FICHA TÉCNICA



Espacios teatrales Teatro de la República (Querétaro)

Eventos VIII Festival Regional de Teatro de la Zona Centro Occidente

Productores Instituto Nacional de Bellas Artes

Referencia Jorge Ibargüengoitia, “El teatro como instrumento de tortura”, en La Revista de la Universidad de México, núm. 1, septiembre 1961, pp. 30-31.




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Referencia Electrónica

Revista de la Universidad

Columna Teatro

El teatro como instrumento de tortura

Jorge Ibargüengoitia

Por un azar de mi destino fui propuesto como jurado para el VIII Festival Regional de Teatro de la Zona Centro Occidente con sede en Querétaro, Qro. Nadie puso en duda mi competencia y cuando menos pensé ya estaba en el autovía famoso, acompañando a los otros dos jurados: los escritores Ángel Moya y Jorge Villaseñor, y Pilar Crespo, jefe del Departamento de Teatro Foráneo. Después de un viaje placentero, como dice James Fitzpatrick, llegamos a la hermosa ciudad de Querétaro, en cuya estación nos esperaba Navarrete, el delegado o coordinador, o lo que sea, del INBA. Como primera actividad, después de instalarnos en el mejor hotel a costillas del Gobierno del Estado, nos dirigimos a La Mariposa para tomar un café y discutir cuáles eran las localidades que se nos asignarían para presenciar las funciones. Mi proposición de que nos dieran un palco central, adornado con una bandera nacional en la que con letras de oro dijera: Honorables miembros del jurado, fue rechazada unánimemente, y se decidió, haciendo gala de una modestia innecesaria, que nos sentaríamos en la fila H.

El Teatro de la República, que fue reparado en 1957 como parte de las celebraciones de la Constitución, es envidiable, y más lo sería si no fuera porque siendo el foro muy alto, en las diez primeras filas no se ven más que los zapatos de los actores. Entramos los miembros del jurado con toda la solemnidad de que fuimos capaces, pero como no se tocó el Himno Nacional, ni se anunció nuestra llegada, nadie se levantó de su asiento y pasamos completamente desapercibidos. La sala estaba casi llena a pesar de que los boletos costaban ocho pesos; y debido a que el público queretano, con ser uno de los más cultos de la República, no ha entendido todavía que las butacas tienen un dispositivo que permite doblar el asiento con el fin de que las personas se pongan de pie cuando alguien entra en una fila para ocupar un lugar del centro, nos vimos obligados a caminar trabajosamente sobre los pies de las damas que estaban en nuestra fila, despeinando al mismo tiempo con nuestras corbatas a las que ocupaban los asientos de adelante, que volteaban muy asustadas creyendo que se les había subido una araña. Tomamos asiento después de una entrada tan poco airosa; se apagaron las luces, y dio comienzo la representación de Las cosas simples. Esta obra, cuyos méritos, como diría tan atinadamente don Francisco Monterde, no discutiremos por falta de espacio, parece que fue escrita para festival regional: no hay necesidad de actuarla, pues los personajes piensan como los actores, se ven como los actores y hablan como los actores; nunca hay una revelación, ni una explosión pasional, es decir, nada que una joven o un joven de provincia no hagan todos los días con la aprobación de su mamá. Esto la hace saludable y nociva al mismo tiempo. Saludable, porque cualquier grupo la puede poner, y nociva, porque puede pasar poniéndola veinte años sin aprender una palabra de actuación. Y la prueba de que nadie está actuando es que el papel de Sué, la prostituta, siempre se lo encargan a la joven más honorable del grupo, que nunca ha visto una prostituta más que en las películas de Marga López... y así le sale. Muy distinto es el caso del director, porque raro es el cuarteto en que no haya cinco o seis personajes inútiles en el escenario, y un descuido significa cinco o seis gentes mirando estúpidamente al vacío, agitando la cuchara en un té helado, tratando de encender un cigarro o, lo que es peor, inventando acciones que sobran, como mirar de soslayo a una de las actrices, o hacer un gesto de furia contenida que quiere decir "todavía estoy enojado", mientras la acción progresa lentamente en otra parte del escenario y le toca su turno de demostrar otra vez enojo o arrepentimiento. En cuanto al escenógrafo que pretenda embarcarse en Las cosas simples, me basta con recordarle lo que casi siempre olvidan los escenógrafos mexicanos: que aunque el lugar representado sea feo, pobre y vulgar, la escenografía debe ser siempre bella, rica y sugerente.

Cuando se encendieron las luces después del primer acto, una joven que estaba cerca de mí le preguntó a su señora mamá: "¿Le vas entendiendo?" La señora hizo un gesto de escepticismo: "Pues... un poquito." La muchacha se embarcó en una explicación: "Catalina, la hija del dueño del café, esa que todo el tiempo está diciendo que no quiere trabajar, está enamorada de Ricardo, que es el muchacho que llegó al principio y desayunó, y que no le hace caso porque está enamorado de Sué..." Mientras yo las pisaba al tratar de salir, la madre preguntó que cuál era Sué y ya no pude oír la contestación.

En el pasillo tuve oportunidad de conocer, entre otras personas, al joven autor de una tragedia intitulada: Un cuarto lleno de moscas, que me saludó sobrecogido por mi personalidad de jurado. Para animarlo le elije: "Adelante, muchacho, siempre adelante. Es humillante retroceder." Y me alejé.

