FICHA TÉCNICA



Notas El autor reproduce el texto completo de una hipotética conferencia acerca del éxito como dramaturgo

Referencia Jorge Ibargüengoitia, “Tableaux de Moeurs Artistiques & Litteraires II. ¿Cómo llegar a ser un dramaturgo de éxito?”, en La Revista de la Universidad de México, núm. 12, agosto 1962, pp. 25-26.




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Referencia Electrónica

Revista de la Universidad

Columna Teatro

Tableaux de Moeurs Artistiques & Litteraires
II. ¿Cómo llegar a ser un dramaturgo de éxito?

Jorge Ibargüengoitia

(Texto íntegro del discurso pronunciado por don Carlos Raja ante las Juventudes Literarias, según Jorge Ibargüengoitia.)

Jóvenes amigos: voy a decir unas cuantas palabras acerca de mi carrera artística para que sirvan de guía y jalón a los jóvenes que han empeñado su vida, y algunos hasta su reputación, en la sempiterna lucha de la luz contra las tinieblas.

En primer lugar, ¿qué es el éxito?, ¿es acaso lo que los norteamericanos llaman Success?, ¿Money?, ¿o lo que los franceses llaman L’argent?, ¿Le grisby?, ¿la Pasta asciutta de los italianos? No, señor, nada de eso. ¿Es acaso el éxito el aplauso del populacho? Tampoco. ¿Es entonces el aplauso de la crema y nata de la intelectualidad? Menos. Éxito, es nada menos que el reconocimiento del mérito de una persona por los grandes cerebros de su tiempo.

Éxito el de Esquilo, cuando Pericles declaró: "No hay mejor descanso para mí, después de un arduo día de trabajo, que contemplar La Orestiada en todas sus partes, y escuchar sus sulfuríneas líneas." Éxito el de Hipócrates, cuando el Gran Pelópida reputado como uno de los hombres más inteligentes de su generación, estando en el último grado de reblandecimiento cerebral, exclamó: "Abba, abba mamá", después de tomar una de sus pócimas. Éxito el del Dante, cuando Ruccianno de Siena, después de leer la Divina comedia, comentó cerrando los ojos: “Tutto per bene”. Éxito el mío, cuando el gran Gastón Le Foch me dijo en su pésimo italiano: “Caro amico, non hai dipinto l’uomo, ha dipinto il messicano”, y me dio un emocionado abrazo. Esto es el éxito.

Pasemos ahora a la segunda parte de nuestra interrogante: ¿cómo se consigue el éxito? Animado por el convencimiento de que ninguno de los presentes podrá aclarar ese punto, me permito dar a continuación una somera idea acerca de lo que yo hice para conseguir el éxito.

Es una historia larga; comienza cuando yo contaba apenas trece años (ahora tengo cuarenta y siete). Estaba yo en una de esas crisis espirituales que suelen venir después de las corporales: había tenido paperas, y ahora me negaba a probar nada que no fueran malvaviscos; había azotado a la criada y estrangulado un gato y una profunda melancolía se apodero de mí. Me retire a uno de los numerosos rincones inaccesibles que había en la elegante y espaciosa casa en que vivía con mis aristocráticos padres. En aquel retiro escribí mi primera obra de teatro. Se intitulaba David Coperfield. No vaya a pensarse que la obra en cuestión tuviera relación alguna con, aquella otra, inolvidable, del gran Dickens. Lo importante del caso es que yo estaba ansioso de éxito. ¿Cómo conseguirlo?

Muchos hombres famosos frecuentaban mi casa: don Ramón Paredes, el mejor inspector de secundarias que haya habido nunca en nuestro país; don Fortunato Arredondo, el poeta de aladas voces que cantara con disciplina y reciedumbre mancomunadas la batalla del Cañón Gordo, en la que nunca participó; don Álvaro Gutiérrez Lira, cuyos pincelazos certeros se hundieron en el corazón de nuestra provincia y la plasmaron en el lienzo oleaginoso; y otros muchos más.

Pues bien, a la vista de tanto prócer, en mi celo juvenil, decidí arrancarles un ¡ay! de reconocimiento. Y lo logré. ¿Cómo? Muy sencillo. Una tarde pedí a mi madre que me permitiera leer mi obra ante sus amistades. La pobrecita, cuyo cerebro estuvo siempre ofuscado por el oscurantismo reaccionario, no aprobaba algunas de las ideas liberales que exhalaba mi obra y me negó el permiso. Por toda respuesta arrojé al patio las macetas del corredor, rompí un tibor de cristal cuajado y le mordí la pantorrilla a mi padre, que, por supuesto, lanzó un grito de dolor; después lloré veinticuatro horas y no probé bocado. Al día siguiente, cuando llegaron don Ramón, don Fortunato y don Álvaro, mi madre, con lágrimas en los ojos, me permitió que leyera mi composición, lo cual hice con una voz ronca producto del llanto. Los visitantes quedaron alelados por la fuerza de mi expresión, y cuando terminé estaban tan embargados por la emoción, que les fue imposible aplaudir como hubieran querido: dijeron que nunca habían escuchado nada igual: tomaron sus sombreros y se retiraron pensativos; sus vidas habían sido transformadas de súbito, a tal grado que nunca regresaron a mi casa. Éste fue mi primer contacto con el éxito: tres cerebros de primera habían quedado pasmados ante mi [p. 26] obra. Fue una experiencia tan embriagadora, que decidí repetirla una y otra vez.

