FICHA TÉCNICA



Título obra La casa sin música

Autoría Julio Alejandro de Castro

Elenco María Teresa Montoya, Ricardo Mondragón, Lina Santamaría, Magda Guzmán, Rafael Estrada, Carlos Baena, María Teresa Mondragón, Gustavo Rojo, Juan Gabarrón

Referencia Armando de Maria y Campos, “Reaparición de María Tereza Montoya con La casa sin música, drama de Julio Alejandro, nuevo en México”, en Novedades, 29 agosto 1950.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Reaparición de María Tereza Montoya con La casa sin música, drama de Julio Alejandro, nuevo en México

Armando de Maria y Campos

Después de una ausencia de veintitrés meses, sólo interrumpida por dos apariciones esporádicas para representar La malquerida en el Bellas Artes y en el Arbeu, la eminente trágica María Tereza Montoya ha reaparecido en nuestros escenarios para estrenar el drama en un prólogo y tres actos La casa sin música del autor español Julio Alejandro, como primer capítulo de una temporada que promete resultar espléndida.

Vuelve María Tereza, al frente de un reducido grupo de actores conjuntado especialmente para la obra de presentación, en el que figuran profesionales con experiencia y sitio –Ricardo Mondragón, Lina Santamaría–, otros extraídos de grupos experimentales –Magda Guzmán, Rafael Estrada–, y un debutante que por primera vez pisa las tablas –Carlos Baena–, y algunos noveles en la profesión actoral –María Teresa Mondragón, Gustavo Rojo, Juan Gabarrón–, y también con sitio en el cine, dirigido por un gran director de oficio, que domina, Ricardo Mondragón; y vuelve María Tereza en la plenitud madura de sus excepcionales facultades de actriz dramática por nacimiento, ama y señora absoluta del gesto, dueña de una voz opulenta en inflexiones y matices que sabe usar desde la más vibrante nota aguda, hasta el más sobrio acento grave, pasando por ese medio tono de suavidad de terciopelo en que lucen los cabrilleos del talento y de la emoción esclava de una voluntad segura de su dominio. Ver ahora, a María Tereza Montoya, es privilegio del público más severo, ejemplo también de cómo se alcanza el zenit por lo que Dios le dio al nacer y por lo que ella ha sabido arrancarle a la vida en largos años de estudio y labor, y lección inexcusable para quienes deseen cruzar el ancho y doloroso camino de Damasco de la profesión dramática.

Para reaparecer ante el público de México eligió un drama escrito para ella por el autor español Julio Alejandro, que reside incidentalmente en México, nunca hasta ahora representado en nuestros escenarios. Vida interesante, pintoresca y atormentada la de Julio Alejandro de Castro, producto de los días desgarrados, sin sentido, que vive el mundo desde hace dos décadas. Julio Alejandro nace en Aragón hace 44 años. A los 16 ingresa en la Escuela Naval Militar española. Abandona la carrera de marino con grado de teniente de navío.

Se hace ingeniero cartógrafo y pasa a la Universidad de Madrid, para comenzar la carrera de letras. Se hace doctor en letras; dicta clases de español en la Universidad de Toulouse. A partir de la guerra de España ejerce multitud de oficios, vendedor ambulante, profesor, periodista, actor, director de escena, decorador, corredor de alhajas y de fincas, instructor de niños, secretario, conferenciante, camarero, etcétera. El año 40 es llamado como profesor de literatura a la Universidad de Santo Tomás de Manila. Permanece en Manila durante la ocupación japonesa; resulta herido en la toma de Manila y queda hecho prisionero de los japoneses. Ha dado la vuelta al mundo y ha vivido en 22 países, y sobre todo en Francia, Portugal, Filipinas, Estados Unidos, Chile, Argentina y México. Su primer libro de poemas La voz apasionada con prólogo de Antonio Machado apareció en España en 1923. Su producción teatral comienza el año 1946, con el estreno de Cuatro caminos, capullo de drama que presenta el teatro de la sección de letras de la Universidad de Madrid. El año 47 la compañía Lope de Vega le estrena El pozo, y en 1948 nuestra eximia Virginia Fábregas, que realiza su último recorrido por España, da a conocer La familia Kasbin en el teatro Madrid. En 1949 la compañía titular del Lara madrileño le representa Shanghai-San Francisco, y durante la temporada 1949-1950 tiene la fortuna de estrenar Barriada, por la compañía del teatro María Guerrero y El termómetro marca 40, por la de Catalina Bárcena. Los éxitos más considerables: La familia Kasbin, Shanghai-San Francisco. Tiene Julio Alejandro tres obras por estrenar: El otro hermano, drama en tres actos; Vocación, auto sacramental, y El hombre de medianoche, drama en tres actos.

La casa sin música es un drama amargo, triste, gris y desgarrado, como la vida que nos ha tocado vivir. La acción ocurre en cualquier lugar del mundo, pero ¿por qué se nos figura que todo eso, y más, ha podido ocurrir en España? El marido egoísta, bribón y mujeriego que sólo vemos en el prólogo, los tres hijos, dos de ellos víctimas de la guerra civil, el otro convertido en sacerdote, podrían ser productos de la guerra en Varsovia o en Praga, así como la hija que se entrega sin darse cabal cuenta de lo que hace, la parienta solterona "arrimada" en esa casa sin música, sin luz, sin padre, todo y todos parecen arrancados de una ciudad española castigada por la guerra civil. Muy cosmopolita, Julio Alejandro es un autor de fecunda raíz hispana, y excelente, que sabe construir con técnica de concienzudo ingeniero teatral, que escribe como el poeta que es, y que posee una rara y muy hábil facilidad para encerrar dentro de las tres paredes, seres que sufren y hablan como en la vida, porque de esa cantera inagotable ha sabido arrancarlos con las uñas de una existencia atormentada, hasta hacerse sangre... La casa sin música es una bella pieza dramática, muy humana, movida por certeros resortes teatrales y hablada con un acento de poesía dramática que se mete en el alma del espectador, sin estrujarlo demasiado, pero sin darle tampoco esa consoladora placidez de las vidas que son animadas por la dulce música interior de las pasiones serenas que baña de luz a los espíritus felices...

María Tereza eminente está en la madre. ¿Quién que no sea una actriz de excepción puede lograr una mejor sobriedad en el gesto y en la actitud, mayor riqueza de matices en la voz, y hacer oír mejor los silencios, que ella? Lina Santamaría, excelente actriz madura, le da excelente réplica. Ricardo Mondragón muy sobrio, y bien los tres galanes, entre ellos, uno –Carlos Baena– que pisa las tablas por primera vez. La señorita María Teresa Mondragón –hija de María Tereza y Ricardo–, botón de actriz a punto de reventar, se anotó un legítimo triunfo al lado de su ilustre progenitora. La escena presentada con mucha propiedad, y la dirección de Mondragón sobria, justa y precisa; una dirección responsable, sin propósito de "epatar" a nadie, que es excelente, porque, como el aire, no se ve, pero se respira.

María Tereza fue objeto de un cariñoso, profundo y significativo homenaje de parte del público que asistió la noche del estreno de La casa sin música, sola, y en unión del autor, a quien se obligó a saludar desde la escena varias veces.