FICHA TÉCNICA



Título obra Entre camaradas

Autoría Colette

Notas de autoría Álvaro Arauz / traducción

Dirección Simón Armengol

Elenco Carmen Salas, Ana María Villaseñor, Miguel Maciá, Rafael Beltrán

Espacios teatrales Sala Molière de La Casa de Francia

Referencia Armando de Maria y Campos, “Se representa en la sala Molière de La Casa de Francia la pieza Entre camaradas de Colette”, en Novedades, 4 junio 1950.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Se representa en la sala Molière de La Casa de Francia la pieza Entre camaradas de Colette

Armando de Maria y Campos

En la sala Molière de La Casa de Francia se representa esta noche la única pieza grande de teatro que en su larga vida literaria ha escrito la famosa escritora francesa Colette, obra en dos actos titulada Entre camaradas, que traducida por Álvaro Arauz, director de la presente temporada de teatro francés en castellano, durante la que ya se han presentado Juana de Arco en la hoguera de Claudel y A puerta cerrada y Muertos sin sepultura de Sartre, circuló en edición limitada de 300 ejemplares, a fines del año próximo pasado.

En una breve presentación de la obra –y de la escritora–, el escritor Arauz dijo la noche de la primera representación de Entre camaradas, que esta pieza era la primera que directamente para la escena había escrito Colette, lo que no es exacto, e insinuó que antes de ahora no se había representado nada de la creadora de Claudina en nuestros escenarios, lo que es inexacto.

Una pieza de Colette fue representada en el teatro Ideal de México por la compañía de alta comedia de la actriz mexicana Mercedes Navarro, la noche del sábado cuatro de agosto de 1923. En abril de ese mismo año, Mlle. Colette había estrenado en París su comedia en cuatro actos La vagabunda, con Cora Laparciere en la protagonista, adaptación de su novela del mismo título por la propia escritora. Mercedes Navarro fue una actriz de una inquietud artística literaria casi sin precedente en nuestro medio teatral, únicamente le sacaba ventaja Virginia Fábregas. Ambas actrices vivían pendientes de la llegada del correo de Europa con los últimos números de La petite ilustration y si veían que traía alguna obra que se adaptaba a sus facultades, o a las posibilidades de sus respectivas compañías, la mandaban traducir y la estrenaban a los diez o doce días de haber llegado a México el ejemplar impreso. Durante largos años tradujeron semanariamente para la Fábregas José Castellanos Haff y Enrique Barbieri cuanto bueno traía La petite ilustration. Lo propio hicimos durante años José Manuel Ramos y yo primero para Mercedes Navarro, después para Fernando Soler. La bella pieza de Colette La vagabunda fue traducida al vapor. Mercedes ensayaba sobre los materiales directos, sin corregir siquiera las erratas de máquina; el último acto se lo entregamos la tarde de la víspera del estreno. Así se hacía teatro en México entonces. La obra se estrenó con éxito. Paso la vista por el viejo programa que tengo delante, y se encienden con brillo de recuerdo los nombres de grandes actores desaparecidos, amigos fraternales: Andrés Chávez, Pepe Serra Salvo, Gustavo Márquez, Feliciano Rueda, Octavio Martínez... La vagabunda gustó las pocas veces que fue representada, alternando con La esclava, comedia de Ricardo Parada León, que fue estrenada la noche del día siguiente, domingo, y con Estos hombres de Catalina D'Erzell, que fue representada por primera vez el 2 del mismo mes, es decir a los ocho días del estreno en México de La vagabunda de Colette. No ha vuelto a representarse, y es una lástima, porque es muy bella y teatral.

