FICHA TÉCNICA



Título obra The cocktail party

Autoría Thomas Stearns Eliot

Dirección Salvador Novo

Elenco Alec Landymore, Aenid McCrae, Raúl Chávez, Titina Misrachi, Franck Whitebourn, Carl Bensen, María Reachi, Gerald Molin

Escenografía Julio Prieto

Grupos y compañías Teatro Aguileon Company

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de The cocktail party de T.S. Eliot, por Teatro Aguileon Company, en el Bellas Artes”, en Novedades, 10 octubre 1950.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de The cocktail party de T.S. Eliot, por Teatro Aguileon Company, en el Bellas Artes

Armando de Maria y Campos

The cocktail party, presentada por Teatro Aguileon Company en el escenario del Palacio de Bellas Artes –5 y 7 de octubre– es la primera obra teatral escrita por T.S. Eliot en los diez últimos años. Fue representada por primera vez en el Festival de Edinburgo, en 1949.

Tomas Stearns Eliot –ahora laureado con el premio Nobel– nació en San Luis Missouri, el 26 de septiembre de 1888. Sus primeros poemas maduros fueron publicados en 1915. Es eminente su obra de poesía lírica, en la que ocupan lugar preferente sus dos poemas dramáticos Murder in the cathedral (1935) –Asesinato en la catedral– y Family reunion (1939) –Reunión familiar–. A la vez que aparecían sus obras de creación –The waste land, The hollow men, Sweeney agonistes, Ash Wendsday–, iban apareciendo sus magníficos ensayos de crítica literaria: El madero sagrado, Dante, El uso de la poesía, Tras extraños dioses y Ensayos selectos.

Tiene Eliot reputación de poeta profundo. Versado en estudios medievales y en historia de la literatura, ha dedicado mucho tiempo al estudio de oscuros puntos de teología, y no es muy claro que digamos en sus ideas y argumentos, lo que no es óbice para que Eliot sea el personaje más influyente en la poesía inglesa. El estreno de Cocktail party en Inglaterra estaba destinado a construir un acontecimiento artístico y se le esperaba con cierta incertidumbre.

Pero tan pronto como se levantó el telón, acontece algo sorprendente. Se encuentran en escena cuatro o cinco personas vestidas con ropas del día. Hablan de cosas de la vida ordinaria y lo hacen en un lenguaje que todos pueden comprender. Además, el diálogo es muy ameno y tan ingenioso como los de Bernard Shaw, y se hacen divertidos chistes sobre asuntos tales como el matrimonio y el pago de los impuestos. Es verdad que uno de los invitados mantiene una sonrisa misteriosa, y que ninguno de los otros personajes sabe quién es aquél. Pero los tipos enigmáticos no escasean tanto en el teatro como en la vida real, y el espectador experimentado se da cuenta en seguida, de que aquel hombre tendría que ser el que al final resolvería las dificultades de todos.

Estas dificultades existían, naturalmente. El anfitrión había sido abandonado por su mujer aquella misma mañana. Hacía largo tiempo que quería casarse con otra mujer, pero ahora anhelaba volver a vivir con su esposa. Eventualmente el marido, la otra mujer y la esposa entran en contacto con el personaje misterioso, que resulta ser una mezcla de psiquiatra y padre confesor, para el consuelo y la ayuda. Como consecuencia de ello el marido y la mujer vuelven a vivir juntos y felices, mientras la otra mujer se transforma en heroica misionera y perece martirizada y crucificada.

La primera consideración que a uno se le ocurre –o a cualquiera que conozca Asesinato en la catedral o Reunión familiar– es que The cocktail party, es la obra más clara y sencilla que ha escrito Eliot. Sin embargo, esa claridad no se logra a expensas de la profundidad de su pensamiento y emoción. En Murder in the cathedral, repitiendo la historia del arzobispo Becket, que por orden del rey fue asesinado en su propio templo de Canterbury, Eliot demuestra su interés por el tema del martirio. Se ve que el tema le sigue preocupando. The cocktail party lleva el martirio al mundo de los saloncillos, del chocar de vasos, del charlar intrascendente y del martini. "Los altos ideales –dice Eliot– continúan demandando sus mártires, lo mismo que lo hicieron en los tiempos de la fe. Los más altos caminos de la vida siguen estando a lo largo del borde de un precipicio". Como gran experimento teatral The cocktail party es un acontecimiento notable; notable es también como nueva expresión, y en relativamente diáfanos términos, de la filosofía de uno de los más serios escritores del siglo XX.

En The cocktail party –aventuramos modestamente–, Eliot parece haber descubierto una forma poética idealmente adecuada a la vida moderna. Se trata –hasta donde se me alcanza– de una versificación sumamente sutil y flexible, que se apoya más en el ritmo que en la rima. Es irregular en su cadencia y causa la impresión de imitar la textura y el movimiento del habla corriente. Tal vez le falta exaltación, emotividad, no es rica en lirismo y carece de notas vibrantes. Pero es una versificación dramática; no dificulta, sino al contrario, ayuda al desarrollo de la acción. En esta obra, Eliot se olvida del coro de los griegos, usado en sus anteriores poemas dramáticos. En The cocktail party ha forjado un instrumento capaz de conciliar un tema profundo y una forma poética que no es extraña a la circunstancia de la vida moderna. Se trata de un nuevo modo cuyo desarrollo en el futuro creo está lleno de posibilidades.

La representación de The cocktail party por el grupo Aguileón fue en lengua inglesa, bajo la dirección del mexicano Salvador Novo. A mi ver, y no muy hondo entender, resultó excelente. Novo respetó celosamente el original, pero le dio una interpretación muy personal y, a mi juicio, acertada: al segundo acto le imprimió un carácter simbólico, en el que el psiquiatra hace un poco de Dios benévolo, de tejas abajo; para los actos primero y último conservó el carácter realista de la pieza. Desde luego The cocktail party no tuvo –o no tiene– este "tempo" en su representación londinense; no sé cómo se representa en Nueva York. Suprimió Novo un personaje: la enfermera, personaje comodín, intrascendente. El montaje de la obra, sobrio y de buen gusto, como de Julio Prieto, y... con esto basta. La interpretación correctísima, tan natural, que nunca los actores dieron la impresión de estar actuando, ni siquiera en el segundo acto, de "tempo" un tanto irreal. Estos son sus nombres –por orden de aparición en escena– colocados sobre la línea horizontal, sin anfractuosidades, de una interpretación más que discreta, estimable: Alec Landymore, Aenid McCrae, Raúl Chávez, Titina Misrachi, Franck Whitebourn, Carl Bensen, María Reachi y Gerald Molina.