FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios sobre los estrenos en París y en Londres de las obras Clérambard y El deseo cazado por la cola de Marcel Aymé y Pablo Picasso respectivamente

Referencia Armando de Maria y Campos, “Quién es y cómo es Marcel Ayé, el autor de Clérambard. Las vísperas de un suceso teatral de locura y el estreno de El deseo cazado por la cola. De Ken Tynan a Federico Gutiérrez”, en Novedades, 29 abril 1950.




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Novedades

Columna El Teatro

Quién es y cómo es Marcel Aymé, el autor de Clérambard. Las vísperas de un suceso teatral de locura y el estreno de El deseo cazado por la cola.

Armando de Maria y Campos

De Ken Tynan a Federico Gutiérrez

Poco se sabe de Marcel Aymé, el autor de la pieza Clérambard, que constituye el mayor suceso teatral en Francia, en Europa, tal vez en el mundo civilizado, de muchos años a la fecha. Ese poco que se sabía antes del suceso de Clérambard no ha sido aumentado gran cosa después del famoso estreno. O tal vez sí, pero a juicio del lector, que con lo poco que sabe de Aymé puede dar vuelo a la fantasía. Porque ahora es cuando empiezan a inventarle a Marcel Aymé historias y más historias. Pero ninguna supera a la suya, simple y sencilla, que él está resuelto a no complicar.

Marcel Aymé nació en 1901, en Dole (Jura), en el Franco-Condado. Su padre es herrador. Estudió en el liceo de Besançon, y se asegura que fue tan buen matemático como mal alumno en literatura. Para el caso, se hace circular la siguiente anécdota:

–¿Qué es El Cid? –le preguntaron en unexamen.

–No sé –contestó.

–¿No sabe usted quien es Corneille?

–No; no lo sé. Pero me parece que fue un músico.

No sabría quién es Corneille, pero es seguro que no ignora quien fue Cervantes, y qué es Don Quijote. Su Héctor de Clérambard, míresele por donde se le mire y siéntasele por donde se le quiera sentir, es un émulo del Caballero de la Triste Figura. Pero esto no está ahora sobre el tapete. Lo que nos importa, de momento, es conocer algo sobre Marcel Aymé. Se sabe que ha sido agente de seguros en París, donde ejerció otros muchos oficios. Fue, también, redactor de una agencia periodística, de la que ¡lo expulsaron porque no sabía escribir! Sin embargo, ha publicado más de veinte volúmenes, y todos con éxito. El primero, Brulébois; el último Confort intellectuel. Los dos más conocidos: La jument verte y Uranus. Esto, en cuanto a su "ficha" o "papeleta" literaria.

¿Importa la "facha" física del sujeto para completar la "ficha" del escritor?... Es ésta: un hombre alto y delgado, de rostro macilento, inexpresivo; ojos de sueño, naturalmente de color azul; mejillas imberbes; la testa, siempre inclinada a la derecha; las manos descarnadas, como todo él, y sutiles. Estos días, los que siguieron a su revelación como autor de teatro extraordinario, llevaba una cinta de luto en la solapa y un traje provinciano. Así es su estampa; en cuanto a su yo propio, se asegura que es hombre humilde, generoso, bondadoso, independiente; que aborrece la popularidad y las convenciones sociales. No conoce el miedo, ni la envidia, ni la vanidad, ni la ambición. Empiezan a llegar a París escritores y corresponsales de medio mundo con la ambición de conocer su carácter o sus ambiciones. A todos escucha, tolerante; a ninguno dice nada. No obstante que vive dentro de un trasparente capelo de indiferencia y desdén por todo, Marcel Aymé es el escritor joven –ya sabéis qué se entiende en París por hombre joven– más famoso del día. Su ocupación favorita, si no escribe, es jugar dominó en un café pobretín, mediocre, sin tradición literaria, de la plaza Tertre, en Montmartre. Juega, entregado al juego, casi sin moverse y sin hablar. Ya comprenderéis todo: rehuye a la gente de letras. En cambio gusta frecuentar el trato de los pintores, y sus mejores amigos son los zapateros...

Y mientras Marcel Aymé descansa de su vida de vagabundo calculando con matemática precisión el juego de las blancas y negras del dominó, todo París se conmueve con la extraordinaria conversión del conde Héctor de Clérambard.

El "affaire" Clérambard ha sorprendido por los espontáneo e inusitado. Nadie lo esperaba. Así ha ocurrido siempre en París. En cambio en Londres se está fabricando, como una bomba de tiempo, el suceso teatral del año en la isla mayor: el estreno de El deseo cazado por la cola de Picasso. Se llama Ken Tynan el productor que intenta acometer la hazaña de estrenar la obra del discutido artista. Ken Tynan asistió a la lectura de la obra, y declaró que la "versión plana" –es decir, el manuscrito– oculta quizá una parte importante de sus calidades y oscurece el sentido de la farsa. "Creo –afirmó Tynan rotundamente– que sólo en las dimensiones teatrales podrá apreciarse el genio de Picasso como comediógrafo".

Ken Tynan realizará la experiencia de producir la obra de Picasso en el Watergate Theatre, del Strand, al que ha comprometido para una representación –que quizá se haya celebrado ya cuando estas noticias se publiquen–. Pero antes habría de resolver varios problemas. Necesitaba dos telones que hablaran y tuvieran piernas, un balón del tamaño de un hombre, varias botas dotadas de idioma y una sartén que se incendiara en momento oportuno de la acción del drama, sin destruir la sala y sin alarmar demasiado a la supuesta concurrencia. El valiente y audaz "productor" buscaba también actores capaces de interpretar papeles de cebolla, de pie grande, de angustia flaca y de punta redonda. Palabra de honor que cuanto dejo dicho figura en serio en la nota del corresponsal español en Londres que utilizo para formar esta noticia. Ni quito ni pongo coma. Naturalmente, el productor Ken Tynan ha adquirido cierta popularidad en Londres y sus alrededores europeos con el anuncio de su arriesgado intento, y las apuestas han estado a cien por uno a que será puesto en observación, como debía estarlo ahora mismo cierto autor español que yo me sé y que logró estrenar algo muy raro, pedante y simple, en un remozado teatrito de la ciudad de México. En el pecado de creer que había logrado crear una obra capaz de descontrolar a los críticos, ha llevado la penitencia de ver cómo se representaba su pieza con la sala desierta. No crea el lector que la alusión al rotundo fracaso de la obra estrenada en el Ideal, y retirada ya del cartel, a propósito de la representación en el Watergate Theatre, de Londres, de El deseo cazado por la cola ha sido traída a presente cuartilla por los cabellos de la ocasión. En ambos casos parece coincidir una vocación masoquista. Lino Landy –o Urbano López– cubrió las paredes del Ideal con telas de pintores de los más diversos calibres, para ambientar la representación de Empire State. Ken Tynan encargó al pintor judio-ruso, Marc Chagall, una serie de pinturas murales para dar "clima" a la sala de su teatro, a base de vacas que tocan el violín...

Se nos dirá que hay una distancia larga entre Pablo Picasso y Lino Landy, o entre Ken Tynan y Federico Rodríguez. Y es verdad. Pero, ¿quién puede precisar de modo absoluto que dónde germina el genio apunta la locura?