FICHA TÉCNICA



Título obra Calígula

Autoría Albert Camus

Dirección Luis Unzueta

Elenco Earl Sennet, Francis Vargas, Héctor Gómez, Maybelle, John Herrmann, Robert Weston, Claude Brook, James McCrae, Billy Poindexter, James Connolly, Robert Ramírez, Muriel Rettger, Selma Harris, Vic Morrow, Thomas Riste, Jaon Devlin

Escenografía Julio Prieto

Música Carlos Jiménez Mabarak

Vestuario Julio Prieto

Grupos y compañías The Mexico City Players

Espacios teatrales Sala Latinoamericana

Referencia Armando de Maria y Campos, “Calígula de Alberto Camus, por The Mexico City Players, en la sala Latinoamericana”, en Novedades, 1 junio 1950.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Calígula de Alberto Camus, por The Mexico City Players, en la sala Latinoamericana

Armando de Maria y Campos

The Mexico City Players ha presentado en la sala Latinoamericana, una de las obras que más resonancia tuvo en la temporada de 1945, en París, Calígula de Albert Camus, no representada aún en ninguna de las Américas, aunque ha tenido enorme éxito en Francia e Inglaterra. Ligado a la corriente literaria de signo filosófico que tiene a Jean Paul Sartre por principal director –y del cual se declara ajeno–, el sesgo peculiar de su obra participa de la actitud de "existencialista".

El tema de Calígula parece haber atraído la atención de Camus de un modo natural, es decir como progresión hacia la expresión más fiel de su pensamiento. Un emperador literalmente osa alcanzar la luna. El conduce un extraño experimento en el cual la vida humana tiene muy poco valor, y aun puede decir con perfecta ecuanimidad: "¿Quién puede condenarme en este mundo donde no hay juez; donde nadie es inocente?" Esta vez el desafío del hombre a la vida que Camus había hecho lanzar a cada una de sus creaciones anteriores, constituirá el tema propio de la obra.

El demonio de la libertad se apodera de un ser y lo conduce implacablemente a su perdición. Calígula desemboca en lo que constituye el punto de partida del "extranjero" de su novela. La conclusión de la novela y la de la tragedia es la misma: la libertad no soporta ser vivida y, socialmente, es inmoral. Mas, he aquí a Calígula, al emperador Calígula, al hombre Calígula. Hechos y personajes son rigurosamente históricos. Están en Suetonio. Pero lo que le interesa a Camus y al espectador son las razones que guían a los personajes.

Al levantarse el telón, los patricios están inquietos e impacientes. Calígula ha desaparecido. Desde hace tres días, después de la súbita muerte de su hermana Drusilla, a la que amaba incestuosamente, nadie sabe de él. Hasta ese momento, Calígula ha sido un buen monarca, es decir, "escrupuloso y sin experiencia". Al reaparecer, su aspecto es inquietante. Sorprendido por la muerte, ha descubierto de pronto "que las cosas y el mundo, tal cual son, no pueden soportarse". El inmenso desprecio que experimenta por todos y por todo, le produce una especie de locura: una insólita necesidad de lógica que lo lleva al absurdo.

Para Calígula, ahora, el universo se le presenta como un caos de ideas falsas, de máscaras grotescas, de gestos sin significado. Nada sirve para nada. Todo está permitido. Una vez reconocido el absurdo, éste autoriza una libertad nueva y embriagadora. "Si el absurdo aniquila toda oportunidad de libertad eterna, restituye y exalta, en cambio, mi libertad de acción". Seguro de ello, Calígula quiere vivir intensamente todas las viejas reglas morales, políticas, naturales, religiosas. Asesina, roba, traiciona. La noción de liberta lo embriaga como un vinillo delgado. Vacila entre todos los crímenes posibles. Busca a cada instante la sensación de existir.

