FICHA TÉCNICA



Título obra Historia de una escalera

Autoría Antonio Buero Vallejo

Dirección Luis G. Basurto

Elenco Prudencia Grifell, Virginia Manzano, Rafael Banquells, Fernando Mendoza, Clara Martínez, Linda Santa María, Carmen Cortés, Silvia Pinal, Amparo Griffel, Emilio Brillas, Armando Calvo, José Valero, Federico Oliver

Escenografía Manuel Fontanals

Espacios teatrales Teatro Arbeu

Referencia Armando de Maria y Campos, “El éxito auténtico de Historia de una escalera y la revelación de un gran autor español, Antonio Buero Vallejo, señalan la sensación de la actual temporada teatral”, en Novedades, 22 marzo 1950.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

El éxito auténtico de Historia de una escalera y la revelación de un gran autor español, Antonio Buero Vallejo, señalan la sensación de la actual temporada teatral

Armando de Maria y Campos

Desde las primeras escenas de Historia de una escalera de Antonio Buero Vallejo, el espectador se da cuenta de que se halla ante una obra de alto nivel dramático escrita por un autor que moja su pluma en un tintero que contiene, en vez de la tinta corriente, el jugo vital que circula por las venas de una realidad –de un realismo– que está al alcance nuestro. Aparece la escena sola; en el centro de la escena, un personaje, es el personaje central cuya historia vamos a conocer. Este personaje es una escalera; mejor dicho, el trozo de una escalera. No cabe en el escenario una escalera completa, si ésta es tan ambiciosa que pretende representar toda la vida. Es decir, un trozo de vida. La escena representa una casa de vecinos, con su escalera que arranca casi desde la calle y conduce a varios pisos de la casa vecinal. Ya sabe el espectador a qué atenerse. Va a ser testigo de lo que pasa en esa escalera, por la que suben y bajan, ágiles de ilusiones cuando suben, cargados de dolor y desengaños cuando bajan, los vecinos de esa casa que es, como todas las casas de vecinos, un pequeño mundo, un minúsculo valle de lágrimas...

Aparece el primer personaje: el cobrador de la luz. Sube a cobrar el recibo del consumo. No es un joven; se trata de un hombre maduro, ya un poco amargado, tristón e indiferente. Llama a una puerta cualquiera; luego, en otra. Aparece una vecina: Generosa; luego, otra, Paca. Luego Elvira, luego doña Asunción, luego don Manuel, Trini... Todos, a lo que parece, llevan años de vivir en esa casa. El espectador se da cuenta inmediatamente de que va a ser testigo sin voz ni voto de lo que pasa en esa casa, en esa escalera, durante determinado tiempo, de acuerdo con lo que es el teatro, sujeto a estrictas reglas... aristotélicas –unidad de acción, de lugar y de tiempo–. El autor, a lo que parece –¡gran autor si lo consigue!– trata de meter un pedazo de vida en un pedazo de tiempo. Es decir, va a hacer teatro.

La escalera empieza a soportar el paso –hacia arriba, hacia abajo– de los vecinos de todas las edades. Por la escalera circula vida, como por el lecho de los ríos agua. La escalera de esta casa de vecinos parece un río puesto en pie. Un río cuyas aguas fueran a dar al mar –¡que es el morir!, oh, Jorge Manrique–, y que también tuvieran la virtud de regresar del mar a la fuente de la vida de donde proceden. Un río es como una escalera de agua tendida sobre la tierra, cuyos escalones se pierden, y pudren, donde empieza el misterioso líquido del mar salobre...

Esta escalera cuya historia vamos a ver, ¿es un alarde de carpintería de un autor sediento de novedades escénicas, dueño del truco teatral? No. Esta escalera es una obra de ingeniería maestra, de arquitectura teatral. Sus tramos –¿qué escalera que conduce al dolor o lleva a la ilusión no está divida en tramos?– tan sabia, humanamente vertebrados. Una escalera vieja, que ha visto y vivido mucho, es como el esqueleto de una casa de vecinos; más bien, es su columna vertebral. En su presencia simbólica, muda y viva, está el sustancioso meollo, el tuétano de su dramático sainete.

