FICHA TÉCNICA



Título obra El don de la palabra

Autoría Agustín Lazo

Elenco Fernando Mendoza, Luis Beristáin, Miguel Manzano y Mario Murataya, Isabela corona, Beatriz Aguirre, Emperatriz Carvajal, Dolores Tinoco (Lola)

Escenografía Agustín Lazo

Grupos y compañías Compañía Mexicana de Comedia

Espacios teatrales Ideal

Eventos Temporada de teatro mexicano contemporáneo organizada por la Unión Mexicana de Autores

Referencia Armando de Maria y Campos, “Estreno de El don de la palabra de Agustín Lazo, por la Compañía Mexicana de Comedia de la Unión Mexicana de Autores”, en Novedades, 6 junio 1950.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Estreno de El don de la palabra de Agustín Lazo, por la Compañía Mexicana de Comedia de la Unión Mexicana de Autores

Armando de Maria y Campos

Un duendecillo travieso, que nunca falta en las redacciones impidió dos veces que apareciera en esta columna nuestro comentario crítico sobre el acontecimiento que para nuestro teatro ha significado la iniciación en el teatro Ideal, de la temporada de teatro mexicano contemporáneo, con la Unión Mexicana de Autores como socio importante de la empresa Impulsora Teatral Mexicana, S.A. de C.V. Nuestro comentario llegó a "pararse" en el linotipo y estuvo en la mesa de formación; de ahí fue retirado varias veces por exceso de material, posteriormente fue reintegrado "al metal". La copia al carbón, que todo escritor conserva para casos como éste, fue entregada a los jerarcas de la redacción, peor entonces se cayó en la cuenta de que como material periodístico carecía de actualidad, se había hecho viejo. El tiempo pasaba, y mientras tanto la temporada de teatro contemporáneo continuaba representando con relativo éxito económico El rancho de los gavilanes, la pintoresca y entretenida pieza folklórica de Ladislao López Negrete, laureada con la mitad de un primer premio en el concurso para obras de teatro de autores mexicanos que hace dos años celebra Novedades.

El rancho de los gavilanes permaneció decorosamente en cartel el periodo de dos semanas previsto como mínimo, para dar lugar al segundo estreno de la temporada, que ha sido el de la comedia dramática en tres actos, original de Agustín Lazo. El don de la palabra, presentada, como la primera, con el mayor decoro, con escenografía del propio Lazo, que fue cocinero escenógrafo antes que fraile autor, y que realizó una "decoración" muy moderna y del mejor gusto, logrando darle al minúsculo escenario del teatro Ideal una profundidad, una hondura insospechada, demostrando que como escenógrafo no ha dado un paso atrás de sus balbuceos en el escenario del teatro Orientación de la Secretaría de Educación, aún más breve e incómodo que el de la calle deDolores.

Periódicamente los autores mexicanos se reúnen para hacer representar sus propias obras, siempre con éxito artístico, no siempre acompañándoles el éxito de taquilla. Sin embargo, cada temporada ha superado a la anterior en resultados económicos y de cada temporada han quedado buen número de obras de autores nuestros que vienen a confirmar que pueden hombrearse con los más estimables de cualquier país que se enorgullezca de tener teatro propio. Un recorrido, no importa qué vertiginoso, nos llevaría a la conclusión de qué óptimos frutos rinde cada temporada de autores mexicanos. Desde la primera, organizada por el hábil empresario en el teatro Lírico don José Arnal, el año 1922, durante la que se representó mi primera y única obra en tres actos, La última rosa –18 de agosto–, hasta la que organizaron Alfredo Gómez de la Vega y Salvador Novo en el Bellas Artes, en 1947 y durante la que se representó la primera obra de Lazo, La huella –19 de abril–, se han estrenado periódicamente obras de nuestros autores, todas decoradas por escenógrafos mexicanos. Ésta, organizada por la Unión Mexicana de Autores se ha iniciado bajo los más rutilantes auspicios, y superará en resultados, estoy seguro, a las celebradas en 1922 y 1925 –temporada pro arte de comedias mexicanas–; 1926 –temporada de los siete–; 1929 –comedia mexicana en el Regis (en ésta debutó Diego Rivera como escenógrafo pintando telones para El corrido de Juan Saavedra de María Luisa Ocampo), primero y en el Ideal después–; 1931, con María Tereza Montoya como principal animadora; 1932, llamada del Teatro de Ahora, en la que aparecieron Bustillo Oro y Magdaleno, los dos arrebatados por el cine; 1936, con Andrea Palma como primera actriz, por el interior y otra en el teatro de la Universidad, llevando a escena una obra de Mariano Azuela y tantas otras que harían de este comentario una relación erudita fuera de tono y lugar... Cerca de cien piezas de autores mexicanos se han representado en nuestros escenarios, con éxito vario, tanto en lo artístico como en lo económico, desde Arnal que abrió su temporada en el Lírico, a mediados de 1922, con obras de Marcelino Dávalos, Teresa Farías de Isasi, Antonio Guzmán Aguilera, Armando Maria y Campos y Rafael M. Saavedra, hasta ésta que está en marcha en el Ideal, y que ha presentado El don de la palabra de Agustín Lazo.

