FICHA TÉCNICA



Título obra Estrellas enterradas

Autoría Antonio Zúñiga

Dirección Rocío Belmont

Elenco Itari Marta, Omar Zurita, Vicente Herrera

Espacios teatrales Teatro del Centro Cultural Helénico

Referencia Bruno Bert, "Estrellas estrelladas", en Tiempo Libre, 1 noviembre 2001, p. 26.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica

Tiempo Libre

Columna Teatro

Estrellas estrelladas

Bruno Bert

La dramaturgia de provincia suele preferir ciertas estructuras narrativas, también ciertos estilos, vinculados muchas veces estos últimos a un realismo' ' poético, a un testimonio matizado de su realidad. Tal vez porque se hacen eco de algunos maestros que recorrieron caminos similares y su escritura es un poco como un homenaje que a su vez entreteje elementos personales. Siempre me ha interesado conocer qué se escribe fuera de nuestra ciudad, incluso cuando el dramaturgo en cuestión vive ahora aquí o en los alrededores inmediatos. De las raíces siempre quedan huellas. Creo que esa fue una de las razones por las que decidí ver Estrellas enterradas, de Antonio Zúñiga, cuyo origen creo que es Tijuana, aunque se haya mudado desde que colaborara con Tavira en la adaptación de Felipe Ángeles.

La anécdota muestra, en pleno desierto, a un técnico (o un obrero especializado, por lo pobremente reiterativo) que arregla o tiende líneas de alta tensión, con un asistente que da señales de un obvio retraso mental. Son los únicos personajes en kilómetros a la redonda,' mientras un intercomunicador farfulla voces de presencias lejanas. El desarrollo de la trama nos permitirá saber que ese hombre es un enfermo sexual que viola niñas, las asesina y las sepulta luego de quedarse con un zapato como recuerdo fetichista. Su asistente es a su vez su sobrino y hermano de una de las víctimas, marcado él mismo por el sadismo intermitente de su pariente. Y todo se basa, imagino que de manera libre, en un hecho real que aconteciera en Ciudad Juárez en el pasado inmediato.

Pero no sé cuál es el tema. No se trata de un policial donde lo verdaderamente importante es descubrir al asesino. Eso se comprende de inmediato. Tampoco es un desarrollo sobre la culpa, y menos una denuncia social sobre algún tipo de desequilibrio que produce casos como estos o impide el accionar de la justicia. Esto hace que nos quedemos en la superficie, jugando con el valor de las palabras, en busca siempre de una profundidad que nunca se nos hace presente.

Ese "realismo poético" del que hablábamos al principio existe también aquí, pero pareciera implantarse las como deseo de autor que como realidad en obra. No tiene la crudeza de un realismo a secas (a pesar de algunos esbozos), ni la capacidad de metaforización que implica cualquier tratamiento poético. Se vuelve un híbrido (lo cual podría ser una buena alternativa) que nace con posibilidades que desgraciadamente nunca terminan de desarrollarse.

Sobre un diseño de Philippe Amand, la escenografía se muestra como un simple rectángulo inclinado hacia el público y cubierto de arena. Detrás, como si lo primero fuera un médano, un poste de alta tensión que va desplazándose según los cuadros, marcando paso de tiempo y avance en el desierto de los personajes. De fondo, un ciclorama que cambiará de color como un cielo a las horas del día. Sugestiva, pero un poco brusca la iluminación de David Harari. El planteo estético es algo simple, pero que podría cargarse fuertemente de sugestión si la poesía avanzara en el trabajo de montaje a cargo de Rocío Belmont, creando otros horizontes. Sin embargo, la directora pareciera dedicarse especialmente, aunque de manera dispareja, a los actores, y lo demás queda .un tanto irresuelto, remarcando más que supliendo una carencia que ya viene de autoría.

Tres intérpretes: Vicente Herrera como el asesino, con mucha más voluntad de acción que resultados convincentes en su trabajo; Omar Zurita, como un bobo, que por extraño desarrollo de obra resulta mucho menos torpe tanto física como intelectualmente de lo que habría de suponer, sin que el autor nos explique el fenómeno; e Itari Marta, encarnando la sombra vengadora de una de las víctimas, muy sugestiva como personaje en su primer monólogo, y un poco botada en puesta en las escenas posteriores. De todas maneras, dos presencias interesantes estas últimas.

En definitiva, una obra con posibilidades de vuelo que no llega a despegar lo suficiente, y se queda rondando una y otra vez sobre sí misma, dejándonos el deseo por una sustancia que no llega. Pareciera más falta de experiencia que de talento, tanto en dirección como en autoría. Si fuera así; sólo hay que dar tiempo y esperar nuevos productos.

ESTRELLAS ENTERRADAS, de Antonio Zúñiga. Dir. Rocío Belmont. Con Itari Marta, 'Omar Zurita y Vicente Herrera. Teatro del Centro Cultural Helénico, Revolución 1500, Guadalupe Ion, 5662-7535 y 5662-8674. Miércoles, 20:30 horas. Loc. $90. Sistema Ticketmaster, 5325-9000. Adolescentes y adultos. Duración aproximada 75 mins; Estacionamiento.(Sur)