FICHA TÉCNICA



Notas El autor aborda las características de los personajes de prostitutas en el teatro y el cine

Referencia Jorge Ibargüengoitia, “Prostibulario II”, en La Revista de la Universidad de México, núm. 7, marzo 1962, p. 29-30.




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Referencia Electrónica

Revista de la Universidad

Columna Teatro

Prostibulario II

Jorge Ibargüengoitia

“Hay tantos hombres que me persiguen, que no sé ni cuál escoger, y como todos saben que me encantan las camelias, me regalan camelias, y es por eso que cuando voy por la calle la gente me señala con el dedo y dice: 'Allí va la Dama de las Camelias'." —Margarita Gautier [según Jorge Ibargüengoitia.]

"Según los tratadistas –nos dice Don Plácido de la Torre en su interesante libro sobre el tema– hubo una época en la que los hombres, palidecían de amor, pero la timidez sellaba sus labios." Tal fue el caso de Apolonio de Megara, que fue expulsado de la Corte de Brandemburgo, cuando se negó a hacerle una declaración amorosa a una pérfida dama que gozaba de influencias en la región. Pero las modas pasan, afortunadamente, y también los modos de ser, y el problema que confronta nuestra sociedad actual no es el de la palidez, ni el de la falta de comunicación, sino algo que podría formularse de la siguiente manera: ¿quiénes son las prostitutas, en dónde viven, y en qué piensan? (1)

Los datos que nos ofrece nuestro arte naturalista son bastante turbios. ¿Quién no recuerda la inolvidable película de Stanley Epsom, con fotografías de William Johnson, según un argumento de Bill Holliday, en la que el gran Basil Durrell trabajó como ayudante del traspunte y la conocida Rikki Pacciotta fue Script Girl, intitulada El Puente de Waterloo Trataba de la prostitución. En esta película, Vivian Leigh y una amiga suya pierden su trabajo en un corps de ballet que dirigía la Ouspenskaya, por quedarse en Londres esperando a Robert Taylor que se había ido a la guerra. Él, sabedor de los peligros que amenazan a las muchachas sin trabajo ni dinero, le escribe a su madre pidiéndole que busque a Vivian Leigh y se encargue de que [p. 30] nada le falte. Las dos mujeres hacen una cita en un salón de té, pero quiere el destino que la joven compre un periódico al entrar en el lugar de la cita y vea entre la lista de bajas del ejército el nombre de su novio. Se desmaya. Para revivirla le dan un cognac, y cuando llega su futura suegra, la encuentra histérica y con aliento alcohólico. Vivian Leigh no se atreve a decirle a la madre de su novio que acaban de matar a su hijo, así que produce muy mala impresión y pierde el apoyo y la amistad que tanto le hubieran servido. Después viene una época en que está enferma, y como hay necesidad de comprar medicinas y no hay dinero, la amiga se dedica a la prostitución. Cuando Vivian Leigh está más o menos restablecida, se va a la calle con el objeto de dedicarse al mismo oficio. Pasa el tiempo. Vivian Leigh, ahora completamente sana y resignada, entra en la estación de Waterloo buscando trabajo, cuando se encuentra con Robert Taylor, cuyo nombre había entrado en la lista de bajas por equivocación. El idilio sigue como al principio, ignorado el episodio de la prostitución: ella trata de olvidar, la suegra ha comprendido por qué estaba tan mal aquel día y la ha perdonado, y a él ni por la cabeza le pasa que haya algo irregular. Pero sir Aubrey Smith, que por supuesto es el coronel del regimiento, echa todo a perder con una estupidez bien intencionada: le dice a ella que la acepta, que está encantado con ella, porque a pesar de ser a dancer! en su rostro se nota la pureza de sus costumbres y la mujer de un capitán de Northumerlanders debe ser pura. Ella se tira abajo de una ambulancia, llevando apretado en su mano una especie de buda que él le había regalado. Aquí tenemos un ejemplo de lo que Don Plácido de la Torre ha catalogado bajo el título de La putain malgré elle, al que también pertenece el personaje que encama Marga López en Salón México, que se dedicaba a esos menesteres con el objeto de darle a su hermanita la educación que se merecía en una elegante escuela de monjas.

