FICHA TÉCNICA



Título obra Volpone

Notas de Título Volpone or the foxe (título en el idioma original)

Autoría Ben Jonson

Notas de autoría Luis Araquiatáin / versión

Dirección José de Jesús Aceves

Elenco José Neri Ornelas, Francisco Muller, Beatriz de San Martín, Xóchitl Varmen, Mario Duncan, Rolando San Martín, Jenaro de Alva, Antonio Arce

Escenografía Julio Prieto

Grupos y compañías Compañía Mexicana de Comedia

Espacios teatrales Teatro Caracol

Referencia Armando de Maria y Campos, “Recreación de Volpone por la Compañía Mexicana de Comedia del teatro Caracol”, en Novedades, 30 mayo 1950.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Recreación de Volpone por la Compañía Mexicana de Comedia del teatro Caracol

Armando de Maria y Campos

Si fuera posible a nuestros directores teatrales especializarse en determinado tipo de representaciones, sin duda que Pece Aceves dirigiría únicamente farsas. Tengo para mí que sus mejores aciertos deben buscarse en sus versiones de farsas, porque posee un raro sentido para hallar la línea quebrada de la caricatura teatral, que dibuja con la fina seguridad de quien domina la técnica del dibujo, es decir, la de la dirección escénica con imaginación, picardía y humor. Su versión de Volpone de Ben Jonson-Araquistáin, llena de vida y movimiento, que roza los límites de la pantomima y del ballet sin invadir sus territorios ni salirse del de la farsa prueba que ésta es teatro no realista por excelencia, de divertimiento, mitad ridículo y no exento de un alado elemento de fantasía lírica.

Aceves lleva dirigidas en su corta y ya madura carrera de director teatral obras de todos los géneros, pero en ninguno tiene mayor campo de sacar al sol eléctrico del teatro su rara habilidad para mover personajes, para romper sus rasgos de modo de producir una alegre y sana caricatura, igual en lo que se refiere a su presencia externa, que a sus ideas o doctrinas. Fresca aún la revelación de sus aptitudes de director de farsas con aquellas tres del fino e inteligente autor mexicano Ermilo Abreu Gómez –El cisne y el peluquero, Juego de escarnio y Un loro y tres golondrinas–; con la versión en farsa de Ardelia y la margarita de Anouilh, con Una viuda difícil de Nalé Roxlo, estas dos últimas durante el presente año, la segunda figurando en lugar preferente en la temporada de teatro universal, ahora nos presenta, en forma deliciosa, jugando el movimiento de toda la obra en forma difícilmente superable, Volpone de Ben Jonson, en un escenario breve si los hay, en el que mueve hasta diecisiete figuras, haciendo saltar a algunas las candilejas, convirtiendo en escenario los pasillos, todo con la más natural y espontánea de las precisiones. Aceves aporta al teatro nuestro, tradicionalmente estremecido por la sombría concepción trágica que de él tienen en general nuestros autores y directores, la nota humorística y satírica, indispensable parar el teatro de un pueblo que carece de la tónica lírica poética. Recuerdo que Abreu Gómez me decía alguna vez, a la salida de la representación de alguna obra por un grupo experimental: –En la actualidad en nuestro teatro todo es hemorrágico, y uno sale con dolor de cabeza. ¿No habrá nadie que logre o sepa imprimirle la nota humorística y satírica?... Ha sido preciso que Aceves madurara como director teatral para que esta nota alegre, desenfadada, traviesa y luminosa hiciera su aparición en nuestros escenarios.

He hablado líneas arriba de una versión de Volpone Ben Jonson-Luis Araquistáin. Así es, en efecto. El Volpone que la Compañía de Aceves representa en el teatro del Caracol es tanto del autor inglés como del escritor español. ¡Un Volpone nuevo! Muy antiguo y muy moderno, como en un verso inmortal pedía Rubén para lo que tiene calidad añeja y frescura perenne. Ben Jonson concibió Volpone para el público de su tiempo. No supo tal vez que había escrito una gran farsa. Modeló con índice seguro todos los personajes, se preocupó de fustigar la hipocresía, de desenmascarar a los bribones y a los codiciosos en un juego hábil y audaz, dándole el triunfo, no al más puro, sino al más listo, y condujo la acción para que los personajes centrales resultaran castigados por su mala fe y su codicia. En la versión de Stefan Zweig el texto de Jonson resulta rehecho con entera libertad, pero se conservan los nombres italianos, alusivos a animales –Volpone, Voltore, Corbaccio, Corvino, Mosca, etcétera– y también las líneas generales de los personajes principales, pero el parásito Mosca resulta el protagonista en vez de Volpone, la inocente Celia, que conserva su nombre de Colomba, aparece punto menos que paradisíaca, y al final el nico que recibe ejemplar castigo es Volpone...