Pero el ejercicio arrebatado de la independencia engendra la monotonía, lo mismo que cualquier quehacer cotidiano. El hastío espera al extremo de todas las empresas humanas, sean éstas impulsadas por un sencillo afán doméstico. Calígula no lo ignora, como tampoco ignora los odios que suscita, ni el brazo que empuñará el arma tiranicida. Para probar una vez más su libertad, derrite ante el principal conspirador, las tabletas de cera donde están inscritos los nombres de los conjurados. Cuando llega el momento en que, abandonado de todos, la lógica y el puñal lo amenaza, conoce a su vez el miedo, pero no lo oculta, pues también él se siente culpable. "Sin embargo –se dice– ¿quién osará condenarme en este mundo sin jueces donde nadie es inocente?"

En la presentación de la obra el autor escribió la palabra "error". Ahí está la clave. El servicio mal entendido de la verdad conduce al error. Error que no se corrige sino dejando al mundo exangüe. De ahí los crímenes que jalonan los cuatro actos de la obra. Crímenes inútiles, sin contrapartida. La que perderá será Roma si no se libra de Calígula. La conclusión no es dudosa. Calígula morirá, pero de hecho, en el momento que él mismo haya escogido. Su último recurso de lógico implacable es el de reunirse con sus víctimas. "No estoy bien más que con mis muertos", dice, dejándose asesinar por un poeta adolescente y un joven patricio, que no son más que su propio reflejo. No es un asesinato el de Calígula, es un suicidio.

En lengua francesa, el estilo de esta obra es sobrio, rápido, emocionante; la belleza de un idioma sin rebuscamientos, es uno de los atractivos de Calígula. La versión inglesa que se representa, ahora, en México, conserva la dinámica de la frase, y hasta donde se me alcanza, reproduce la belleza del diálogo agresivo, preciso y contundente.

Luis Unzueta dirigió esta brillante obra de extravagancia imperial, tan rica en significado. Logró darle a su versión el tono más justo y el movimiento más ágil que puede obtenerse en un escenario tan breve e incómodo como es el de la sala Latinoamericana, el que logró ampliar con travesura e ingenio. Los escenarios y el vestuario fueron diseñados, trabajados, realizados casi personalmente, por Julio Prieto, a quien también se debe el diseño del mobiliario especial y en general de todos los accesorios, cuidando de todo que reprodujeran con un sentido de plástica moderna el esplendor pagano y la degeneración de la Roma imperial. El compositor mexicano Carlos Jiménez Mabarak, compuso una música original que ambienta con gusto y propiedad la acción de la tragedia de Camus. La dirección y "producción" de Calígula, irreprochable.

El reparto incluye a las siguientes personas: Earl Sennett en el papel de Calígula, Francis Vargas, Héctor Gómez, Maybelle, John Herrmann, Robert Weston, Claude Brook, James McCrae, Billy Poindexter, James Connolly, Robert Ramírez, Muriel Rettger, Selma Harris, Vic Morrow, Thomas Riste y Jaon Devlin. Todos supieron dar originalidad y vigor a su tarea. The Mexico City Players ha logrado un legítimo triunfo con la presentación de Calígula, la magnífica tragedia de Camus, que es urgente darla a conocer en español; existe, como se sabe, una excelente traducción castellana, de la revista argentina Sur.

En París acaba de estrenarse la última obra de Camus: Los justos, provocando discusiones. "Es difícil acumular más pesimismo, más desaliento, más negación. Es difícil demostrar más gusto por la nada. Difícil creer menos en nada, comprender menos el amor, y hablar con mayor sequedad", dice J.J. Gautier, y todavía agrega: "Es difícil rarificar mayormente el oxígeno. Difícil dejar menos esperanzas en el corazón de los hombres, y arrancarles con más satisfacción y crueldad el sentido de la vida; difícil dejarlos más inertes". En cambio Robert Kemp comenta: "La pieza de Camus interesa y emociona". ¿A qué público? Probablemente no al público común y corriente de París. Será a un público ¡nuevo! Como el que todas las noches casi llena el Arbeu para interesarse y emocionarse con El cuadrante de la Soledad. Un público que ve en el nuevo teatro algo misterioso, alentador, no obstante que parezca negarlo todo...