Otra especie muy diferente es La inamorata. Es la más abundante de todas las conocidas; a ella pertenecen desde Margarita Gautier hasta una que inventé yo y que no recuerdo cómo se llamaba, pasando por Dedé d'Anvers, Raquel la de Basurto, Nieves la de Mihura, Irma la dulce, y otras. A diferencia de la Malgré elle, la Inamorata, ejerce su profesión tranquila y (debemos suponer) eficientemente, suele inclusive mantener a algún zángano, a veces encarnado por Marcel Dalio, y a veces, también, aunque pocas, está enamorada de ese zángano, como en el caso de Raquel, pero esto es una excepción, porque generalmente se enamora de o toma une penchant sentimentel por un grandote, que o no se ha dado cuenta de que ella es prostituta, o bien sufre porque lo sabe, o bien está en manos del zángano, que le hace la vida pesada y acaba por aniquilarlo, como era el caso de Giovanni Pimpinelli en la inolvidable película de Jean Krapp. En el caso de la Inamorata que yo inventé, ella estaba enamorada de un hielero, y se pasaba la vida contándole mentiras para que no se diera cuenta de cuál era su oficio, hasta que un día fueron a tomar unas cervezas, y cuando ella despertó de la borrachera estaba en un hotel, llena de moretones, con el hielero al lado, y ella con la angustia de que durante el lapsus hubiera dicho algo que no sirviera. Este personaje desapareció del mapa, porque estaba en una obra escrita ad hoc para el Seguro Social, que funciona en un mundo en donde las prostitutas son inexistentes (como las monjas en la Constitución Mexicana), y hubo que cambiar su oficio por el de lavandera o algo.

Otro es el caso de la Donna immovile, que es la mujer con pasado, que en determinada época de su vida, y como por distracción, tuvo un desliz. El hombre que la atrajo siempre muere de una manera violenta, como por ejemplo, en un accidente automovilístico, y ella sigue sus relaciones maritales como si nada hubiera pasado (es una mujer con hijos y su marido la idolatra), hasta un día en que recibe una misteriosa llamada telefónica en la que la citan para "hablar de algo que le interesa": es un chantaje. Alguien los vio, a ella y al muerto, y ahora quiere dinero a cambio de no decir nada. Ella pide al marido para comprar una máquina de escribir, y paga el chantaje. La primera vez; porque como ocurre en estos casos, a los ocho días el chantajista quiere más. A la tercera vez, ella va a ver a su costurera y le dice que necesita algo de dinero para pagar la renta. Una hora más tarde, está en la cama con un comerciante calvo.

La Donna immovile suele pasar ratos en estas entrevistas, pero su abnegación la lleva a sacrificar todo por la tranquilidad de conciencia de su marido. Así siguen las cosas, hasta que un buen día la llama la dueña del establecimiento y le dice que hay un nuevo cliente, y le pide esmero. Ella entra en un cuarto y se encuentra frente a su marido. Se miran mutuamente, como sólo se pueden mirar dos gentes en una situación tan difícil. Se cierra la puerta. Se oye un disparo. Las demás pupilas se congregan alrededor de la puerta, que se abre y aparece Amadeo Nazzari, llevándola a ella en brazos, sangrienta. "Permesso, é mia moglie".

Por alguna razón misteriosa, se supone que cuando las mujeres de vida disipada llegan a la edad madura, alcanzan una sabiduría que está enteramente en desacuerdo con los datos científicos, y se convierten en una especie de Sócrates de los sentimientos humanos, dispuestas a impartir sus conocimientos a los inexpertos. Esta especie se llama Lena socratica y es la más detestable de todas.

Pero puede establecerse como regla general, que cuando la prostituta tiene alguna cualidad relevante sufre a causa de su condición, ama intensamente, como si fuera decente, y muere joven, de un balazo o de tuberculosis, porque –como todos sabemos– El que la hace la paga.


Notas

1. Algunas autoridades, han agregado una cuarta pregunta: ¿cuánto cobran?