Es verdad que Colette no había escrito nada directamente para el teatro antes de Camaradas, la fina y desconcertante pieza que no obstante haberse representado dos noches seguidas en el teatro de La Casa de Francia, continúa inédita para la escena, entre nosotros. Ni una palabra, hace falta sobre la dirección, menos que discreta, del señor Armengol, ni sobre la gris, triste y poco espiritual interpretación que le dieron Carmen Salas y Ana María Villaseñor, Miguel Maciá y Rafael Beltrán, éste sobresaliendo un poco en "un muchacho joven, amigo del matrimonio" que componen Fanchette y Max que quieren vivir como camaradas, y entre camaradas, cada cual con su cada quien, hasta que se convence de que –lo dice Max, a punto de sorprender a su mujer en brazos del muchacho–: "¡No hay camaradas del sexo contrario". Ojalá y podamos ver esta pieza en condiciones menos adversas. Colette lo merece...

Porque Colette, con cerca de los ochenta años –acaba de cumplir 77– continúa en el candelabro de la actualidad parisiense; con Gide, que cuenta ochenta años, con Claudel que ha cumplido 82. Los tres escritores más grandes de Francia son octogenarios, fenómeno que tendrá que ser registrado con cierta ironía, si se tiene en cuenta que Francia es un país donde una jauría de jóvenes lobos de largos colmillos se lanza a la conquista del mundo, con el grito repetido de: "¡Sitio para los jóvenes!" Pero el triunfo de los ancianos es una tradición muy francesa, conocida por todas las generaciones. Recordemos el apoteosis de Voltaire regresando a París, para la representación de Irene cuando contaba con 84 años de edad. Y al Hugo de los últimos años, izado sobre el pedestal del semidios barbudo, y haciendo digresión a todo lo largo del siglo XIX. Y hace muy poco a Anatole France. Y menos todavía, el apoteosis de Claudel, que ayer, como quien dice, ocupó cuatro teatros parisienses con Le pain dur, Le portaga du midi, Le pére humilié y Le soulier de satin. Volviendo a Colette, el éxito mayor de la temporada teatral de invierno último, fue el reestreno de Chéri, lo que reafirma su juventud intelectual, y su vitalidad que le permite vigilar el rodaje de sus películas sobre Chéri, Gigi y Julio de Carneilhan. Tiene razón Homero: "Nuestros bisabuelos eran más grandes y más fuertes que nosotros". Hay que saber llegar a viejo, para ser auténticamente maduro. "Los grandes hombres –sentenció juiciosamente Plutarco– son generalmente desconocidos cuando nacen".

Colette, la ingenua libertina de ha medio siglo, se ha convertido. Su intervención en los Premios Goncourt ha ocupado la actualidad literaria de París, con la clave de sus enigmas de conversa. ¡Qué lejos están las noches babilónicas de Marigny, sus exhibiciones con Willy, padre de "Claudina". ¿Cuál fue el camino de Damasco de Colette? El amor sosegado, la madurez consciente, solvente, que puede dictar obras como ese admirable Trigo en el tallo, comedia en un acto. Como ésta es una columna dedicada al teatro, veamos la filosofía de Colette en Trigo en el tallo.

Se levanta el telón. La escena, a oscuras. Dos personajes invisibles disertan, con saber y experiencia, sobre el amor. En las últimas réplicas se ilumina el escenario. ¡Sorpresa deliciosa! Los dos amantes del coloquio tienen quince y dieciséis años, respectivamente. En el tallo juvenil está ya el trigo de la madurez. La juventud no se da cuenta: obedece a su signo, que es instinto y desenfreno. Ya lo dijo Rubén en inmortal estrofa:

Potro sin freno se lanzó mi instinto,
Mi juventud montó potro sin freno...
Iba embriagada y con puñal al cinto.
¡Si no caí, fue porque Dios es bueno!

Colette, amada abuela Colette, que recogiste el cetro abandonado por Severine, que con La vagabunda y Chéri ascendiste las misteriosas cumbres de todos los infortunados, de Shelley, de Poe, de Baudelaire, precursora del feminismo libre, feliz tú que desde la cumbre de "la montaña augusta de la serenidad", practicas el ejemplo de las grandes conversas, desde María Egipcia hasta María Magdalena...