FICHA TÉCNICA



Título obra El guardián

Autoría Harold Pinter

Notas de autoría Jesús Cárdenas / traducción

Dirección Xavier Rojas

Elenco José Baviera, Carlos Bracho, Aldo Monti

Referencia María Luisa Mendoza, “El guardián”, en El Gallo Ilustrado, no 47, supl. de El Día, 19 mayo 1963, p. 4.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

El Gallo Ilustrado, El Día

Columna Teatro

El guardián

María Luisa Mendoza

Surge en Inglaterra Harold Pinter para sumar su nombre a los de Priestley, Coward, Rattigan, Eliot, Ustinov o Graham Green. Nada más que Pinter es uno de esos dramaturgos conectados como ninguno con el arte de su tiempo. A los treinta y tres años Harold tiene en su haber la experiencia agotadora e inútil, aparentemente, de la televisión, la experiencia de la radio. Escribir para ambas insaciables mantarrayas es algo que los dramaturgos apenas de ayer ni se imaginaban. Quizá precisamente de ese cercano pasado el joven londinense haya heredado la necesidad de plantear siempre sus obras dramáticas en dos o tres personajes cuando más.

Harold Pinter es considerado en Inglaterra algo así como el Ionesco de la isla, y no porque sus obras sean tan absurdas o dislocadas –y también tan divertidas– como las de Eugene, sino porque representa algo así como una vanguardia. Vanguardia británica, por supuesto, muy atildada, apenas atrevida como para pasear por Piccadilli Circus sin guantes, pongamos por caso. Una vanguardia pálida junto a lo que por vanguardia se entiende en otros lugares del mundo.

Nada más que Harold Pinter escribe muy bien, aunque sea tan poco osado, tan poco amable, aunque tenga un penique nada más del sentido del humor. Famoso en todas las esferas del teatro británico, Harold Pinter llega a nosotros por medio de una dirección estricta y seria de Xavier Rojas y la actuación muy buena, muy madura, muy cuidada de José Baviera; la colaboración del joven Carlos Bracho sobresaliendo como debutante digno de cualquier perfil dostoievskiano y Aldo Monti en un curso intensivo de lo que él cree que es actuar contemporáneamente, a lo Actors's Studio, a lo Brando, a lo Dean.

Una obra en tres actos que plantea con bastante lógica y poco dislocamiento –tan propio de lo que se entiende por vanguardista– el problema de la soledad entre los hombres. La soledad que desemboca inevitablemente en la angustia y se va cuajando como leche vieja en amargura y neurosis repetitiva, si así se le puede llamar a esa obsesión por volver a los conceptos una y otra vez. Este teatro que algunos llaman iracundo o desesperado, trae como contraseña la repetición de parlamentos que no tienen ninguna importancia si no es la simbólica. Pinter en el subrayar los elementos con los que uno de sus personajes va a construir una casa, se asemeja, inconfundible, a la técnica de la antinovela que encabeza Alain Robbe-Grillet en Francia, y que ya subió a las pantallas de los cines con mejor suerte, desde luego, que esta incursión de Pinter por los foros de México.

Entonces, además de insistente, Harold Pinter es discursivo –pecado inherente al género. Plantea un precioso primer acto plagado de misterio y con veinte sugerencias para escoger. ¿Qué va a pasar?: ¿son los dos hermanos de la obra un par de asesinos que piensan matar al viejo miserable para crease un padre? ¿La cubeta que cuelga del techo tiene una fortuna en libras, o joyas de la corona? ¿Está loco el loco o el loco es el otro? En fin, Pinter da cuerda a la imaginación para defraudar con el resto de la obra, a la que no añade nada más que una especie de simbólica e infructuosa búsqueda del propio yo –supongo– en los personajes. Por lo pronto, este El guardián que ha levantado en vilo a Londres y Nueva York, aquí no pasará a mayores. Y no es ahora por culpa de fobia curiosa que la crítica y el público siente por el teatro de vanguardia. Sino porque el autor abusa de los ingredientes de dicha tendencia y da una obra en la que el hastío no logra ser dominado ni por la protagonización de Baviera, que ya la quisiera para un día de fiesta cualquier teatro de la Gran Bretaña.

Xavier Rojas dirige con esa atingencia inteligente que caracteriza su labor siempre brillante y profesional. Atenido al texto por traducido Jesús Cárdenas eficazmente. Y si la obra se le escapa de las manos es porque la timidez del autor no quita las amarras del ayer que en el foro es lógica y solución, ni encaja ninguna pica en Flandes, ya que no se atreve el de Londres a suplantar, de una vez por todas el té por el mate... pongamos por caso.