FICHA TÉCNICA



Título obra La visita de la gran dama

Autoría Friedrich Dürrenmatt

Dirección Héctor Azar

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Referencia Óscar Liera, “La visita de la gran dama”, en Diorama de la Cultura, supl. de Excélsior, 21 agosto 1977, p. 8.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Diorama de la Cultura, Excélsior

La visita de la gran dama

Óscar Liera

Friedrich Dürrenmatt, novelista y dramaturgo alemán, nació en Berna, Suiza, en 1921. Este fabulista cruel –como lo han llamado algunos críticos– ha confesado que su pasión es la escena la cual viene a ser como un símbolo del mundo, símbolo en el sentido de que representa algo, de que está en lugar de otra cosa, de que resume en sí la significación del mundo; este mundo que es un monstruo, un enigma de desastre; y uno de estos enigmas de desastres es el poder.

En la problemática del poder se concentra el tema de La visita de la gran dama y en esto está de acuerdo el director y esto es lo que deja ver con la puesta en escena; se trata de "el poder –escribe el propio Azar– como factor de desequilibrio capaz de romper el orden todo de las cosas; generador de clases, privilegios, jerarquías y diferencias. El poder como agente inductivo de la corrupción, ya que niega la verdad, la justicia, la equidad, la bondad y la belleza. Y termina con una cita– "el poder tiende a corromper; el poder total corrompe totalmente."

Esto es lo que se resume de la pieza de teatro, esto es lo que Azar ha entendido, esto es lo que vemos en la realidad, y esto es lo que el director ha llevado magníficamente a la escena.

Finalmente, Azar se compromete con el teatro y con la sociedad; con el teatro porque es lo mejor que le hemos visto; libre de toda clase de concesiones y despojado de los grandes compromisos, ha podido realizarse como artista y ha logrado momentos de verdadera delicia, de auténtica magia.

La obra es de tres actos; actos que se cierran con tres magníficos telones de situación que son para ponerse de pie. En el segundo telón se acosa al héroe con unos biombos y se le va encerrando poco a poco; como todo un mundo material que se viene sobre él; y está solo; y se desata un caos de hierro, de moho, y el cielo y la tierra comienzan a juntarse –todo sintetizado en los biombos– y las voces se multiplican; y el héroe está solo; y los biombos estrechan cada vez más y más el espacio y sólo queda una abertura por donde entra la luz y la mirada curiosa de un público que se ha identificado y que vive momentos de angustia; luego, viene el oscuro, y la desolación. El telón del tercer acto es de menos acción física, pero de profunda significación; Clara Zachanassian ha comprado la vida del héroe y con gran finura y desprecio antes de entregar el cheque lo deja caer al suelo, el alcalde tiene que recogerlo, lo levanta y como una pequeña muletilla, con significativa lentitud, lo va ofreciendo a todos a la vez que va haciendo un pase. Y todos nos sentimos humillados al recibir la partecita de ese cheque que alguna vez hemos tomado.

Justicia es, en general, el orden de las relacionas humanas; orden que se ve roto en la obra, orden que se rompe día con día en nuestra realidad.

Wilberto Cantón ha comentado en EXCELSIOR que la obra viene a ser "una meditación sobre la justicia y sobre la fragilidad humana; en cada hombre vive un asesino emboscado (...) oculto tras los convencionalismos, los prejuicios…" y tiene razón, este animal tan extraño que se llama el hombre es tan misterioso y sabe tan poco de sí, que la muerte –tan presente en Dürrenmatt– es lo más seguro que tiene y a lo que más se le teme. Para el autor la muerte es un acto ridículo que sólo viene a demostrar lo absurdo de la vida. El poder, la Justicia, la vida, la muerte y gran cantidad de hechos, actos y valores están presentes en La visita de la gran dama, sin que sepamos cuál es más importante que el otro, Dürrenmatt dice al respecto: “mi teatro resulta a menudo multívoco y parece confundir, mi pasión es representar en el teatro la riqueza y multiplicidad del mundo”.

Hasta el momento es lo mejor que ha ofrecido la Compañía Nacional de Teatro con la aclaración que también es la obra mejor escogida para nuestra realidad nacional, y es también mucho más accesible que las anteriores y la de más actualidad.

También es importante hacer notar que es una de las obras que mejor han sido iluminadas; tal parece que los directores en México descuidan mucho este aspecto. La iluminación ha ido quedando en el teatro como una necesidad para que el espectador pueda ver, pero no como una parte creativa que debe formar parte de la obra artística y que a la vez sirva para recrear algunos momentos. Hay que recordar que el teatro es la síntesis de todas las artes y dentro de esta síntesis la escenografía y la iluminación son de vital importancia.

La escenografía es lo más pobre de la obra, tan pobre que alguien dejó unos caballos olvidados –seguramente de alguna obra de teatro ecuestre– y han quedado como parte del decorado y que el director los utiliza para apostar a algunos personajes –como en la puesta en escena de Kean– que se encantan y se desencantan por momentos.

Con el vestuario Azar quiso jugar con los colores; partiendo de un color firme, el café, pretende lograr todos los matices que se pueden ir desencajando de este color no primario, y luego combinar o contrastar con colores diferentes que puedan identificar a otros personajes. El intento es bueno, pero sólo queda en eso, el único que ha logrado estos juegos con verdadero talento y buen gusto es Héctor Mendoza.

Finalmente es motivo de gran alegría para el teatro mexicano que el señor Azar haya comprendido lo que significa el poder y los terribles vicios que ahí se engendran.

Sea cual fuere la razón, la obra está muy bien y creemos que el público de México merece ver este trabajo y que los actores merecen ser vistos por todo el público de México.