FICHA TÉCNICA



Título obra Tan cerca del cielo

Autoría Wilberto Cantón

Dirección Virgilio Mariel

Elenco Gloria Marín, Carlos Bribiesca, Ricardo Fuentes

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Fábregas

Referencia Jorge Ibargüengoitia, “Otra vez Max”, en La Revista de la Universidad de México, núm. 12, agosto 1961, pp. 27-28.




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Referencia Electrónica

Revista de la Universidad

Columna Teatro

Otra vez Max

Jorge Ibargüengoitia

"Je suis foutu; nous sommes tous foutus,"
[Maupertuis a Cidivele, en Cóccix.]

La noche era serena; en el cielo las estrellas tintineaban; la luna abría su aristocrática boca en un místico bostezo; las calles estaban casi desiertas. En el interior del elegante teatro Fábregas había una distinguida concurrencia; a pesar del calor sofocante, las damas se cubrían con las mejores pieles y los caballeros con elegantes chamarras de dos colores. Sonaron tres llamadas: el foyer quedó desierto y la sala se llenó; las pieles fueron dejadas a un lado descubriendo hombros marfilinos adornados con espinillas, los guantes se retiraron cobardemente abandonando las nacaradas manos sudorosas; el abrigo de las butacas, una que otra dama se quitó los zapatos para dar un respiro a sus rubicundos pies. Se abrió el telón, un suspiro de gozo escapó de todos los pechos; el rictus maxilar abandono los semblantes, los músculos se distendieron y pronto, en el gozo del espectador, las rutilantes dentaduras postizas hicieron su aparición… La pieza que se representaba era una de las obras más acreditadas que jamás hayan escapado de la pluma de autor mexicano: Tan cerca del cielo, de Wilberto Cantón.

La historia, todos la conocemos: un matrimonio sin hijos, perteneciente a una familia, los Hapsburgos [sic], que desde Felipe II fueron famosos por su liberalismo, encontrándose sin nadie a quién gobernar, se deja convencer por unos turistas mexicanos, el maquiavélico Napoleón III y otras personas más, de que aquí en México todo el mundo pide a gritos que vengan a ser emperadores. Una vez aquí, Maximiliano adquiere el mal hábito de hacer consejos de ministros muy sentado en su trono, con su esposa al lado metiendo su cuchara en lo que no le toca, y los ministros de pie; estas circunstancias producen una irritación en todos los presentes que los lleva a tomar medidas descabelladas como decretar leyes marciales y cosas. Por si fuera poco, con una falta de tacto verdaderamente notable, el emperador tiene un consejero liberal a pesar de que sus ministros han declarado enfáticamente que son conservadores. No tardan en producirse los desengaños: el primero viene cuando Maximiliano descubre que Juárez, en quien pensaba encontrar su principal colaborador, es precisamente el enemigo; el segundo, cuando las tropas francesas, que él creía que se iban a quedar a vivir aquí, se retiran; y el tercero, cuando cae en la cuenta de que su desconocimiento de los medios reaccionarios le ha acarreado enemistades hasta con el clero. Al ver que todo está perdido, abdica. Los ministros se reúnen, esta vez sentados ­supongo­, a considerar su abdicación. Mientras tanto, Carlota, le hace ver que si en la familia todos son emperadores, ellos también tienen que ser emperadores, aunque muertos; y que ya que Dios no les dio hijos, siquiera tener un país para dominar, castigar y enseñar. Estos argumentos hacen que el emperador se arrepienta de haber abdicado. Sin embargo, nada se ha perdido, pues al fin y al cabo, los ministros han rechazado la abdicación por 13 a 12. La pareja sigue reinando llena de proyectos, el primero de los cuales consiste ­como todos sabemos­, en que Carlota se irá a Europa a pedir ayuda a sus parientes. Ya sea porque el viaje no le sentó, o porque estaba loca desde el principio, o porque algo le dieron en la famosa naranjada de Eugenia de Montijo, el fin de Carlota es del dominio público, lo mismo que el de Maximiliano.

Este episodio, que desde 1930 ha venido siendo la tentación de los dramaturgos mexicanos, fue tratado de una manera... no definitiva, porque ningún hecho histórico puede tratarse definitivamente, pero sí respetable, por Rodolfo Usigli en 1943. Dieciocho años después Wilberto Cantón presenta una obra que, siguiendo los pasos de Corona de sombra, no sólo "no dice nada nuevo" (como hizo notar el comentarista don Armando de Maria y Campos), sino que no dice absolutamente nada.

"Un Amor más fuerte que la Ambición, que la Locura y que la Muerte" –dice el programa como lema. La cartelera teatral dice: "Todo el esplendor y el romanticismo de un Imperio." Todo esto nos hace suponer que la obra tendrá un contenido, si no sexual como la de Usigli, cuando menos sentimental, y nos encontramos con la pareja menos amatoria, erótica o sentimental que he visto en varios años: un hombre tan reposado, tan majestuoso y tan infantilmente confuso, y una mujer que no habla más que de estrategia y de política, y de que "tenemos que redimir al indio" [p. 28] (este entrecomillado no es una cita exacta, sino el resumen de una actitud).

