FICHA TÉCNICA



Título obra Juan y Beatriz

Autoría Carole Fréchette

Dirección Mauricio García Lozano

Elenco Liza Owen y Carlos Aragón

Espacios teatrales Sala Xavier Villaurrutia

Referencia Bruno Bert, "Símbolos significantes", en Tiempo Libre, 5 septiembre 2002, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Tiempo Libre

Columna Teatro

Simbolos significantes

Bruno Bert

Todo discurso sobre el amor puede ser, si le damos el aliento necesario, un discurso sobre el mundo. Hoy vivimos tiempos en los que en teatro prevalece el texto intimista y psicológico por sobre aquel otro que pudiera inclinarse a los planteamientos sociales. Es que cuando la realidad es desagradable en las calles, los artistas tienden a mirar dentro de las cabezas y los corazones. Es de importar entonces que esta introspección no nos aleje del hacer del hombre sino que lo espejee como en una lente deformante, y de eso los surrealistas entendían bastante.

Y viene a cuento por el estreno en México de Juan y Beatriz, una obra de Carole Fréchette, de la que ya viéramos Las cuatro muertes de María, un interesante e irregular material presentado unas temporadas atrás que hace parte de un intercambio cultural con Canadá, llevado a cabo por el director Mauricio García Lozano, que la estrenó con actores locales en Montreal hace apenas cinco meses.

El texto es como si uniera por lo menos tres vertientes: las novelas medievales de caballería, los folletines rosas y un algo de ese desasosiego entre policial y metafísico que caracteriza a Paul Alisten De allí que la narración no tenga que ver con el naturalismo más que la pintura de Magritte aDelvaux: en tanto limpieza de líneas y apariencia de figuras. Pero una corriente nocturna y surrealista lo impregna todo.

La estructura anecdótica es sencilla, pero sólo en la superficie, como todo buen texto con tina marcada polisemia: una princesa está presa en el piso 31 de un edificio abandonado en una gran ciudad y pone un aviso para ser rescatada. Un cazador de recompensas asciende a pie hasta la alturas (no hay elevadores disponibles) dispuesto a, pasar por todas las pruebas que se le impongan a fin de obtener la paga imprecisa pero sustancial que se ofrece. Vienen los desafíos –seductor juego de teatro en el teatro donde mentira y verdad se exponen en toda su fragilidad– y luego... pero ¿qué es el después?, ¿cómo lo imaginamos para nosotros mismos? Y así, la ambivalencia comenzada se extiende. Lo pequeño y lo grande se multiplican en el referente geográfico (pequeño departamento / desierto soñado), en lo mental (el desierto es interno y nace en la boca y las palabras) y en lo afectivo (otra vez el desierto y la aridez frente a lo absoluto de la necesidad o el miedo).

La escenografía de Raymond-Marius Boucher (adaptada por Philippe Amand) sigue, en cuanto a sugerencias, las líneas pictóricas que proponíamos antes, muy apoyado por Etienne Boucher en la iluminación. El director toma ese espacio y sus figuras jugando contraposiciones entre el estatismo de aquellos pintores y la velocidad de un thriller contemporáneo. Habilidosa y difícil construcción y manejo de actores que me recordaron sobre otra línea, pero con igual eficacia, el primer trabajo que le conocí, cuando llevó a escena Las tremendas aventuras de la capitana Gazpacho, de Gerardo Mancebo.

Naturalmente se necesita a dos intérpretes muy avezados para que el juego resulte. Aquí fueron elegidos Liza Owen y Carlos Aragón. Buena elección a juzgar por los resultados, en donde aparece una interesante complicidad con el director para trabajar los distintos planos de cada personaje. Los dos siempre nos remiten a otro. Personajes encerrados hasta la claustrofobia en una falsa identidad que siempre espejea otras alternativas incumplidas. Así, nunca sabemos en qué momento puede llegar a romperse esa estructura contenedora para dejar paso a un otro que en ambos casos imaginamos como terriblemente destructores.

Un trabajo que incluye el humor, aunque por momentos se vuelva hiriente; una fuerte carga de ingenuidad manejada como estilo, y una capacidad para reflejar una cultura que seguramente encuentra su enclave en Canadá, pero que es reconocible incluso sensiblemente en cualquier contenedor urbano de occidente. Y una riqueza de imaginación que agrega significados a cada una de las situaciones, desde la estructura anecdótica aparente hasta sus simbolizaciones. Un material que nos habla de la soledad, de la incapacidad de ver al otro, de los lastres culturales y de la inmadurez afectiva desde una sólida plataforma artística. Un punto de encuentro de ideas y lenguajes, literarios y escénicos, capaces de enriquecer a nuestro un tanto escuálido panorama teatral.

JUAN Y BEATRIZ, de Carole Fréchette. Dir. Mauricio García Lozano. Con Liza Owen y Carlos Aragón. Sala Xavier Villaurrutia, Centro Cultural del Bosque, Paseo de la Reforma y Campo Marte (Metro Auditorio), 5280-8771. Lunes y martes, 20:30 horas. Loc. $120. Adolescentes y adultos. (Centro)