FICHA TÉCNICA



Título obra Doña Mariquita de mi corazón

Autoría José Muñoz Román

Dirección José Muñoz Román

Grupos y compañías Compañía de José Muñóz Román

Espacios teatrales Teatro Esperanza Iris

Productores José Muñóz Román

Notas Comentarios del autor sobre el viejo teatro frívolo con motivo de la presentación de Doña Mariquita de mi corazón

Referencia Armando de Maria y Campos, “Las revistas del teatro Martín madrileño en el gran teatro Esperanza Iris de México. La persistencia del viejo teatro”, en Novedades, 14 julio 1950.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Las revistas del teatro Martín madrileño en el gran teatro Esperanza Iris de México. La persistencia del viejo teatro

Armando de Maria y Campos

Como una de esas plantas que cada vez que se las arranca vuelven a nacer y despuntan con la ironía de los que hemos creído vencidos y de nuevo tornan a la lucha, el viejo teatro de temas gastados, antigua cepa y formas anquilosadas, vuelve a resurgir cuando ya lo creemos enterrado para siempre. Acaso la tierra inagotablemente fecunda que necesitan para renacer las plantas es, en este caso, el público incurablemente aficionado a cierta tradición escénica, que, es, aunque pasa el tiempo y se modifiquen los gustos de los que analizan, la que hiere en forma más directa su sensibilidad, la que pega más fuerte en su emoción primaria. El teatro no morirá, soy un convencido de ello, pero seguirá llevando una vida precaria, y me refiero particularmente al que se hace en México, si nos empeñamos en seguir cruzando los senderos más trillados, y si cuando ascienden a nuestra planicie empresarios que nos presentan espectáculos de estilo, corte, hondura y profundidad vieja o nula, batimos las palmas de júbilo, como si nada mejor hubiéramos visto antes, o, como si para desgracia nuestra, pudiéramos gustar igual que manjar exquisito, el bocadillo trasnochado –porque se viene presentando hace miles de noches–, y sancochado, además.

Creo que hay una forma de teatro que felizmente ha muerto: la superficial, es decir, la de la comicidad ligera y la falta de materia, el hueco y resbaladizo, el frívolo y de retruécano de viejo vaudeville francés, que hoy comprueba hasta la evidencia que no interesa a nadie que tenga paladar sano y no ignore que el teatro como espectáculo, disciplina artística e inquietud mental, no deja de renovarse, y no da paso atrás desde el año 18 –cuando concluye la primera gran guerra–, se desvanecen muchas fronteras, deja de existir, o casi, como espectáculo local, para hacerse cosmopolita, universal. Claro que algunos géneros se aferran a determinados locales, porque así lo exigen sus respectivas parroquias.

Este, el teatro que hace años, el rezagado, mientras hacia Belem la caravana pasa...

El teatro desopilantemente cómico, que ya linda en lo bufo, por desgracia me parece más difícil de matar que la hidra de Lerma; pero, claro está, que éste sólo puede tener una vida comercial, que es dable considerar en ninguna valoración artística. El que a esto aspira vive y se renueva, y hasta llega a conseguir éxitos verdaderamente amplios en el sentido de cantidad, de gran público, si bien se requiere para ellos circunstancias especiales, climas apropiados, y, en general para llegar a los vastos sectores que, junto al valor de la pieza, se logre el sentido integral del espectáculo.

Me sugieren estas consideraciones la presentación en el gran teatro Esperanza Iris de esta ciudad del espectáculo habitual, permanente o titular del modesto, barriobajero sí que muy alegre teatro Martín, de la Villa del Oso y del Madroño, ofrecido a nuestro público como el moderno que estábamos esperando, que México no había visto nunca, o menos desde que nuestro país nació –fue descubierto y fraternalmente conquistado– para quienes, en su mayoría, ignoraban en qué sitio, del otro lado del mar vivía, desde hace siglos, un gran pueblo hospitalario y en constante revolución, es decir, evolución. La presentación de la compañía de revistas del teatro Martín, de Madrid, con su empresario, director y autor de libretos, don José Muñoz Román, al frente de ella (por cierto, y esto revela ignorancia inexplicable, se le estuvo mencionando en la propaganda previa como "maestro y compositor"), esperada con curiosidad por la población nueva de México, ha venido a confirmarnos la idea de la persistencia del viejo teatro, un teatro alegre para público poco exigente, el estancado, el repetido, el que aun sin excesos desdeñables, no se preocupa de renovar formas, ni temas y continúa buscando el aplauso por las rutas más seguras, por lo mismo que son las más conocidas, y, por lo tanto, las más probadas. Este es el teatro que no muere, este es el teatro cuya permanencia llama la atención, en medio del tiempo que corre acelerado, de los gustos que cambian, de la psicología de las épocas, que es uno de los fenómenos sociales más variables, de los nuevos ideales, altos y bajos, de la especie humana, que son cada día diferentes en ilusiones y en placeres, en ideas y diversiones, y, sin embargo el viejo teatro –como éste de que es ejemplo la pieza Doña Mariquita de mi corazón con que se presentó la compañía del Martín, de Madrid, viejo desde principio a fin–, pueril y frívolo, continúa dueño de ciertos auditorios con una sorprendente persistencia. Acaso sea porque en los hombres una de las pocas cosas que no varían son los resortes de su emoción frívola. Podrá cambiar su manera de pensar y de divertirse, sus formas de trabajo y de descanso; los problemas son los que van marcando la hora, y el ritmo, el que va acelerando el apuro del siglo, pero el escape emocional de la diversión frívola, que da la impresión de que el tiempo con sus amargas experiencias no pasa, es uno, único en la vida y en el teatro. ¿Cómo no regocijarse de pensar que aún estamos en los tiempos de la divertida farsa La tía de Carlos, en los de La viejecita de Echegaray? El hombre que ha cultivado su inteligencia y refinado su espíritu, puede tener una emoción artística y aun una emoción intelectual; pero el público en general, sin necesidad de ser grueso, simplemente medio, se deja impresionar siempre por los mismos resortes de la sensibilidad. Viejo y eterno teatro que, aunque se arranque la planta, siempre quedan las raíces.

Así, éste que durante años y años se representa en el coliseo barriobajero madrileño, como si nada hubiera ocurrido en el mundo, y en Europa, y ¡en España!, estos últimos 36 años, y ahora en el Iris, de México. Todo contribuye a afirmar la impresión de que el tiempo se ha detenido en el espectáculo de Muñoz Román: su primera figura masculina, Lepe, ya lo era en aquel remoto ayer; su vedette, Trudi Bora, alemana, de Franckfort, en la plenitud de la vida, canta, baila e ilumina la escena como cualquiera de las grandes artistas del género de opereta de antes del 1914, cuando los millones de Anna de Glavari hacían pensar a los oficiales de las cortes de Francisco José y Guillermo II que esas cosas que musicaba Lehar era una lástima no fueran ciertas....