Porque Historia de una escalera es un auténtico sainete madrileño. Claro que no es un sainete del corte pintoresco y el alcance frívolo de La verbena de la paloma, que es el arquetipo de un género que nace en la fuente de la que brotaron los que produjo Ramón de la Cruz; ni tiene la alegría de La revoltosa o Los claveles. Este es un sainete dramático que abunda en situaciones trágicas. No tiene música alegre, retozona, castiza y pegajosa. Es decir, sí la tiene; cada personaje lleva la música –su música– por dentro. El autor de Historia de una escalera tiene un concepto trágico del teatro. Ha declarado que su obra primigenia "es una tragedia. Sólo el sentido trágico puede, hoy –dice– salvar el teatro”. Hasta en los personajes de sainete hay siempre una tragedia, porque el sentimiento trágico de la vida arranca del total de nuestra existencia, que si bien tiene momentos cómicos dignos de un sainete, los que deciden nuestro destino son los dramáticos, los que abren en nuestra carne las heridas por donde el dolor mana, los que dejan la marca de una cicatriz, como la raya azul que señala el curso de los ríos en los mapas.

Todos los tipos que suben y bajan por esta escalera, hombres y mujeres, viejos, jóvenes y niños, son tipos de sainete de un apretado vivir, y no personajes de comedia, ni menos héroes de tragedia. Todos, están sacados de la realidad. Por eso Historia de una escalera es una pieza de teatro realista. Sin embargo, la pieza de Buero Vallejo no sigue la tradición realista española, por más que sus personajes recuerden a algunos tipos galdosianos (los que cruzan por sus Episodios, no los que representan en sus dramas). No recuerda Buero Vallejo ni a Dicenta, ni a Oliver, ni a Guimerá, ni a López Pinillos, ni a Gorbea, ni a Grau, ni menos a Gaspar, a Cano o a Sellés. Buero Vallejo es un producto de su tiempo, original y actual, iliteraturizado, humano, con una prodigiosa habilidad constructiva, de una sobriedad de puñalada seca que acierta herir profundamente en la entraña. Su mayor hallazgo está en que no dialoga con frases –menos con chistes–, sino sólo con pensamientos de los que mana la amargura, la experiencia, el dolor, y burbujea el amor juvenil, la ilusión irizada por el precario rayo de sol que envía el escaso oro solar que deja pasar un tragaluz que no llega a calentar todos los tramos de la escalera. Historia de una escalera es una gran pieza de teatro, un hallazgo del teatro contemporáneo, original y distinta, profundamente humana y lógica. Es como una herida abierta en el costado de un cuerpo desnudo. Todas las heridas se parecen entre sí. Pero ésta, profunda, fresca, con los labios abiertos reacios a la cicatrización, muestra entre sus bordes, un trozo de vida, o mejor, del sentimiento trágico de la vida.

La obra de Buero Vallejo está construida con una sobriedad estricta; su engranaje es perfecto, de relojería. Las pasiones y las pasioncillas, las ilusiones, los odios y los rencores, la resignación también, se mueven exactos, precisos, independientes y ajustados a la vez, como en un mecanismo de relojero. Empiezan a andar cuando el autor les da cuerda en las primeras escenas: se paran todos, cuando la cuerda –o el telón cae– se acaba. ¿No significa esto haber hallado el secreto definitivo del teatro?

Historia de una escalera ha merecido una magnífica interpretación de parte de nuestros actores. Que no se tome a vanidad, ni menos a suficiencia, pero nuestro equipo humano es inmejorable: ¿Dónde hallar una Prudencia Griffel mejor que Prudencia Grifell? ¿Dónde una Virginia Manzano superior a Virginia Manzano? No abundan los galanes del valor hondo y profundo de Rafael Banquells y Fernando Mendoza; ni una actriz de carácter de la experiencia y calidad de Clara Martínez. Al lado de éstos, Linda Santamaría, Carmen Cortés, Silvia Pinal, Amparo Griffel, Brillas y Calvo, Valero y Oliver, dan a la interpretación de Historia de una escalera, que dirigió con sobria seguridad Luis G. Basurto, una calidad excelente difícil de superar. El gran escenógrafo Manuel Fontanals creó una casa de vecinos, con su escalera vertebral, cuyo mérito máximo está en la ausencia de referencia concreta, en su discreción, rival vencedora del fácil alarde.