FICHA TÉCNICA



Referencia Bruno Bert, "Balance teatral/I", en Tiempo Libre, 26 diciembre 2002, pp. 18-19.




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Referencia Electrónica

Tiempo Libre

Columna Teatro

Balance teatral/I

Bruno Bert

Dado que vamos a reseñar lo recordable (en ausencia de más altas cimas) de lo que ha pasado por la cartelera teatral de este, un año no muy brillante, en esta oportunidad prefiero hacerlo a través de la ubicación del producto en la trayectoria de sus hacedores. Que nos queden en la memoria las obras logradas, pero sobre todo la ubicación de los artistas que a través de ellas construyen la a veces frágil y contradictoria calidad de nuestra escena. Y 11 con sus roles; es decir, autores, director y escenógrafos en esta primera entrega, y actores y actrices –que naturalmente son mayoría– para la nota siguiente.

Tal vez lo más interesante es tomar las obras como una acción en proceso dentro de una trayectoria personal. Veamos a dos creadoras para empezar: Elena Guiochíns y Ana Francis Mor. Autora la primera, directora la segunda de Bellas atroces, uno de los intentos de teatro gay más sólidos de la temporada, aunque todavía descalibrado y por momentos complaciente, En la autora, que además dirigió su trabajo anterior, representa como un pequeño retroceso en su trayectoria. Una vacilación ante el paso de una propuesta de carácter intimista y muy lúdica, a otra más abierta, combativa y para mayor cantidad de público. Para la directora, siendo su segundo trabajo, se la ve menos estridente, pero también menos imaginativa. Más vinculada a soluciones ya transitadas con poco resultado. Me parece importante que surja un verdadero teatro gay en medio de tantos productos desechables que lo enarbolan. El intento es serio, ojalá madure en lo artístico sin perder impacto en lo ideológico.

Belice. Un texto justamente premiado de un teatrista que por lo habitual lleva a escena sus obras y lo hace con eficacia. Me refiero a David Olguín. En este caso, el director (él mismo, claro) no supo traicionar con altura al autor. Sólo se puso a su servicio y de manera un tanto tímida; así, un texto brillante que sigue con las estructuras de identidad de este escritor, pero le aporta proposiciones nuevas, no es sostenido con la misma audacia al momento de ser montado.

[p. 26]

Queda plano por momentos, estridente en otros, pero nunca con esa sucesión de etapas inteligentes, quebradas y eslabonadas al estilo de las sagas tardo-medievales que propone el autor con referentes muy seductores en nuestra escritura, y no sólo la de teatro. Una buena obra, llena de incitaciones y guiños que, por su fuerza, debe ser repuesta con una cierta distancia hacia el escritor.

Agustín Meza debe ser de la generación de Luis Ibar: alrededor de los treinta. Y ambos son "constructores de espectáculos" mucho más que directores. Aunque trabajen con textos o sugerencias textuales muy reconocibles, como son Esperando a Godot de Beckett en el caso del primero y el Fausto de Goethe, aquí rebautizado como El hombre triste, tratándose del segundo.

En el caso de Meza se trata de un trabajo de gran rigor, que fue en su momento mencioné como una puesta "clásica", pero con todo el impulso de esos jóvenes que asumen a los personajes, esos miserables polvorientos que fueron creados hace ya cincuenta años, desde una perspectiva de lenguaje corporal absolutamente contemporánea. En Meza hay como llegar a una meseta de buena altura donde se equilibra pasado y presente; en Ibar el salto cualitativo es muy claro y llega a un punto donde empieza a definir su propio estilo con una interesante madurez que presagia productos de muy buena calidad. Ambos con la opción de trabajo con grupos más o menos estables y ya con una cierta trayectoria. Opción indispensable en nuestro teatro.

Incluyo a Ricardo Díaz, aunque no haya podido compartir completamente su No ser Hamlet, un producto que creo quebrado, pero que no compromete una trayectoria brillante y una personalidad muy autónoma. Y también a Claudio Valdés Kuri, a pesar que El automóvil gris se me hace más una exquisitez que una obra de teatro. Como vemos, casi estoy nombrando sólo a creadores que están entre los 28 y 40 años, y doy más importancia a lo que se está fraguando como trayectoria e identidad que a la impecabilidad de sus últimos productos. Los tiempos de crisis son reales, por eso creo que hay que apostar por quienes lograrán trascender con la contundencia de su trabajo.