Siguió la representación con bastante éxito, pues el público, formado por estudiantes, o sus papás, en general entiende la obra y se divierte con ella.

Al día siguiente, capitaneados por Jorge Villaseñor, que tiene una figura imponente, fuimos a ver al Gobernador. Nos hicimos anunciar con una tarjeta del antes mencionado, que es más imponente todavía que su figura, y tres minutos después estábamos en presencia del dignatario. "Señor Gobernador, somos los Jurados del INBA." El Señor Gobernador miró horrorizado mis alpargatas. "Aprovechamos ­dijo Jorge Villaseñor­ nuestra estancia en esta hermosa capital, para venir a saludarlo y agradecerle a usted las atenciones de que hemos sido objeto, y al mismo tiempo para manifestarle la extrañeza que nos causó el hecho de que el Gobierno a su digno cargo cobre quinientos pesos a cada uno de los grupos por alquiler del teatro." El Señor Gobernador nos explicó muy pacientemente que el teatro en cuestión había sido reconstruido a expensas del Gobierno del Estado (lo cual no es rigurosamente exacto, pues en el teatro hay una placa en la que dice que fue reconstruido por el Gobierno del Estado de Querétaro sí, pero en colaboración con el Federal, los de una docena de Estados, y el Banco de México; con tantos contribuyentes les ha de haber tocado a cuarenta pesos per capita), y después entregado para su administración a la Asociación de Beneficencia Fulana de Tal, y ya que nada le deja a la Asociación, siquiera que no le cueste; los quinientos pesos son los sueldos de los empleados y la luz. "Siendo así, Señor Gobernador, aprobamos su actitud, cobre usted los quinientos pesos, y, sin más asunto que tratar, nos retiramos."

Esa noche, la Compañía Teatral de la Casa de la Juventud (antes Compañía Teatral Santiago) bajo la dirección de los Directores Asociados de la Compañía Teatral de la Casa de la Juventud (antes Compañía Teatral Santiago), presentó El gesticulador. El público era el mismo que el de la noche anterior, menos el grupo que actuaba en El gesticulador, más el grupo que actuaba en Las cosas simples. La representación, para ser benévolo, diré que fue mala. Ninguno de los actores tenía más de veinte años, y como supongo que los directores asociados habrán sido ellos mismos, llegaron a la brillante conclusión de que la única diferencia entre un joven y un viejo consiste en que el joven se mueve, habla y piensa rápidamente, mientras que el viejo hace todas estas actividades con lentitud, así que como la mayoría de los personajes son adultos, la obra duró sus tres horas y media muy bien contadas, pues, como suele ocurrir en los grupos de aficionados, no les faltó ni una coma y algunos parlamentos los dijeron dos veces. Agréguese a esto una escenografía que es producto de esas actitudes de: "Muy fácil, cogemos unos girones y nos ponemos a clavar, luego papel, cola, y [p. 31] ya está." Sí; claro, y el público, tres horas mirando un mamotreto. Jorge Villaseñor propuso una felicitación a los muchachos por haber escogido tan buena obra, y yo propuse un voto de censura por despedazarla. Y el público, como de costumbre, impávido, aguantando a que pase el mal rato y poder irse a sus casas. No faltará quien diga: "Paciencia, que estos muchachos están empezando." Pero yo no estoy empezando. ¿Qué es esto de querer que todo el mundo haga teatro? El "renacimiento" tan mentado del teatro en México consiste en que el teatro se puso de moda. Ha sido aceptado como una actividad "cultural", benéfica para el espíritu, como la oratoria o la declamación. Entonces, es "bueno" poner obras y es "bueno" verlas, porque es una actividad de gente culta. Si Guanajuato tiene un grupo de teatro experimental, Querétaro, que es una ciudad cuatro veces mayor tiene que tener tres grupos experimentales. Ahora bien, no hay que hacer teatro a la española, porque eso no está de moda, hay que hacer teatro moderno, es decir, naturalista. ¿Que eso requiere estudio y profesión? No importa, se hace lo que se puede porque al fin y al cabo estamos empezando. Echando a perder se aprende. Echando a perder al público sobre todo. El público va porque allí está su sobrinita haciendo el papel de no sé qué, pero el día que llegue una compañía de fuera, ¿a qué va? ¿a pasar un mal rato en valde? Y es que en todo este "renacimiento" se ha tomado en cuenta todo menos lo esencial, que es que el teatro es, entre otras cosas y sobre todas ellas, un placer. Un placer para el que lo escribe, para el que lo representa y para el que lo ve. Un placer que, como todos los placeres, se paga muy caro con trabajo, con hambres y con dinero. Un placer que quita tiempo, que modifica el carácter, que produce hábito, que puede hacer perder la respetabilidad. La única manera de hacer que la gente vaya al teatro es darle un teatro capaz de producir placer, y ese teatro sólo se logra cuando está hecho con placer. Querer fomentar el teatro con medios externos es como querer fomentar el alcoholismo con una propaganda que diga: "Beba usted hasta caerse". El teatro es algo mucho más natural, y mucho más sencillo y mucho más importante que un deber cívico.