Vino entonces el episodio del Sobre Cerrado, y la trampa que me colocó Margules, en la que tan fácilmente hubiera caído de no ser por la oportuna intervención de Sonia mi hermana. Pero mi siguiente gran éxito fue con don Ramamiro Huerta y Huerta.

Tenía yo veinticinco años a la sazón: mis obras eran numerosas y circulaban de mano en mano entre los afortunados pues las ediciones siempre fueron insuficientes. (Me parece que ha llegado el momento de advertir que mi lema ha sido desde hace mucho tiempo Vox Populi, Vox Bruti, y que cuando digo "ediciones insuficientes", me refiero a las de veinte ejemplares, encomendados por suscripción y autografiados por mí.) Volviendo al hilo de mi narración, diré: mis entrañas clamaban por un nuevo éxito. Busqué a la persona más inteligente de la ciudad, y encontré a don Ramiro, que regresaba triunfante de la famosa polémica que había sostenido con Newmann, quien se atreviera, insensato, a afirmar que el mole poblano era un invento persa. Me presenté en casa de don Ramiro con mi última obra: la tragedia intitulada ¡Guay! Me recibió con cortesía, pero con reserva, a pesar de que iba yo provisto de dos cartas de recomendación de secretarios de Estado. Cuando comprendió que tenía yo intenciones de leer la obra personalmente, empezó a actuar de una manera inapropiada para un intelectual de su calibre: pretextó una jaqueca, luego fingió un desmayo, y al verme impertérrito, vomitó. De nada le valió. Leí la obra en su totalidad, con variantes y notas sobre giros lingüísticos. Cuando terminó, comprendí que la obra había sido demasiado profunda para mi interlocutor: estaba inmóvil, con la mirada perdida en el vacío y una expresión de estupidez en su rostro; le había yo revelado más luz de la que podía soportar su reducido cerebro. Me levanté satisfecho y abandoné la casa agradeciendo aquel mudo tributo.

A pesar de lo mucho que estimo esta tierra generosa, este México lindo y querido, no se me oculta el hecho de que aquí nadie me comprende; y no por falta de voluntad, sino porque en mis meditaciones constantes me he elevado demasiado. Este convencimiento lo tengo a raíz de mi éxito con don Ramiro. Decidí dejar la patria y buscar el éxito en tierra extraña.

Mi madrecita, espejo ideal de la mujer mexicana, me proveyó para el viaje de una carta de crédito; mi padre, aunque adusto, con un automóvil último modelo, dos secretarias de Estado con sendas comisiones, y otra con una licencia con goce de sueldo; una tía mía, sabedora de lo delicado que soy de los pulmones, me regaló, pobrecita, unos guantes de cuero de cochino y una bufanda. ¿Y Sarita, mi novia? ¿Qué no me dio? Así equipado, me puse en marcha.

Escogí entre todos los vapores que hacían la travesía de Nueva York al Havre, el "Marine Falcon". ¿Por qué? Porque sabía que esa línea era la única que conservaba aquella hermosa costumbre de hacer una fiesta al fin de la travesía; fiesta en la que cada uno de los pasajeros tomaba parte cantando una canción, haciendo un número de baile, algo de prestidigitación, etcétera. Yo pensaba leer mi tragedia La impura. Pues bien, no lo creerán ustedes, pero cuando el capitán de la nave supo de mi intención, comprendiendo que el impacto de aquella poderosa y apasionada obra en las mentes sencillas de los demás viajeros pudiera ser catastrófico, suspendió la fiesta. Entonces, me apoderé de la oficina del sobrecargo e intenté leer a través del micrófono, y él me desalojó de mi posición con bombas lacrimógenas y amenazó con tirarme al mar si intentaba repetir la hazaña. Ésta fue la única vez en la que he tenido que rendirme ante la incomprensión humana.

¡Ah, pero qué diferente es la cosa en Europa! Visité a los diez dramaturgos más importantes... y a Kovacs también. Leí para ellos mi obra La impura, y todos reconocieron mi superioridad. Y no de palabra, sino por carta. ¡Qué grandeza de espíritu! El caso de Kovacs, claro, es muy diferente: en primer lugar no es un buen dramaturgo, y en segundo, aterrado ante la posibilidad de que alguien le revelara su abismal ignorancia, me arrojó por la escalera la sexta vez que estuve a visitarlo. Pero veamos algunos de los testimonios de mi éxito: “... su obra [me dice Marcel Krapp] revela a tal extremo el alma mexicana, que me hace desear que existan otra vez los sacrificios humanos." "Usted ha ido más allá de la literatura, su obra es ya el diabolismo", afirma Jean Tissandier, con su franqueza habitual. Y la joven Ann Sothern, la gran escritora inglesa, se concreta a comentar con una sola palabra: "Gosh!", ¡pero qué elocuencia!

¿Para qué cansarlos, jóvenes amigos, con mis éxitos? Baste saber que los he conseguido. No se piense que he dicho lo anterior con afán de lucirme, ni de ponerlos en ridículo, porque a ustedes, ¿quién los ha elogiado? He dicho lo anterior, para que se sepa que no todos fracasan. Yo he triunfado. Es más, soy feliz.