Araquistáin rehizo con singular fortuna el texto de Jonson, haciendo de lado la versión de Zweig. Realizó un nuevo Volpone aprovechando los mejores materiales de la obra original. Hizo suceso culminante de la farsa la vergonzosa entrega que Corvino hace de su esposa Celia a Volpone a cambio de la codiciada herencia. Esta escena es el nudo de toda la acción principal, rebasa la lucha unánime por engañarse unos a otros, y es como un alambre por el que tienen que llegar todos los equilibristas de la picardía hasta el improvisado Tribunal del Escrutinio, en el último acto, que por cierto es todo de Araquistáin, formado con escenas y elementos de otros actos o cuadros, y durante el que llega a su clímax, elevado gradualmente, el tono de franca farsa de la pieza. Araquistáin conserva las bellezas de lenguaje de la obra original, y en ocasiones las supera, particularmente, en la escena nudo de la obra en la que Volpone trata de persuadir a la hermosa Celia de que acepte el ultraje a que la orilla su codicioso marido.

Aceves ha logrado formar ya excelentes actores. Los más cuajados de su grupo, que son José Neri Ornelas y Francisco Muller, interpretan con singular maestría los difíciles personajes Volpone y Mosca respectivamente.

En un vivo, muy graduado y muy ágil juego de facultades, mantienen un duelo de interés, que se decide en un noble empate. Por momentos cada uno aparece como protagonista y parece que se va a llevar de escena –de calle– la interpretación. Al final, el triunfo de los dos excelentes actores se parte por gala en dos. En la versión de Volpone de Araquistáin, la hermosa Celia, honesta dama veneciana, esposa del celosísimo, y más codicioso Corvino, tiene singular importancia. Es la sonrisa perlada de la farsa, el caliente rayo de sol que ilumina los bajos fondos de la codicia y la hipocresía. Aceves halló a la bella Celia en una dama aficionada al teatro, que por travesura de mujer inquieta e inteligente tiene el primaveral capricho de vivir unas horas detrás del misterioso embrujo iluminado de las candilejas, Beatriz San Martín. Su Celia, en la preciosa edad y en el encantador tipo que precisa la acción, está deliciosa, y oírla recitar sus transparentes parlamentos, salpicados de imágenes literarias que lucen como gemas líricas igual que las perlas en el trenzado de su endrina cabellera, es un suave remanso; no pierde su dulce acento, no descompone su bella figura, ni cuando, palpitante de terror y de asco, rechaza el intentado ultraje del rejuvenecido Volpone. El reparto es largo, pero no por eso los personajes actúan en cortas actuaciones. Constante la escena tiene que acoger a tres o cuatro personajes, además de a Volpone y Mosca que no la abandonan. Cada quien de los jóvenes actores cubre su personaje con talento unos, con estudio otros, con desbordada pasión todos. Xóchitl Varmen logra una Urraca cómica y graciosa, Mario Duncan crea un Corbaccio muy justo y gracioso, Rolando San Martín hace gala de vehemencia en su Voltore, Encinas actúa con desenvoltura dentro del difícil ropaje de marido celoso y complaciente por codicia, y Jenaro de Alva le da a su Bonario la juvenil impetuosidad de enamorado defensor de mujeres desvalidas que el personaje requiere. Antonio Arce, en el Presidente del Escrutinio, anima con mucha sobriedad una caricatura de un Magistrado astuto y venal.

Julio Prieto, mago de la escenografía, creó más que pintó, un escenario veneciano del mejor gusto, iluminándolo –para que lucieran ricos trajes de la Venecia del siglo XVI, muebles llenos de oro, tapices y objetos de orfebrería– como si sus brochas tuvieran el secreto de la hora del Tiziano...