FICHA TÉCNICA



Título obra La herida del tiempo

Autoría John Boynton Priestley

Notas de autoría Julio Escobar / traducción

Dirección Luis G. Basurto

Elenco Eva Calvo, Emma Finck, Beatriz Jimeno, Nora Veyrán, Beatriz Saavedra, Gloria Cancino, Héctor López Portillo y Rojas, Manuel de la Vega, Rafael Estrada, Eduardo Uthoff

Espacios teatrales Teatro El Caracol

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de La herida del tiempo de John Boynton Priestley, por la Cía. de la nueva generación de actores”, en Novedades, 23 julio 1950.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de La herida del tiempo de John Boynton Priestley, por la Cía. de la nueva generación de actores

Armando de Maria y Campos

J.B. Priestley, nacido en Inglaterra en 1894, no quiso ser, después de publicados The English novel y English humour, "un escritor para escritores". Por no desearlo, este ensayista, novelista, autor dramático y conferenciante importantísimo de radio, cuenta con una área de lectores considerable, pero no siempre con el elogio de quienes valoran con apasionamiento minoritario especial. En 1929 con The good companions (Buenos compañeros), salta del reducto estrictamente literario en el que se desenvolvía, a una zona de atención más vasta. Viniendo después Angel pavement; las comedias Time and the comways –vertida al español con el título La herida del tiempo, por Julio Escobar, estrenada en el teatro Nacional María Guerrero, de Madrid, el 17 de noviembre de 1942, bajo la dirección del propio Escobar, y en México el 14 de julio de 1950, bajo la dirección de Luis G. Basurto, quien usó la traducción de Escobar–; I have been here before; la autobiografía Midnight on the desert; su otra comedia, Johnson over Jordan; sus libros autobiográficos Rain upon Goldshill, Out of the people; además, Bright day, Three men in new suits, Black-out in Greathy; su novela Jenny Villiers –que es una historia de teatro–; su comedia Ever since paradise, traducida al español por Conchita Montes, y definida por su autor como "entretenimiento discursivo en tres actos, que trata principalmente del amor y del matrimonio"; se le traduce con insistencia, aunque no siempre con respeto –léanse las versiones argentinas de Lautero: Llegaron a una ciudad y Música en la noche, etc., etcétera.

El autor de Esquina peligrosa y Ha llegado un inspector, ambas representadas en México, se ha colocado en un lugar equidistante de los intelectuales que consideran degradante llegar a un gran número de lectores, y de los escritores que se degradan demasiado para llegar a sectores amplios. Para quienes van a sus libros y a sus obras dramáticas, seguros del pozo intelectual que los contrasta, Priestley es un interés lleno por otro lado de nobleza y dignidad. Los aficionados mexicanos al buen teatro gustan extraordinariamente de las obras de Priestley; es ya uno de sus favoritos, como prueba el interés que ha despertado La herida del tiempo, que representa estas noches en el teatro del Caracol un grupo de la nueva generación de actores.

Si una obra dramática propone un tema o una idea, es ley inexorable que fascine desde el primer día. La herida del tiempo brinda un tema, eterno, con su melancolía hecha poesía hasta enervar, hasta sentirse uno ambicioso de vivir por la fuerza infinita de esa melancolía; como después de la lectura del poema de Williams Blake, que pone término a la inútil acción de tres actos maravillosos:

Alegría y dolor forman fino tejido,
del cual va haciendo el alma su túnica inmortal;
bajo cada aflicción, junto a cada
gemido
pone su hilo de seda una alegría real.
Yo estoy conforme, y es justo que así
sea;
el hombre ha sido hecho de alegría
y dolor;
y cuando esta verdad del más allá
nos llega
marchamos más seguros por un
mundo mejor.

Los personajes de La herida del tiempoTime and the comway– cruzan el tiempo. El primer acto es un puro pasar el tiempo, un simple vivir de ilusiones, por su misma sencillez. En el segundo acto, empero, se produce la chispa. Tiene, en verdad, un fondo pesimista, pero no es triste. En ese segundo acto, en el que se pulsa el ilusionismo que cabe en las ilusiones, hay una auténtica discusión teatral. Su valor es esencialmente dramático; incruento, porque es un drama dialéctico.

Esa entidad avasalladora, pertinaz e insobornable que es el tiempo, es su tema y motivo. Es la discusión violenta, rotunda y agresiva de las almas en queja por la brutal indiferencia de los años que pasan y se aplastan. El tiempo mueve a los entes y entreteje su atmósfera, embelleciendo, la inquietud de ese segundo acto –en realidad el tercero, que es el penúltimo de todas las vidas– cuando las vidas que no alcanzan no han entrado aún en la cansina, noble y abrigada adaptación a la ley fatal de la existencia. La herida del tiempo es un prodigio de nostalgia, de irrebatible pena, del rico éxtasis ante la fatalidad; como pieza de teatro es un hallazgo y un alarde, superior en su tratamiento como tema a Jenny Villiers, novela, y a Llegaron a una ciudad, obra dramática, cuyo clima, cuyo olor a misterio adivinado, fascinan al espectador o al lector, desde la primera escena, desde la primera página.

La herida del tiempo fue dirigida por el joven y estudioso Luis G. Basurto, y logró la mejor dirección que le conozco, salvando la auténtica prueba que para un director que se estima significa mover a sus personajes con agilidad, ritmo y buen gusto del mundo real frívolo, a una atmósfera de sueño materializado en dolor, angustia y resignada desesperación. El primer acto lo movió con travieso ritmo, recuperando su compás en el tercero, sin que la acción perdiera transparencia. Los intérpretes –veteranos unos en la corta vida de los grupos experimentales, noveles la mayoría–, pusieron su más alegre entusiasmo. Correcta Eva Calvo; segura y desenvuelta Emma Finck; muy adelantada Beatriz Jimeno y luciendo su belleza y ángel Nora Veyrán; Beatriz Saavedra así como Gloria Cancino, las tres todavía en los balbuceos del difícil arte de representar. Héctor López Portillo, Manuel de la Vega, Rafael Estrada y Eduardo Uthoff, bien en sus responsables intervenciones.