relaciones cordiales alejadas de volutas diplomáticas o piquetes descarados a términos filosóficos huecos. Billetdoux da un drama optimista, como él lo llama, que es sobre todo espontáneo y fresco, como un baño en tina o un paseo a pie, actos que no hay necesidad de aprender en ningún lado para llevarlos a cabo plenamente.

La obrita está dedicada a todos los públicos, lo que no obsta para que Alexandro haya logrado una puesta en escena sin ninguna otra referencia que la que puede ofrecer ese terco y óptimo amor desesperado al teatro. Alexandro hace a un lado la trascendencia y complace al gran público sin una sola pose de traición personal, porque pone al servicio de la dirección lo mejor de su talento. Llena el foro con figuras secundarias que se hacen imprescindibles y hermosas, y lo que es más señalable es la manera en que obliga por medio del entusiasmo a los actores a crear, a bordar hasta la minucia sus propios papeles. Allí está Leonor Llausás inusitada, quebrada, angustiada, dulce, feliz, bondadosa, íntima, arrebatada. Proyectando, porque eso es algo que sabe hacer cómo muy pocas la señora Llausás, su triste Dufi hasta agotarse en el empeño harto conseguido. Porque la Llausás tiene una excelente dicción, aunada a su cálida oscura voz y a una presencia escénica envidiable. Junto a ella Guillermo Orea consigue igualar aquella inolvidable creación suya de Esopo en La zorra y las uvas. Orea se había perdido en un mar de comedias ligeras y comedietas de bajo monto. Hoy retorna en el mejor terreno de la ternura y de la dramaticidad.

Punto especial significa esa escenografía inteligente creada por cuatro pintores: Felguérez, Lilia Carrillo, García Ponce y Allain. Se complacieron los jóvenes en reproducir a gran escala cuadros de Braque, Picasso, Toulouse Lautrec, Van Gogh, Matisse, etc. Con mucha lógica fueron cambiándolos en el telón de fondo o rompimiento, ayudando así a dar una atmósfera perfecta a cada escena, una de otra tan distinta como de un mercado a un cuarto de hotel. El resto de la escenografía consistió en un número elevado de elementos de utilería que los actores cambiaban a la vista del público dando el espectáculo edificante del teatro de equipo del futuro. La iluminación es otro acierto más de esta Tchin-Tchin que habrá de ser memorable en las actividades del año.

Alexandro cuidó no sólo a los dos intérpretes básicos, a Leonor y a Guillermo, sino que tuvo un esmero excesivo con sus segundas figuras, a una de las cuales le designó el difícil papel de conseguir con música y canciones un efecto sicológico que Humberto Huerta logró emotiva y sobresalientemente. Pablo Leder muestra muchos adelantos en su inicial carrera de actor, se hace notar la humildad de Bernardette Landrú, su entrega al teatro. Así como Stella Brunette, Luis Erazo y Mario Ochoa. No se pierda este brindis fraternal de Alexandro, que ya no quiere asustar a nadie, sobre todo si ese nadie lleva el miedo aposentado en el alma.