FICHA TÉCNICA



Título obra La vida es sueño

Autoría Pedro Calderón de la Barca

Notas de autoría Adaptación Claudia Ríos

Dirección Claudia Ríos

Elenco Arturo Reyes, Juan Carlos Remolina, Fernando Becerril, Carmen Mastache, Luis Rábago

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Bruno Bert, "La vida es sueño. Un cierto tinte didáctico", en Tiempo Libre, 4 noviembre 2004, p. 25.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Tiempo Libre

Columna Teatro

La vida es sueño
Un cierto tinte didáctico

Bruno Bert

Supongo que, después de Shakespeare, Calderón es el clásico más llevado a escena en nuestro medio. Y de él, La vida es sueño, seguramente, es uno de los materiales más atractivos para nuestros directores. Ahora podemos ver una versión escénica de este texto a manos de Claudia Ríos en El Granero.

Recuerdo un montaje suyo de La Celestina, en un minúsculo foro de la UNAM, cuyo resultado fue muy interesante. También ahora echa mano de un escenario muy pequeño y de una escenografía mínima para contarnos la historia de Segismundo. Es como una convención estilística que la obliga a un trabajo despojado que subraye las líneas esenciales del drama, sobre todo, a través del trabajo de los actores, el manejo de la luz y algunas pinceladas sobre el vestuario.

Aunque no se trata de una versión literal, la adaptación hecha por la misma directora– es muy discreta y no afecta ni cambia la intención general que el propio Calderón quiso darle a su obra, por lo que su pensamiento –tan distante al nuestro por la impregnación religiosa y el concepto medieval del honor– se ve con claridad engarzado en la espléndida versificación, plena de los hallazgos que le son característicos.

Es el ámbito geométrico y teatral, en su juego de líneas y en sus puertas corridas con paisaje pintado, el que nos refiere la contemporaneidad del espectáculo. Y allí el acierto es de Matías Gorlero, encargado de la iluminación y coresponsable, con Auda Caraza, de la ambientación, que nos da el enmarque temporal por sugerencia y no por ilustración. Junto con el concepto de vestuario –de Martín López– que aporta un cierto distanciamiento, hay una teatralización evidente y un corrimiento de tiempos que acercarían el discurso sobre todo en los participantes anónimos de las guerras entre señores y familias.

Entonces, la intención de Claudia Ríos no parece ser la de entregarnos una relectura del discurso calderoniano, sino la de hacernos gozar el conocido texto destrabando elementos accesorios que el tiempo y los cambios estéticos han vuelto obsoletos o farragosos. Sólo es una limpieza del material, más que una nueva talla del mismo, con conceptos personales. Y, si de esto se trata, creo que lo logra con bastante eficacia; aunque de esta manera la puesta en escena adquiere un cierto tinte didáctico, suave pero visible, que evita el enfrentamiento de ideas a partir de la admiración por las formas, sobre todo conceptuales. Es la posición, perfectamente respetable aunque no única, de los que toman a los clásicos tratando de mostrarnos las bellezas que contienen y que la tradición secular ha consagrado. No se miden con ellos, no se enfrentan al gigante, más bien lo respetan y secundan para que podamos apreciarlos desde nuestra circunstancia contemporánea.

Aquí Segismundo es Juan Carlos Remolina, Basilio es Luis Rábago, Clarín es Arturo Reyes, Clotaldo es Fernando Becerril, Estrella es Carmen Mastache y Rosaura es Mariana Giménez. El trabajo de todos ellos es correcto y levemente cortesano, es decir, construido y declamado aunque sin estridencias ni aristas. Evitando un naturalismo que no cuadraría o un excesivo envaramiento actoral. Algo que nos distancia del aferramiento emocional del texto 'para facilitar la visión del preciosismo de los materiales que lo componen, tanto sea en el ámbito de las ideas, como en el campo de las construcciones verbales. Atraer sin entusiasmar.

Un concepto bien encarnado aunque, en lo personal, prefiera un mayor riesgo de apropiación.