En cuanto al contenido histórico, no tendría importancia que la pieza no lo tuviera, o que expresara una gran mentira, con tal de que hubiera cierta congruencia entre los diferentes elementos que la componen. Pero no es el caso. Vamos a ver: por necesidades de la marejada, las virtudes de los diferentes personajes están distribuidas de la siguiente manera: Juárez es la izquierda atinada, y por consiguiente bueno; Almonte, Miramón y Co., menos Mejía, son malos por reaccionarios, malinchistas y convenencieros; Mejía es bueno por ser indio y tonto de capirote; Herzfeld es bueno por liberal: Napoleón III es malo por extranjero y por querer imponer en México un emperador extranjero; Maximiliano y Carlota, en cambio, que son la encarnación de las ambiciones de los conservadores (malos) y de Napoleón III (malo), son buenos porque querían un gobierno justo para México, lo que significa que ni Napoleón era tan malo, ni los conservadores estaban tan equivocados. Si partimos de que el gobierno de Juárez es bueno para México, los conservadores son unos traidores, Napoleón III un pirata, y Maximiliano un lambiscón. Si partimos de que Maximiliano pudiera haber sido un buen emperador, Napoleón era un benefactor de México, los conservadores unos patriotas, y Juárez un mal con el que hay que acabar. Si el Imperio era una cosa mala para el país, Napoleón hizo muy bien en negarle su apoyo; si era buena, hizo bien en querer implantarlo. La tesis de Cantón ­si es que así se puede llamar­ lo mejor hubiera sido un gobierno con Maximiliano de emperador y Juárez de primer ministro, que es lo más romántico que nadie se hubiera podido imaginar.

Según Cantón, el pueblo era liberal y los ricos, conservadores, lo cual no es cierto; Miramón era un convenenciero orgulloso, lo cual tampoco es cierto, porque supo enfrentarse a las consecuencias de su equivocación, que consistió entre otras cosas en importar a un emperador inepto. Si Maximiliano creyó que aquí todos querían que él viniera, y que su Imperio sería popular, era un cándido, un vanidoso y un ignorante. No quedan más que dos soluciones, o bien Maximiliano era un gobernante pelele tan detestable como todos los de su clase; o bien, el miembro de una confabulación imperialista que vino a sabiendas de la injusticia que significaba su presencia, y que fue derrotado cuando la confabulación fracasó, es decir, cuando los Estados Unidos sacaron las uñas. En un asunto de tanta envergadura no es justificación bastante ser un incapaz en materia política, y un marido modelo.

La puesta en escena del Fábregas es exactamente la que la obra merece: Gloria Marín, que es mucho más bella en escena que en el cine, y que no tiene malas mañas, se hunde al querer sacar adelante un personaje que habla como cualquier historia de México; Carlos Bribiesca, Maximiliano profesional, con unos veinte años más que el original, con unas barbas postizas que tiemblan más de la cuenta, chongo y unos ademanes mecánicos de esos que prohíben hasta los manuales de declamación, encarna un Maximiliano que-bendito-sea-Dios-que-lo-fusilaron; Ricardo Fuentes, de Napoleón III, no sabe qué hacer con un personaje contradictorio, de quien se dice que es el Mal, y vive aterrado por Eugenia de Montijo, etcétera.

Para solucionar el gran número de cambios de escena que tiene la obra, David Antón construyó cuatro carros que tienen unas enormes columnas blancas, que van cambiando de posición según convenga y que logran, con la ayuda de una iluminación muy poco imaginativa, que se pierda todo el sentido de "interior" o "exterior" que ha de indicar la pieza.

La dirección, tan descuidada y cándida como los espectadores, no supo limar las incongruencias de la obra, ni las vacilaciones del autor en cuanto al tono. Por ejemplo, en el cuadro que se desarrolla en el Vaticano, Carlota dice que tiene días sin comer por temor de que la envenenen; entonces Pío IX encarga un chocolate para que ella lo tome; cuando traen el chocolate ella lo huele y pide que lo pruebe antes un gato para estar segura de que no está envenenado; entonces Su Santidad se vuelve a uno de los lacayos y: "Que traigan un gato". Imagínese a toda la guardia suiza gritando de un lado a otro del Vaticano: "¡Un gato para Su Santidad!" Por alguna razón misteriosa, al señor Virgilio Mariel no le pareció cómica la coyuntura y no la aprovechó. Traen un gato, que huele la taza, no se muere, y se acabó la escena.

Recomiendo al próximo autor que se ocupe de este tema le dé un giro más sensacional. Por ejemplo: Carlota no va a Europa a pedir ayuda para Maximiliano, sino en pos de Bazaine, de quien se ha enamorado perdidamente. Bazaine, con el recato característico de su profesión, huye, y ella va por todas las cortes de Europa preguntando por él, hasta que desesperada, enloquece…