FICHA TÉCNICA



Título obra Divinas palabras

Autoría Ramón del Valle-Inclán

Dirección Juan Ibáñez

Elenco Rosa Furman, Marta Zavaleta, Carlos de Pedro, Ignacio Sotelo, Germán Castro, Selma Beraud, Marisa Ibáñez, Xavier Velasco, Gilberto Pérez Gallardo, Leticia Gómez, Marisela Olvera, Ramiro Salas, Humberto Enríquez, Magda Vizcaíno, Virgilio Leos, Fernando Delie

Referencia María Luisa Mendoza, “Divinas palabras, de Del Valle-Inclán”, en El Gallo Ilustrado, no 48, supl. de El Día, 26 mayo 1963, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

Divinas palabras, de Del Valle-Inclán

María Luisa Mendoza

Don Ramón Del Valle-Inclán inventó su vida cada vez que quiso contarla. Pasajes donjuanescos se ensartaron en su caminar de Quijote, de caballero andante, de manco que desface entuertos, y fueron salieron [sic] en aquel vivir intenso a lo Quevedo, en aquellas letras que formaron poesías en libros, novelas en estaciones, teatros en aguafuertes. Como si Del Valle-Inclán tuviera el don de creer, de su existencia, todo lo que dejaba en su obra literaria que deslumbra entre muy pocas deslumbradoras.

Don Ramón del Valle-Inclán vino dos veces a México y el sabor, el picor, el color de lo americano, de lo iberoamericano se fueron con él en su regreso y cayeron como acentos en muchas de sus páginas que son castizas hasta lo soberbio y no obstante remachadas con modismos de saber nuevo español.

Y pensar que hace apenas veintisiete años murió don Ramón... Y aquí está su tragicomedia de aldea, Divinas palabras, que parece salida ayer de su única mano para que subiera a la escena del teatro El Caballito, de la Universidad, y fuera dicha por la boca pura de los jóvenes de la Compañía de Teatro Universitario que así salen al público y así, con estas palabras divinas, irrumpen en una existencia que se antoja ya óptima de por sí. Del Valle-Inclán pues, se revela, se devela, se entrega por vez primera en una generación actual, gracias a los estudiantes que si alguna vez han entusiasmado a los teatrófilos con sus posturas soberbias, ahora los hacen ponerse de pie porque, eminentes los intérpretes, se miran dirigidos magistralmente por ese joven asombroso que es Juan Ibáñez.

La dirección de Divinas palabras se distingue sobre todo por una blanca, nítida, espontánea originalidad. Fresca, viva, intocada. Dirección que va dando vueltas alrededor de la escenografía –coronada de espinas– que Vicente Rojo realizara en alarde de entendimiento del autor. Es decir, que si el trabajo de director es asombroso, depende, se pliega, se inclina, hace uso de la escenografía de Rojo, por lo que ya se ve, pues, el trabajo de equipo que empieza desde los tres pilares del teatro como son director-autor-escenógrafo. A eso se añade la actuación homogénea de los estudiantes que cierran el círculo del equipo y den al público funciones que son cada una de ellas verdaderos símbolos, ejemplos de lo que habrá de ser y tiene que ser el teatro contemporáneo.

Ibáñez por primera vez dirige teatro... ¡y cómo lo hace! Pero lo que entusiasma de esta recién nacida juventud es que busque en el caudal de las letras españolas, de las grandes letras ibéricas material para trabajar; es que Ibáñez haya despreciado la bajeza de la producción española de hoy, no haya visto ninguna traducción que nos es ajena, y se haya permitido el lujo de tomar el español, el idioma hermoso español, y dárnoslo en su más viva presencia. Castizamente los personajes inclanescos desfilan en la escena, desgarrados, con hambre, con pasión, con vicio, con lágrimas. Y el lazarillo y la picaresca dan la vuelta bajo el palio de espinas.

En las menciones de los actores esta vez es necesario tener cuidado puesto que todos merecen la más ferviente ovación. Ellos y Mariano Ballesté, músico y compositor de la Universidad, Luis Macouzet como iluminador atinadísimo. Y claro que Rosa Furman y su voz y su presencia y su dramatismo. Y Marta Zavaleta, gran carta mayor de la escena estudiantil. Y Carlos de Pedro, que es el inolvidable cada vez que sale. Ignacio Sotelo repitiendo laureles. Germán Castro, Selma Beraud, Marisa Ibáñez, Xavier Velasco, Gilberto Pérez Gallardo, Leticia Gómez, Marisela Olvera, Ramiro Salas, Humberto Enríquez, Magda Vizcaíno, Virgilio Leos, Fernando Delie. Y el debut de la niña Pati que con su edad es ese paréntesis poético que Del Valle-Inclán siempre tuvo para depositar en él su fe.

La Compañía de Teatro Universitario, con este comienzo, se convierte en una de las más importantes de México. No sólo porque incursiona en el gran teatro sin pensar en la taquilla de saco lleno que dan Paso o Calvo Sotelo, sino porque anula de un plumazo el vedetismo inherente a lo "comercial" que es la prostitución del teatro, la venta a plazos, la gran trampa en la que caen no sólo los particulares sino hasta quienes hacen teatro respaldados por el Estado. Y si en su derecho están, como habrán de alegar, va quedando siempre abierto ese rincón universitario que fundara la inteligencia y devoción de Héctor Azar y floreciera en el teatro El Caballito, que ya no estará muy pronto ¡Bienvenida la compañía de la Universidad! ¡Al fin México alcanzará la altura de los estudiantes que se merece!