Este gran pintor y escenógrafo y fino e inteligente autor, está vinculado, con distintas colaboraciones, al movimiento de nuestro teatro nacional desde su adolescencia. Durante la primera temporada del grupo de teatro experimental Orientación, hacia 1932. Lazo pintó la mayoría de las obras que se presentaron, alternando con pinceles del fuste de los manejados por Montenegro, Rodríguez Lozano, González, Tamayo, Ruiz y Fernández Ledesma. Posiblemente su primera escenografía fue para La petición de mano de Chejov. Antes de presentarse como autor, con La huella, tradujo, siempre del bracero con Villaurrutia, a Molière, Goldoni, Giraudoux, Pirandello y Salacrou. En 1936 dio a las prensas su primera obra original de teatro, Segundo imperio, y en 1947 logró estrenar en Bellas Artes –19 de abril– su segunda obra, La huella. En noviembre de ese mismo año –el 27– subió a escena en nuestro primer coliseo su drama El caso de don Juan Manuel, que antes había sido representado en funciones privadas por la Compañía de los amigos del teatro en México, en el pequeño teatro de La Posada del Sol.

El don de la palabra, cuarta pieza de teatro de Agustín Lazo no es inferior en calidad a las anteriores, pero adolece de graves defectos de técnica, es oscura en su desarrollo y amarga en su epílogo. Lazo plantea en los dos primeros actos otros tantos conflictos –el hijo descarriado de un matrimonio desaprensivo y los amores con fruto de la hija de este matrimonio, con su tío carnal–, y desenlaza este segundo tema, después de abandonar sin resolver el primero, con un suceso inesperado: el novio de la chica descarriada, personaje desvanecido en el curso de la obra, mata al tío que le roba a la mujer que no llegó a ser formalmente novia, como podría hacerlo cualquier personaje del teatro romántico del siglo anterior al existencialista, desesperado y de absoluta confusión que vivimos. No obstante el zigzagueante y sorprendente curso de los acontecimientos, que ahonda en vez de resolver los problemas de la desavenencia conyugal entre los padres de los dos hijos descarriados, la pieza de Lazo, muy bien escrita, de la que sobresale el magnífico segundo acto, de un equilibrio dramático perfecto, es congruente, y desde luego, fundamentalmente teatral. El autor no renuncia a su gravedad y a su mesura, características de su teatro; pero sabe imprimir hondo dramatismo a las escenas de este tono, en tanto que en las sentimentales o amorosas conserva su también equilibrado buen gusto, su ponderación en el vocablo, justo y preciso.

La interpretación ofrece dificultades a los actores que forman el cuádruple nervio de la acción quebrada por sucesos inesperados. El carácter mejor trazado es el del victimado Dionisio, que Fernando Mendoza interpretó con caliente fogosidad. Los tres personajes masculinos restantes, borrosos, a ratos, fueron encarnados con talento por Beristáin, Manzo y Muratalla, en ese orden. Cinco personajes femeninos intervienen en la acción, y los cinco fueron confiados a excelentes actrices: Isabela Corona, Beatriz Aguirre, Emperatriz Carvajal y Lola Tinoco. La señorita Aguirre, de acuerdo con la humana realización de su personaje –Leonor–, estuvo más feliz, y alcanzó magníficos momentos, en el segundo acto particularmente. La señora Carvajal, muy vehemente y a la vez equilibrada, tuvo también oportunidad de lucir, lo que no logró la señora Corona, por la difusa calidad de su personaje. La señora Tinoco, discreta. Al final de los actos segundo y tercero fue reclamada la presencia del autor en escena.